El legado del alarife Chapter 34
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Chapter 34

A su boda le siguieron unos meses de plena felicidad.

Fátima resultó ser una mujer dulce, inteligente y con una conversación tan amable, que el tiempo a su lado era como un bálsamo que curaba sus malos recuerdos.

Era culta, sensata y alegre sin resultar excesiva, amante de la poesía, y sobre todo un apoyo en el que siempre encontraba descanso y comprensión.

Le prestaba atención, aunque lo que le contara fuera una nimiedad, y pronto halló en ella a la confidente que tanto había echado de menos desde que murió su madre.

A su lado, por primera vez desde que abandonó su alquería, se sintió en paz: el sultán seguía en Wadi-Ash y nada parecía amenazarles, puesto que la opinión popular de que la paz firmada por Abu abd Allah era una traición, iba ganando adeptos y, consiguientemente, alejaba a Aixa un poco más de la ciudad.

Todo le iba bien, incluso se incrementó su sensación de seguridad tras la conquista de Almería por El Zagal, ya que el sultán tuvo que huir para salvar su vida, y no le quedó otro remedio que buscar refugio en la corte de los cristianos.

Desgraciadamente todo cambió a partir de la repentina muerte del viejo emir, que atacado por una rara enfermedad que le dejó ciego y medio loco, falleció dejando a su hermano como heredero.

Ese hecho rompió el precario equilibrio, pues muchos consideraron a El Zagal como un usurpador lo que, sumado el descontento popular por la pérdida de Ronda y Marbella, hizo que aumentaran los seguidores del Abu Abd Al-Allah.

Pero nada de lo que ocurría era concluyente, y la inseguridad empezó a afectarle el ánimo.

Su desasosiego encontró una salida de la mano de Alí, al que un poderoso pretendía encargar la remodelación de una casa contigua a Dar al-Horra.

Lo pensó mientras le escuchaba: si aceptaban el encargo, podría acercarse a la antigua sultana sin que ella lo advirtiera.

Pensando en aquel instante, se levantó preso de unos nervios que todavía le afectaban, Fue poco después cuándo descubrió el significado del fajín y desentrañó el misterio que envolvía su nacimiento.

Aún le costaba creerlo, aquella mujer y su impía familia, habían torcido durante siglos la voluntad de Allah.

Tantas persecuciones contra los de su sangre, tantos asesinatos y torturas…

¿Para qué?, para acabar claudicando ante los cristianos.

«¡ Malditos y mil veces malditos! —masculló entre dientes mientras el odio le hacía entornar los ojos— ¡Nunca entraréis en el Paraíso! »

Respiró muy hondo para intentar tranquilizarse, pues a pesar del tiempo transcurrido, no conseguía asimilar la traición de quienes debieron servir de ejemplo a todos los musulmanes. Salió al patio para airearse y, al verle, Abdul se acercó corriendo.

—Mi señor, ¿necesitáis algo?

—Solo estirar las piernas y un poco de agua fresca. Estoy descansando un rato.

—Ahora os traigo agua de rosas, y si lo deseáis os llevo al huerto unos almohadones para que podáis descansar al frescor de la tarde.

—No es necesario. Voy a continuar aquí porque me concentro mejor, y todavía puedo aprovechar la luz del día.

En cuanto Abdul se fue, siguió haciendo memoria. Recordó el momento en que Alí, entre risas, comentó que el vecino de Dar al-Horra, había solicitado sus servicios para reformar la casa.

— ¿ Eso es gracioso ? —preguntó al verle contar el encargo entre carcajadas.

—No, lo gracioso es que pretende que nosotros pongamos los materiales y hagamos el trabajo, sin que él anticipe ni una sola moneda.

Dice que ya nos pagará a su vuelta —soltó otra risotada—.

Kamal, no me considero un mal creyente, pero…

¿por qué ese hombre no hace lo mismo que los demás?

Lo lógico es que venda su casa y que a su regreso compre otra, y si de verdad quiere conservarla por razones sentimentales, no es ningún mendigo y puede costear anticipadamente la reforma.

La verdad, no creo que la piedad nos obligue a tener un gesto tan arriesgado, con quien me consta que es un hombre pudiente.

Se quedó abstraído… ¿Estaba diciéndole Alí que podían trabajar en la casa contigua a Dar al-Horra? Era el lugar perfecto para buscar respuestas sin despertar sospechas, no podía creer que Allah le brindara tan magnífica oportunidad. Se giró resuelto, y le dijo a Alí con la mayor seriedad:

—Acepta, por favor. Yo asumiré los gastos y correré el riesgo de que el dueño no regrese, o que si lo hace no quiera pagarnos a su vuelta.

— ¿ Te has vuelto loco? Esa insensatez es indigna de ti.

Te digo que no se trata de un hombre pobre.

Es rico pero avaro, por esa razón ha decidido que las consecuencias de sufrir un accidente o un asalto durante su viaje, las corramos nosotros.

Fuiste tú quién me enseñó las palabras del imán Bujari , ¡ qué la misericordia de Allah lo acoja en su seno !

: Un verdadero musulmán, es aquel de quien los musulmanes están a salvo de su lengua y de su mano.

Dime, ¿no te parece un abuso semejante proposición?

¿No consideras un engaño que prometa lo que no puede garantizar?

El riesgo del viaje es demasiado grande, y todos sabemos que su desenlace está en las manos de Todopoderoso.

Ese hombre querrá peregrinar a La Meca, pero por sus actos yo diría que no es buen musulmán.

—Estoy de acuerdo contigo. Pero créeme, tengo importantes razones para aceptar el trabajo en las condiciones que ofrece o en cualquier otra.

Insisto en que correré con los gastos para no perjudicarte, pero necesito tener acceso a esa casa con la tranquilidad de que mi presencia en ella o en la zona, está plenamente justificada a ojos de los vecinos.

Alí le observó con expresión grave. Más que eso, adquirió un tinte sombrío, reflejo de la preocupación que le producía constatar que su amigo se había empecinado en mantener una postura tan extravagante. A pesar de ello, añadió sin vacilación:

—Dime, hermano. ¿Qué te aflige para pensar que, solo entrando en esa casa, hallarás remedio a tus preocupaciones?

Cayó en la cuenta de que nunca le había hecho partícipe de sus secretos, y ya que siempre se había comportado como el más leal de los amigos, creyó que había llegado el momento de darle una explicación.

Con voz serena le recordó la caída de la piedra de la cornisa, el ataque a Munir, e incluso le hizo mención al atentado que ambos sufrieron.

Le habló del intento que hubo de asesinarle en el partidor, del incendio de su casa en la alquería y de cómo desde que llegó a Granada, le habían estado siguiendo.

Pero cuando le contó las palabras de Aixa, Alí no salía de su asombro, si no hubiera sido porque lo decía el propio Kamal, jamás lo hubiera creído.

— ¿ Pero por qué te persiguen ?

—No lo sé. Es lo que trato de averiguar, y por eso te pido que aceptes la proposición del vecino de Dar al-Horra.

Desde allí podré espiar la casa de la sultana sin excesivo peligro, y quizás acabe descubriendo la razón de su inquina hacia mi persona, o al menos algún indicio del motivo por el que los nazaríes profesan tanto odio a mi familia.

Alí fue cambiando su expresión de estupor por otra más resuelta, y al final dijo con firmeza:

—No hay nada más que explicar. Tus motivos son poderosos y aceptaré la propuesta, aunque el riesgo de realizar el trabajo en esas condiciones, acabe por ocasionarnos importantes pérdidas.

Aunque desde ahora te aviso que ese riesgo lo correremos juntos.

Te dije una vez que de todo cuanto llegase a poseer, podrías disponer con libertad, y así seguirá siendo mientras viva.

Sin tu generosidad, mi vida y la de mi familia no hubiera sido la misma.

Ahora vivimos bien, soy feliz con mi amada Jalila, y gracias a tus enseñanzas poseo unos conocimientos que me proporcionan múltiples y lucrativas satisfacciones.

Kamal, ahora y en el futuro, en esta o en cualquier otra circunstancia, estaré siempre a tu lado.

Dicho esto, se levantó y fue a cerrar el trato.