Chapter 33
Al amanecer del día señalado, se despertó y se sentó sobre el jergón sobresaltado, consciente de la importancia de aquel día: ¡Por fin se acabó la espera!
Con los ojos totalmente abiertos y una sensación de hormigueo en el interior, se levantó de un salto, se vistió a toda prisa y salió de la alcoba.
Fuera, el movimiento era incesante. Los esclavos iban de allá para acá llevando cajas, preparando ropas, barriendo…
era un no parar. Las cestas de pastelillos recién horneados se apilaban en el pórtico, y al aproximarse Kamal percibió que el olor a miel, a almendras tostadas y a pasa, sacudían los jugos de su estómago y entre todo aquel revuelto, empezaron a protestar sus adormecidas tripas.
Se acercó a un sirviente que cruzaba el patio a toda velocidad, y le preguntó:
— ¿ El cadí se ha levantado ?,
—Hace tiempo, mi señor. Esta noche, los señores apenas han dormido, porque desde el amanecer les estamos oyendo a los dos moverse arriba y abajo por la casa. Si deseáis comer, el cadí os aguarda en la estancia habitual.
Miró al cielo y a pesar de la baja temperatura, era de un radiante color azul y estaba limpio de nubes: « d ebe ser el frescor de la mañana —pensó al estremecerse—, pero por lo demás, parece que Allah ha dispuesto un espléndido sol para el día más importante de mi vida ».
Con la sensación de que aquella brillante luz era la señal de que su unión sería venturosa, apresuró el paso para reunirse con su protector.
En cuanto atravesó el umbral, el cadí le invitó a sentarse y a comer rápido, puesto que aún les quedaban mucho por hacer y no podían entretenerse.
—Date prisa, hijo mío. Van a llamar a la oración y tenemos que ir a los baños, hoy no podemos retrasarnos.
Engulló las tortas y salieron hacia la mezquita.
Al pisar la calle, la voz de muecín resonó alta y clara: Allah es el más grande…
Allah es el más grande… Allah es el más grande…
Allah es el más grande… Declaro que no hay más dios que Allah…
Declaro que no hay más dios que Allah… Declaro que no hay más dios que Allah…
Declaro que no hay más dios que Allah… Venid a la azAllah…
Venid a la azAllah…. Venid al triunfo… Venid al triunfo…
Allah es el más grande… Allah es el más grande… No hay más dios que Allah.
Fueron repitiendo los versos de la llamada, apretaron el paso y al llegar a la mezquita, la penumbra interior consiguió templarles los nervios.
Una vez acabados los rezos, salieron, y esperando en la puerta encontraron a un esclavo que les llevaba ropa limpia y útiles de aseo; así que todos juntos y sin entretenerse, se dirigieron a unos baños próximos al Darro.
Al llegar, los gruesos muros impedían adivinar quién ocupaba su interior en esos momentos, por eso se sorprendieron al encontrar a tanto usuario tan de mañana.
Se desvistieron, pasaron a la barbería para que les arreglaran el cabello y la barba, y se anudaron las tiras de los zuecos antes de pasar a la sala fría.
Kamal se movía como un autómata y el cadí, comprendiendo la ansiedad que sentía ante la inmediatez del acontecimiento, respetó su silencio. Pero cuando al fin se tumbaron en la sala templada para que los enjabonaran y les frotaran el cuerpo, le miró de reojo y se atrevió a comentar:
—Cálmate, hijo mío. Verá como si te comportas con sosiego y escuchas a tu corazón, la noche de hoy la recordaras como una de la más bellas de tu vida.
Tu esposa es hermosa, lleva siete noches purificándose, y seguro que está preparada para la consumación.
Pero como todas las mujeres virtuosas, la idea de tener intimidad con un hombre, la tendrá atemorizada.
Deberás que ser dulce y paciente con ella, y te aseguro que si refrenas tus ansias hasta que esté lista, te dará un placer sublime que no gozarías de otra forma.
Discúlpame si te ofende mi consejo, pero ya que tu padre no está y yo te considero mi hijo, me permito hablarte como si fueras de mi propia sangre.
—No me ofendéis, al contrario, recibo vuestras palabras como si hubieran salido de la boca de mi padre.
Sabed que nunca podré agradeceros vuestras bondades conmigo.
Y no hablo solo de lo puramente material, también vuestros desvelos por mi bienestar.
Allah, bendito sea su nombre, se llevó a mi padre muy pronto.
Pero como su magnanimidad no tiene límite, me concedió vuestra hospitalidad y cariño para compensarme por tan dolorosa pérdida.
Kamal se levantó para enjuagarse en una de las piletas, y el cadí le imitó antes de pasar a la sala caliente. Se descalzaron al borde y, mientras introducían sus piernas en el agua tibia, sintió que al fin recuperaba la paz.
Al volver a la casa, el revuelo era impresionante.
La proximidad del banquete les tenía a trastornados, y todo eran carreras y voces urgiendo terminar con los preparativos, para trasladarlos cuanto antes a casa del novio.
Repasaron las tareas: los corderos estaban asándose, el cuscús haciéndose, los pastelillos preparados…
¿Y la orquesta y las bailarinas? Los esclavos estaban desesperados porque los músicos no aparecían, y pronto llegarían los primeros invitados.
El cadí, con la serenidad perdida y preso de unos nervios inexplicables, gritaba exigiendo su presencia; y a continuación envió a dos sirvientes en su búsqueda, mientras que él se quedaba dando rápidos paseos, hasta que llegara el momento de vestirse para la ocasión.
Por fin estuvo todo listo: la orquesta y las bailarinas aparecieron, la comida se hallaba dispuesta en casa de los nuevos esposos, y Jafar y Kamal esperaban a los invitados debidamente ataviados.
Se quedaron en la estancia reservada a los hombres, mientras que la destinada a las mujeres permanecía vacía y custodiada por las esclavas.
Sonó el tambor llamando a los invitados y antes de que apareciera el primero, ya estaban allí el recaudador de impuestos para cobrar el tarcón .
El padre y los hermanos de la novia llegaron de los primeros, pero en seguida aparecieron sus tíos, primos y sobrinos, así como una incontable multitud de amigos de los padres de Fátima y del cadí.
Se sentaron en círculo sobre almohadones, y mientras permanecían charlando con los zéjeles sonando de fondo, sirvieron los aperitivos.
Al poco oyeron llegar al cortejo de la novia, que pasó a la otra estancia y entre risas y bromas, empezaron a entonar las primeras zambras.
Cantaron la historia de Yamila, alabando su valor durante la rebelión de su hermano; pero también otras que reivindicaban un papel más activo para las mujeres, más allá del de sumisas y obedientes esposas.
Mientras, en la habitación de los hombres la orquesta tocaba, las bailarinas danzaban haciendo tintinear sus aros, y el ambiente se fue caldeando hasta alcanzar un nivel de griterío.
Se sirvió la comida en ambas estancias: una selección de exquisiteces dignas de la mesa de un sultán y, cuando la diversión empezó a decaer por el sopor de los excesos, los invitados se fueron quedando dormidos.
Con el ambiente mucho más calmado, los recién casados se retiraron discretamente a su alcoba.
Al llegar a ese punto en sus recuerdos, Kamal alzó la vista y se quedó ensimismado.
Con una sonrisa en los labios, rememoró el instante en que se quedaron a solas, Fátima se despojó del velo, y él la vio por primera vez.
Se quedó tan extasiado al contemplarla, que permaneció inmóvil sin poder articular palabra.
Luego vinieron otras emociones, como cuando se quitó el traje nupcial y las joyas, y le mostró su cuerpo perfectamente depilado.
Por fin reaccionó, se acercó muy despacio y le susurró al oído:
—No tengas miedo, nada haré que tú no lo desees tanto como yo. Pero si me lo permites, me gustaría acariciarte para ir acostumbrándome a tu tacto y cuándo a ti te plazca, espero que hagas lo mismo con mi cuerpo.
Asintió, y él recorrió su cara, la nuca y su espalda con las yemas de sus dedos. Jugueteó con su pelo, y notó que se excitaba de nuevo con aquel tacto suave y el olor de los perfumes. Se contuvo, la tomó de las manos observando los dibujos de alheña, y alabó sus formas, profusión y belleza.
— ¡ Qué hermosos! La peinadora ha hecho un gran trabajo, pero nada me perece tan bello como tú . Dime , ¿ estás asustada ?
Entonces ella le sorprendió con una respuesta inesperada:
—No, mi madre y mi nodriza me han preparado para este momento.
Pero lo que de verdad me tranquiliza, es que hayas pedido que yo te acepte como esposo antes de la boda.
Esa exigencia te elevó ante mis ojos, como nunca lo hizo antes ningún pretendiente, y me convenció de que solo tú tienes la calidad moral que pido al hombre llamado a convertirse en mi marido.
No tengo miedo, Kamal —dijo mientras posaba su mano sobre su pecho—.
Eres un buen musulmán, par conmigo y por qué no decirlo, un hombre guapo de cuerpo armonioso.
Aprenderé a amarte como tú desees, y tú aprenderás a conocerme para que, en nuestra unión, los dos seamos uno.
Así nuestro matrimonio será feliz, y la mutua compañía nos librará de la soledad y de la tristeza.
Se emocionó, Fátima era la mujer que tanto había deseado, y agradeció que Allah le hubiera concedido la dicha de aceptarle.
La besó y ella le correspondió al beso, la acarició con dulzura y la pasión volvió.
Y más al comprobar cómo ella tensaba su cuerpo hasta abandonarse en sus manos, arrullada por las dulces palabras que le susurraba al oído.
Aquella noche fue el preludio de otras muchas de felicidad, pues nunca dejó de despertarle una pasión que el tiempo había ido transformando, pero que jamás llegó a desaparecer.