El legado del alarife Chapter 35
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Chapter 35

Al día siguiente Alí midió la casa, anotó las reformas que pretendía el dueño y los materiales que deseaba poner, contrató a la cuadrilla de Muhammad y llamó a los canteros, carpinteros y yeseros más competentes.

Lo hizo todo con tal celeridad que, cuando el dueño salía por la puerta para iniciar su viaje, ellos ocupaban la vivienda para empezar las obras.

Al atardecer, Kamal visitó la casa por primera vez.

Subió a la azotea y comprobó que Dar al-Horra quedaba tan alta, que por encima del muro apenas asomaban las copas de los árboles, y la segunda planta del edificio.

Estuvo pensándolo y se decidió: si estuviera deshabitada, durante la noche podría arrastrarse entre la vegetación y entrar sin ser visto.

Era cuestión de buscar un buen acceso, la ruta más segura y el momento más propicio para hacer la incursión.

Lo comentó con Alí y estuvieron de acuerdo: de existir gente de guardia, estaría apostada en la entrada del palacio y no en el huerto.

Las siguientes jornadas fueron rutinarias.

De día, Alí controlaba la marcha de las obras, y al atardecer llegaba Kamal para observar los avances, y fundamentalmente para encontrar la mejor forma de entrar, de manera inadvertida, en la casa de la señora.

Recorrió varias veces los alrededores, pero ninguna posibilidad le parecía segura porque de estar vigilada la casa, no podrían evitar el enfrentamiento con los guardianes.

Finalmente optó por introducirse por el agujero del muro que daba paso a la acequia del Aynadamar que regaba ambas propiedades, ya que, después de sopesarlo mucho, le pareció el sitio menos comprometido.

Bajó al huerto y se asomó por el hueco: allí pudo comprobar que, hasta la fachada lateral, la vegetación era frondosa y podría pasar desapercibido, sobre todo si aprovechaba las sombras de la noche y la casa estaba deshabitada.

Lo comentó con Fátima, y en una noche sin luna lo intentó por primera vez.

Cuando acabó la jornada, se entretuvo charlando con Alí sobre la construcción de un pequeño aljibe doméstico, y cuando todos se fueron y el barrio quedó en calma, le contó sus intenciones.

Alí insistió en acompañarle, pero Kamal consideró que puesto que desconocían si la vivienda se hallaba desierta, pasaría más desapercibida una persona sola.

Así lo hizo, y con todo sigilo entró en el huerto de Dar al-Horra, arrastrándose a través del paso de la acequia, ya que los barrotes del cierre estaban tan herrumbrosos, que cedieron al primer intento de doblarlos.

Nada se oía salvo el aleteo del búho que anidaba en un tronco muerto, y a pesar de ello reptó sin levantar dos palmos del suelo. Alcanzó la fachada lateral y confundiéndose con el relieve de la pared, se fue desplazando hasta llegar a un emparrado cuya función debía ser la de dar sombra en verano.

Miró hacia arriba y pensó que, si la parra aguantaba su peso y lograba enderezarse, podía alcanzar con facilidad una ventana abierta a la altura de la entreplanta. Inspeccionó los alrededores, no vio a nadie y dado el silencio reinante, decidió arriesgarse.

Trepó por el tronco que crujió sin quebrarse y, manteniendo el equilibrio, lentamente se fue enderezando. Ya derecho, dio un salto, se agarró al alfeizar, y a pulso izó el cuerpo hasta introducirlo en la casa.

Agudizó el oído, ni un ruido, parecía que la casa estaba vacía.

A pesar de ello, la conciencia de estar allanando el hogar de su archienemiga, le hizo extremar las precauciones.

Subió hasta la primera planta, y se movió como un fantasma por las estancias contiguas al mirador.

Las recorrió buscando huecos donde esconderse en caso de necesidad, y revisó las alcobas laterales para comprobar su tamaño y lo tupido de sus cortinajes.

Anotó los datos en su memoria como corresponde a todo buen alarife, y salió a la galería que daba al patio.

Se asomó, no veía luces ni se oían conversaciones. Ni siquiera un ronquido apagado o el rebullir de una persona durante el sueño y, a pesar de ello, bajó las escaleras con la máxima cautela.

Al llegar al patio lo encontró muy abandonado.

Ciertamente Aixa no se alojaba allí, porque no era ella mujer que dejara, ni ese ni ningún otro aspecto de su vida, sin controlar férreamente.

Se fijó en la alberca, apenas tenía agua, y la encontró sucia de hojas y basura: definitivamente la casa estaba deshabitada.

Se relajó y más tranquilo, recorrió despacio la planta baja.

Su distribución era muy similar a la de la planta alta, salvo por las diferencias propias de la obligaba entrada en recodo y la ubicación de las letrinas.

Tras una detenida inspección, ascendió para salir por el mismo sitio que había entrado y tras atravesar el huerto, regresó sin que nadie se hubiera percatado de su presencia.

Cuando asomó la cabeza por el hueco de la acequia, encontró a Alí esperándolo impaciente; él estaba agotado por la tensión y el esfuerzo, pero lo peor es que estaba tan sucio y maltraído, que cualquiera que no le hubiera conocido con anterioridad, le habría tomado por un menesteroso.

— ¿ Qué has encontrado ?

—Nada. El palacio está vacío, pero he descubierto la forma de entrar y salir con seguridad.

— ¿ No hay vigilantes? Alguien que se ocupe de guardar lo que haya .

—Es que no son necesarios. Te digo que no hay absolutamente nada.

—Pues en tal caso. tendremos que esperar a que vuelva la señora y lo habite. Ahora, lávate y arréglate un poco. Pareces un mendigo o algo peor, un malhechor, y con este aspecto no puedes andar por el barrio de noche. Llamas mucho la atención, y podrían detenernos tan solo por tu apariencia.

Le ayudó a asearse, y salieron juntos para ir a sus respectivos domicilios.