Chapter 38
A la marcha de Yusuf le siguieron unos días crispados y revueltos.
Pero como ninguna situación es eterna, el ambiente se fue apaciguando y aunque El Zagal reprimió con dureza a los alborotadores, el olvido permitió que la alegría volviera a las calles, que de nuevo se llenaron de vida, de voces de mercaderes, de niños jugando y de laboriosidad.
Aquella época la recordaba Kamal con especial cariño.
Siguieron trabajando en las obras que les contrataban, y sus frecuentes visitas a Isaac incrementaron sensiblemente sus conocimientos de farmacopea.
Al anochecer, la dulce Fátima era un oído atento a sus pequeñas preocupaciones, y sus suaves palabras eran la bendita música que le preparaba para el sueño.
¡Qué felicidad sentía, y qué desgracia tan grande fue que aquel tiempo durara tan poco!
Mediaba la primavera cuando llegó la noticia: Loja había caído en manos cristianas.
Los reyes de Castilla, en cuanto supieron que Abu abd Allah había pactado con su tío, montaron en cólera.
Su actitud la consideraron una ruptura del pacto de vasallaje, y en represalia prepararon una ofensiva para conquistar la ciudad y, para su desgracia, el emir cayó cautivo por segunda vez.
Pero no estaba en los planes del Aragonés su aniquilación, sino utilizarle para seguir sembrando discordia en el reino.
Avanzaba el verano, y ya empezaba a notarse cierto frescor en los atardeceres.
Los días se acortaban y al regresar de la obra, Alí y Kamal vieron estupefactos a Yusuf ibn Comixa, caminando tranquilamente hacia ellos.
Les saludó con la euforia propia de un hombre agradecido y tras congratularse de hallarles en tan buen estado de salud, intentó despedirse y seguir su camino; pero Kamal le retuvo con determinación:
—Esperad, que aún no nos hemos recobrado de la sorpresa de encontraros andando por estas calles. ¿Cómo es que habéis vuelto? ¿Ya no os preocupa que os apresen?
Bajó la voz hasta convertirla en un susurro y, mientras miraba hacia ambos lados, contestó resuelto:
—Ahora tengo prisa, pero si lo deseáis, esta noche puedo visitaros, y con gusto os informaré de cuanto os plazca —asintieron, y el alguacil siguió su camino.
Al anochecer le aguardaron en la casa de Alí.
El tiempo pasaba, y Kamal no pudo evitar un mal presentimiento: no sabía por qué, pero sentía que el peligro le rondaba de nuevo.
Cuando la desesperanza empezaba a corroer su ánimo, unos golpes discretos sonaron en la puerta, y al abrir Yusuf entró en la casa como una exhalación.
Kamal recompuso el gesto mientras que Alí, con la mayor afabilidad que pudo, le dio una cálida bienvenida:
—Pasad y sentaros, hermano. Permitidme que os ofrezca algo de comer, mientras nos explicáis las razones de vuestro sorprendente regreso.
—Os lo agradezco mucho. No pruebo bocado desde esta mañana, y las piernas me flaquean con tantas idas y venidas.
Contó las últimas novedades: los cristianos estaban a punto de liberar al Abu abd Allah para que prosiguiera la guerra contra su tío, y le habían pertrechado de armas y provisiones para facilitar su victoria.
Alí no daba crédito a la noticia:
— ¿ Por qué hacen algo tan absurdo? Qué más les da quien gobierne Granada, si ellos son demasiado poderosos para que les afecte . ¿ Estáis seguro de lo que decís ?
—Tan seguro como que es de noche. Pero no creáis que tal cosa les es indiferente, eso lo decís porque desconocéis las condiciones del nuevo pacto.
Mi señor deberá proseguir la guerra contra su tío, pero en el futuro los reyes cristianos no le reconocerán como emir, sino como a un vasallo más de su reino, cuya única recompensa por sus servicios será un señorío.
— ¡ Eso es una grave traición al islam y al propio reino ! —protestó Alí indignado.
Yusuf hizo un gesto de duda.
—No lo creáis. Se trata de un pacto firmado bajo coacción y, en opinión de los ulemas, el emir no está obligado a cumplirlo —se encogió de hombros—.
En cualquier caso y gracias a que lo ha suscrito, podrá salir libre y bien armado de tierras castellanas, lo que constituye una gran ventaja para afianzarse en el trono.
Yo he venido a propiciar un levantamiento para que pueda regresar como lo que es: el legítimo sultán de Ganada.
Se quedaron perplejos. Yusuf cambiaba de opinión según las circunstancias en las que se encontraba su señor, y no parecía que aquello le originase ningún conflicto de conciencia.
Pero lo peor era que anunciaba el regreso del emir y de su madre, y con ellos volvían las angustias de Kamal y sus preocupaciones por su propia seguridad y la de Fátima.
En esas circunstancias, nada podía hacer salvo intentar protegerse, y cuanta más información obtuviera de Ibn Comixa, más podría prever las celadas de Aixa.
— ¿ Cuándo ocurrirá eso ?
—Ya está de camino. Yo me he adelantado para visitar a los prohombres que le son afectos, y me han prometido que se levantarán en cuanto mi señor ponga un pie en la ciudad.
El Zagal no podrá atacarle porque permanecerá oculto, y los creyentes terminarán expulsando al usurpador del trono en el que jamás debió sentarse.
Seguía sin aliento, el emir y su madre volvían, y ello significaba su perdición.
La imagen de su esposa le vino a la mente.
Si no lo remediaba, pronto correría la misma suerte que otras muchas mujeres de su familia: la asesinarían sin compasión.
Un escalofrío le recorrió el cuerpo, tenían que huir y por lo que contaba Yusuf, a toda prisa.
El invitado siguió dando pormenores de su misión, sin percatarse del clamoroso silencio que provocaba en Kamal sus informaciones.
Les dijo que ya estaba preparado el lugar en el que se iban a ocultar Abu abd Allah, mientras que su madre, al no representar por sí misma un peligro para El Zagal, se alojaría en Dar al-Horra .
Al oírle, Kamal se quedó hundido, hasta que al notar el brusco cambio de su estado de ánimo, Alí prefirió dar por concluida la visita del alguacil, antes de que se percatara de la reacción que provocaba en su amigo sus palabras.
Se aproximó sonriente, le puso la mano en el hombro y dijo con cierto tono de preocupación:
—Hermano mío, ya que Allah nos ha concedido la dicha de volver a verte, no quisiéramos que nuestra curiosidad te quite el tiempo que precisas para atender a tus obligaciones.
Imagino que tendrás que preparar la casa de la sultana, ya que su llegada inminente.
No queremos que, por gastar tu tiempo en cortesías hacia nosotros, tus señores tengan motivos de queja contra ti.
—Cierto, y os agradezco vuestra comprensión. Me voy corriendo a Dar al-Horra, que lleva tiempo cerrada, y tengo que prepararla para la llegada de Aixa. Contrataré sirvientas para que la limpien, y cuando llegue todo estará dispuesto.
Se puso de pie, le acompañaron a la puerta y se fue. En cuanto estuvieron solos, Alí comentó:
—Veo que el regreso de la sultana te ha conmocionado, pero no deberías darle tanta importancia.
Piensa que ante los graves acontecimientos que se avecinan, la última de sus preocupaciones será que tú sigas vivo.
Deben librar una dura batalla contra El Zagal, y es de suponer que a ese empeño destinen la totalidad de sus energías, y no a temas menos perentorios como el hecho de tu propia existencia —le puso la mano en el hombro—.
Sosiégate, Kamal. De momento no corres peligro, y quizás sea esta la oportunidad que esperas para conocer el misterio que te envuelve.
Al escuchar tan sensata reflexión, se tranquilizó. Alí se preocupaba por él como un hermano, y sabía que por adversas que fueran las circunstancias, permanecería a su lado incondicionalmente.
—Tienes razón. Haré una incursión a Dar al-Horra y comprobaré que la ruta que tracé en su día, continúa expedita. Estaremos atentos a la llegada de Aixa y, en cuanto habite el palacio, tendré prevista la forma de espiarla.
Se despidieron, y él se fue a dormir a su casa.
No consiguió pegar ojo. A la luz de la luna miraba a su esposa, y un vértigo le revolvía las entrañas mientras que sus párpados se negaban a cerrarse.
A ratos, los más negros pensamientos le abrumaban hasta el punto de acelerarle el ritmo del corazón, y a ratos, la esperanza volvía, y trataba de idear la mejor forma de salir con bien del entuerto.
La noche se le hizo eterna, pero no se atrevió a moverse por miedo a despertar a Fátima y, cuando las luces del alba sustituyeron a las de la luna, se levantó de un salto y se preparó.
Fue a buscar a Alí, y sin perder tiempo se dirigieron a la obra.
Se afanó en el trabajo buscando sosiego y como las fuerzas tienen su límite, al mediodía lo había conseguido.
Cada vez que podía y con cualquier excusa, subía a la azotea para observar Dar al-Horra.
Vio a gente deambulando por la planta alta y por la torre, y comprendió que estaban terminando los últimos preparativos.
Al anochecer se introdujo por el paso de la acequia.
El palacio parecía desierto, y repitió el trayecto hasta la ventana situada en la entreplanta de la escalera, subió, y pudo comprobar que todo estaba limpio y preparado: habían barrido, dispuesto las alfombras, colocado los arcones y ordenado los cojines.
Llegó a la sala de las dos alcobas, descorrió las cortinas, y encontró numerosos bultos apilados.
Se metió para comprobar si desde dentro gozaba de un buen ángulo de visión, y luego se acercó al mirador para observar el exterior: la copa de un frondoso árbol estaba tan próxima, que podía saltar sobre él sin excesivo riesgo.
Finalmente subió al torreón, y al asomarse comprobó que tenía una visión perfecta de la Alhambra.
Terminada la inspección, regresó tan sigilosamente como había entrado.
Al entrar en el huerto, se encontró a Alí esperándole, y nada más verle le preguntó:
— ¿ Cómo está la casa ?
—Limpia y ordenada. La llegada de Aixa debe ser inminente.
—Bien, amigo mío, se aproxima un momento importante, pero no debes temerle más de lo debido.
Si eres prudente y te mueves con sigilo, podrás espiar a la sultana sin demasiada dificultad; no creo que Aixa tema que los peligros que procedan del interior así que, de poner vigilancia en la casa, apostará a la guardia en la puerta de la calle.
—Y en la torre. He subido, y desde ella hay una visión magnífica de la Alhambra. Supongo que allí pondrán un vigía, aunque solo sea para observar los movimientos de las tropas que entran y salen de su alcazaba.
—En ese caso, si la casa está ocupada la próxima vez que entres, yo te acompañaré por si surgen dificultades.
Kamal aceptó el ofrecimiento, y abandonaron la obra para ir a dormir.