Chapter 37
Apenas durmió y en cuanto empezó a clarear, Kamal salió hacia la judería en buscar a Isaac. Le encontró como siempre, enfrascado en sus lecturas, consultando un grueso tratado de farmacopea para prescribir el tratamiento a uno de sus pacientes.
—Amigo mío, perdonad que os importune a una hora tan temprana, pero preciso que atendáis con urgencia a un herido.
Isaac reaccionó, preparó un hatillo con algunos remedios y los útiles de cirujano, y se marcharon deprisa hacia la casa de Alí.
Por el camino, Kamal le fue contando la reyerta con los soldados, la identidad del herido y le rogó discreción, al tiempo que le insistía en que hiciera uso de toda su pericia para conseguir una rápida curación.
Como siempre que había precisado de sus servicios, Isaac fue diligente, certero, y abandonó la casa sin hacer preguntas.
En cuanto salió, Yusuf miró a sus salvadores y les preguntó:
—Perdonad, os debo la vida y aún no sé vuestros nombres. ¿Quiénes sois y por qué me habéis ayudado?
Alí respondió con naturalidad:
—Me llamo Alí ibn Muhammad y soy alarife, él es mi amigo Kamal.
Veníamos de trabajar en una obra muy próxima al lugar en el que os encontramos, pero afortunadamente para vos, nos habíamos retrasado y pudimos ver cómo los soldados os apresaban sin que hubierais cometido delito.
Somos buenos creyentes y nos pareció injusto, pues ya lo dice el sagrado Corán: los que molestan a los creyentes y a las creyentes sin haberlo merecido, son culpables de infamia y de pecado manifiesto.
También dijo el Profeta que Allah castiga a los que torturan a la gente en la vida mundana .
Sencillamente nos pareció que necesitabais ayuda y siguiendo las sagradas palabras, decidimos intervenir para prestárosla.
Les miró perplejo, pocos eran capaces de llevar sus convicciones hasta esos extremos. Sintió que sus salvadores eran dignos de toda confianza, y decidió sincerarse con ellos resolviendo sus dudas.
—Bien, hermanos míos, pues como a tales os tendré el resto de mi vida. ¿Qué deseáis preguntarme? No tengo inconveniente en satisfacer vuestra curiosidad sobre las razones que me llevaron al lugar donde me hallasteis.
—Es más que curiosidad, es interés por el futuro del reino —precisó Kamal—.
Ayer nos dijisteis que el emir había reconocido a su tío como señor de Granada, Málaga y Almería, y que a cambio había aceptado quedarse como señor de Loja y las tierras fronterizas.
¿Es eso cierto? ¿No piensa volver a Granada para recuperar el trono?
—Aunque os resulte extraño, es verdad. Estuve acompañando a mi señor durante su estancia en la Corte de los cristianos en Córdoba, y hemos tenido ocasión de espiar al Aragonés .
Creedme, le he escuchado decir que desea nuestra aniquilación para evitar que los turcos le ataquen por el sur, ya que nos ve a nosotros como los aliados naturales de sus archienemigos.
Es un hombre taimado cuya ambición no conoce límite, y desea expulsarnos para asegurar esta frontera, y dedicarse a otras conquistas más acordes con los intereses de su reino.
Es listo y no tiene escrúpulos, por eso no le importa ocultar sus aviesas intenciones bajo el nombre del profeta Jesús, al tiempo que fomenta la discordia entre nosotros para caer como un buitre sobre Granada.
A toda costa desea la incorporación de nuestra tierra a Castilla, porque así se ahorrará unos buenos dineros y como él manda sobre ambos reinos, podrá cerrar las puertas de Al-Ándalus al islam .
—Reconozco que me sorprendisteis, no imaginaba que Abu abd Allah amara tanto a Granada —dijo Kamal—.
Pensaba que era un hombre que hacía cuanto le placía a su madre, y todos sabemos que Aixa es enérgica y nunca se rinde.
Pensaba que la Señora ambiciona el poder más que el bienestar de su propia sangre, y que jamás le permitiría a su hijo claudicar ante las ambiciones de El Zagal.
—Es cierto lo que opináis sobre la sultana, pero os reitero, no sobre el emir.
Es probable que pocos comprendan sus decisiones, pero es verdad que ama a Granada, y por eso me ordenó que hablara en su nombre con los prohombres que preparan la revuelta.
Desea que la detengan para evitar muertes inútiles.
Pero su tío, a pesar de haber firmado ya el pacto con mi señor, no termina de fiarse, y mandó que me prendieran por miedo a que estuviera azuzando la lucha en su contra —bajó los ojos compungido y se lamentó—.
¡Ya no podré cumplir mi misión porque en cuanto me reconozcan los soldados, caerán sobre mí y me apresarán!
—No debéis preocuparos por vuestra libertad o vuestra vida. En cuanto os encontréis mejor, yo mismo os sacaré de Granada por lugar seguro. Sé cómo hacerlo y creedme, no correréis ningún peligro, y podréis llegar a salvo junto a vuestro señor.
—Gracias, hermanos. La magnanimidad de Allah no tiene límite, y os ha puesto en mi camino para que guardéis mi vida.
—Ahora, descansad, el médico ha dicho que es la mejor medicina —dijo Alí mientras cerraba la puerta de la estancia.
En cuanto salieron, comentó con Kamal:
— ¿ Lo has oído? Ni el emir ni Aixa tienen intención de volver, y por lo tanto estás a salvo de sufrir nuevos atentados. No creo que El Zagal te odie, así que eres libre para moverte y trabajar dónde te plazca, mientras no te aproximes a Loja —comentó medio riéndose.
Kamal recuperó la tranquilidad, aunque se apenó al pensar en el futuro que les esperaba a los defensores de los derechos del emir, empeñados en una rebelión sin posibilidades de éxito.
Como era de esperar, al estallar la revuelta Abu abd Allah no apareció y El Zagal se asentó en el trono, a pesar de que muchos granadinos le seguían considerando un usurpador.
Pasados tres días, Yusuf ya había mejorado, y decidieron sacarlo de Granada.
Prepararon la huida, y acordaron que Alí con unos buenos caballos, les esperaría extramuros, mientras Kamal le sacaba de la ciudad por los pasadizos.
La noche señalada, Kamal recogió a ibn Comixa y aprovechando el intenso frío, se cubrieron la cara como si estuvieran protegiéndose del helador viento de Sierra Nevada.
Siguieron el curso de la acequia del Aynadamar y llegaron al partidor; un poco más abajo hallaron al boca de una mina disimulada entre la maleza, encendieron las antorchas y se introdujeron por ella.
Kamal dirigía la marcha, el pasadizo era angosto y durante un buen trecho estuvieron bajando escalones, hasta que se inició un estrechísimo corredor por el que apenas podían avanzar.
El olor era insoportable y el ambiente tan enrarecido, que solo conseguían una bocanada de aire fresco cuando se acercaban a los respiraderos; el resto del trayecto sentían que se asfixiaban en aquel ambiente putrefacto.
Avanzaban despacio porque el herido precisaba descansar, pero Kamal le fue sosteniendo mientras recuperaba el aliento, hasta que consiguieron ver una pálida luz al final del túnel.
Yusuf llegó exhausto, pero vislumbrar la claridad que prometía la proximidad de un cielo abierto, le dio fuerzas para salir de aquel espacio insalubre.
Iban a hacerlo cuando del exterior les llegaron voces; Kamal le detuvo, le pidió silencio y le ordenó que esperara allí hasta que volviera a recogerlo.
Se adelantó para investigar la causa del griterío, y arrastrándose alcanzó un lugar desde el que podía observar con seguridad.
La escena que presenció, le heló la sangre: dos jinetes de la guardia con sus cimitarras desenvainadas, amenazaban e insultaban a Alí, que protestaba con cara ofendida por el trato que le estaban dispensando. Le oyó decir con voz suplicante:
— ¡ Os repito que no soy ladrón, y menos un espía de Abu abd Allah!
Soy alarife, vivo en Granada, y estos caballos son míos.
Si tengo dos, es porque estoy esperando a mi ayudante.
Vamos a apalabrar la compra de unos materiales que necesito, porque aquí no puedo adquirir las columnas que el dueño desea que ponga en su casa.
— ¿ Y dónde está ese ayudante del que hablas? No vemos a nadie por los alrededores y no creemos que ningún albañil ose retrasarse cuando sabe que le espera su alarife.
—No lo sé. Ha debido tener algún percance, porque nunca había hecho antes algo parecido. Estoy seguro que no tardará en llegar, y él os podrá confirmar que soy alarife, y que estos caballos son míos.
Kamal embadurnó sus ropas de tierra, y corrió hacia el grupo agitando las manos mientras gritaba:
— ¡ Alarife, perdonadme! Mientras os esperaba, me alejé un poco del lugar convenido para aliviar una urgencia de aguas menores, resbalé y me he caído en una poza. Lo siento mucho, maestro, no volverá a suceder.
Los jinetes soltaron una carcajada, mientras Alí fingía un descomunal enfado. Para dar más realismo a la escena, golpeó a Kamal al tiempo que le insultaba, y los soldados al ver su furibunda reacción, aceptaron la explicación y se dieron la vuelta. En cuanto se alejaron, Alí se disculpó:
—Perdóname, hermano. No estaban convencidos y pensé que, si te pegaba un poco, acabarían por creer mis palabras.
Espero que no te hayas ofendido, y entiendas que solo lo he hecho para que nos dejaran en paz.
Llevaba mucho tiempo esperando, me observaban en la distancia, y han desconfiado al ver que llevaba dos caballos y no me movía.
Creo que se han acercado para comprobar que no soy un facineroso.
¿Qué os ha pasado para llegar tan tarde?
—Nada especial, salvo que Yusuf no está fuerte y anda muy despacio. Por esa razón hemos tardado más de lo previsto.
— ¿ Dónde está Yusuf ?
—Oculto en el pasadizo. Le pedí que no se moviera hasta que fuera a buscarle, y espero que siga allí —miró de reojo hacia atrás—. Acabo de ver a los soldados girarse para comprobar lo que hacemos, así que será mejor que nos marchemos cuanto antes.
Montó en el caballo y se alejaron, mientras que Alí manoteaba como si estuviera reprendiéndole. En cuanto doblaron el recodo del camino, se ocultaron tras unos árboles y detuvieron sus monturas. Kamal se apeó y dijo resuelto:
—Espérame, que voy a buscarle.
Al poco tiempo volvió en su compañía y se despidieron. Yusuf no sabía cómo agradecerles su extraordinario comportamiento, y no dejaba de repetir una y otra vez:
—Hermanos míos, si alguna vez puedo serviros, no dudéis en buscarme. Creedme, removeré cielo y tierra para acudir en vuestra ayuda, en cuanto reciba el aviso.
Pero ellos, quitándole importancia a lo que habían hecho, le bendijeron repetidamente, y le desearon lo mejor para que pudiera llegar con bien junto a su señor.