El legado del alarife Chapter 32
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Chapter 32

Durante algún tiempo y por prudencia, Kamal suspendió sus incursiones de espionaje.

El cadí insistió en que no volviera a intentarlo, hasta no tener la seguridad de que los elches habían abandonado su búsqueda.

Es más, incluso le rogó que, si en adelante quería salir, lo hiciera siempre disfrazado y en compañía de un sirviente.

Días después supieron que el nuevo sultán, hombre de carácter débil y escaso criterio, siguiendo los consejos de su madre, estaba haciendo una leva para formar un ejército.

La ciudad respiraba esperanzada en conseguir otra gran victoria sobre los cristianos, y finalmente siete mil jinetes y nueve mil soldados al mando de Abu abd Allah, salieron de Granada para atacar Lucena.

Desgraciadamente la incursión fracasó, y lo que era aún peor, el emir cayó prisionero del conde de Cabra que, al enterarse de su identidad, lo envió a comparecer ante sus reyes.

Mientras se producían estos acontecimientos, Granada era un hervidero de conspiraciones y rumores.

Aixa, con la colaboración de los Banu Sarraj, trataba de preservar el trono de su hijo; pero sus enemigos eran muchos y de distinta condición, ya que por un lado estaban a los cristianos y por otro su esposo, que con la ayuda de El Zagal pretendía reconquistar Granada.

Sumida en esas preocupaciones tuvo noticias de que el rey Fernando, hábil estratega, había avanzado por la parte occidental de la vega para abastecer Alhama.

Por el camino había ordenado talar todos los árboles de los campos de Íllora, aunque no se detuvo a conquistarla por miedo a consumir las provisiones que llevaba para abastecer a los resistentes.

Cuando al fin llegó a la ciudad, relevó la tropa y partió con seis mil jinetes y cuarenta mil peones para conquistar Táhara, lo que consiguió gracias al buen uso que le dio a su artillería: una bombarda y diez ribadoquines bien empleados, con bastante esfuerzo y alguna que otra dificultad, acabaron por arrasar las murallas y los defensores que no murieron, cayeron prisioneros.

Crecido el Aragonés por tan importante conquista, hizo avanzar su ejército y retó en combate a los granadinos.

Pero la ciudad no aceptó, aunque astutamente escondieron a muchos peones entre los olivares y, confundidos entre ellos, a bastantes soldados emboscados.

En cuanto los cristianos los divisaban, los perseguían para hacerlos prisioneros; pero cuando parecía que los iban a alcanzar, se revolvían y con la ayuda de los emboscados y de otros jinetes que parecían vagabundear, repelían el ataque y les causaban muchas bajas.

Pronto se percató el cristiano del daño que le infligía esa táctica, y ordenó que nadie se empeñara en ese tipo de combates.

Tras meditar sobre lo que debía hacer para evitar más bajas, cambió de estrategia y decidió liberar al emir a cambio de un pago anual de doce mil doblas de oro.

En compensación por ese pago, prometió que le ayudaría en la guerra contra su padre , pero eso sí, debía dejar como rehenes a sus propios hijos y a diez vástagos más de la nobleza nazarí.

Cuando el sultán regresó y se hicieron públicas las condiciones, el revuelo fue enorme y el descontento popular creció.

Asumir el pago de semejante tributo y sufragar esos compromisos, suponía el hambre para la población y lo que tampoco era un asunto menor, la obligación de librar otra cruenta guerra civil.

Ulemas y alfaquíes escribieron una fatwa diciendo que el pacto no obligaba, puesto que lo había suscrito el emir mientras permanecía prisionero.

Pero ese dictamen, lejos de tranquilizar los ánimos, agitó la calle y dividió a las gentes entre lo que para algunos significaba la paz, y para otro una traición vergonzosa.

Fue ganando terreno el clamor por la vuelta de su padre y el nuevo sultán, al sentirse verdaderamente amenazado, abandonó Granada y se instaló en Wadi-Ash.

Llegado a este punto en sus recuerdos, Kamal dejó la mirada perdida mientras suspiraba: no duró mucho, pero la ausencia del emir supuso un gran alivio, y durante algún tiempo se sintió seguro.

Aquellos meses, salvo el peligro que suponía la cercanía del campamento cristiano de Santa Fe, ni siquiera las noticias de la guerra destruyeron su optimismo.

Lo recordaba bien, fueron unos meses dedicados al trabajo, a frecuentar la compañía de Isaac y a colaborar en las obras de refuerzo de la muralla.

Semejante cambio después de tanto tiempo de encierro, le pareció una bendición: de nuevo tenía ingresos y se sentía libre.

La nueva situación le impulsó a replantearse su vida y, convencido de que no iba a encontrar un momento mejor, decidió por fin buscar una esposa. Habló de ello con el cadí :

—Señor, sois lo más parecido que tengo a un padre, y quiero consultaros sobre mis intenciones.

He cumplido veinticuatro años, y creo que ha llegado el momento de casarme.

Pero no deseo cualquier esposa, sino una que reúna las virtudes de mi madre, y que me ame tanto como ella amó a mi padre.

Sé que la belleza del cuerpo no es lo importante , pero sí la del alma y la buena disposición .

Mis padres fueron muy felices, y a pesar de los años que llevaban juntos, se querían con la ilusión de cuando eran jóvenes.

No sé si puedo aspirar a tanto, pero tengo que hacer lo posible por procurar mi felicidad y la de mi futura esposa.

Por eso he decidido que cualquiera que sea la elegida, no solo su familia, también deseo que ella acepte casarse conmigo.

A Jafar le brillaron los ojos. Le hizo feliz que le considerara como a un padre, y sintió que Allah le había concedido una dicha parecida a la de tener un hijo.

—Kamal, ¡no sabes lo que agradezco tus palabras y el amor filial que me profesas! No te preocupes, cumpliré tu deseo. Pondré todo mi empeño en búscate una buena esposa, y no concertaremos el matrimonio hasta estar seguros que la elegida te ha aceptado en su corazón.

Batió las palmas y apareció un esclavo. Pidió que avisaran a su esposa, y ordenó que prepararan un gran banquete para celebrar tan importante decisión.

Durante los días siguientes, Jafar le fue informando de sus gestiones.

Además de las sugeridas por la casamentera, su esposa se iba fijando en las distintas muchachas que acudían a los baños, en las cualidades que las adornaban, y en la posición económica y social de sus respectivas familias.

Parecían empeñados en buscarle la novia entre las hijas de las familias Quraysh que aún quedaban en Granada, porque en opinión del Cadí, solo a ellas estaban en situación de paridad con su protegido.

Cuando Kamal llegó al atardecer, le dijo exultante:

—Mi esposa ha coincidido en los baños con una joven muy bella llamada Fátima bin Falah.

Pero eso no es lo importante, sino el hecho de que su padre, Falah ibn Jafar ben Abi Bakr, pertenece a la más rica y prestigiosa familia Quraysh que queda en Granada.

Poseen muchas casas, varios hornos, y hasta una importante almunia en la vega.

Pero no solo ellos son ricos, también tienen parientes poderosos en otros reinos.

Su hermano Yusuf, es un rico comerciante de Fez dedicado a las exportaciones, y hasta en la misma Meca tienen familiares ocupando altos puestos en la administración —sonrió satisfecho—.

Es la candidata más adecuada de cuantas me han informado, porque es la que más se asemeja a ti en prestigio y virtud.

Kamal se quedó observándole. Estaba tan entusiasmado con su elección, que parecía decidido a pedir su mano sin más preámbulos. Por esa razón, antes de que diera un solo paso en ese sentido, le recordó la condición que en su día le impuso:

—Sin duda se trata de una muchacha sabia y virtuosa.

Pero recordará mi deseo de que no solo su padre me acepte, también quiero que ella consienta en casarse conmigo.

Sé que os parecerá una absurda condición, pero recuerdo el amor que se tenían mis padres y no os voy a mentir, aspiro a tener un matrimonio tan feliz como el suyo.

Creo que conseguirlo depende, al menos en parte, en que ella acepte nuestra boda pues, aunque la armonía familiar solo precisa de una esposa obediente, la felicidad surge cuando hay amor entre los cónyuges.

Se quedó mirando la cara de estupefacción del cadí, que recordaba la condición, aunque nunca le había dado importancia, por ser un capricho impropio de su posición. Por eso apostilló:

—Siento si lo que os voy a decir os parece una extravagancia, pero deseo que ella me vea antes de dar su consentimiento y si su padre acepta, también me gustaría verla antes de la boda.

Ya sé que no es costumbre entre los de nuestra clase, pero a mí me parece imprescindible.

Recuerdo el poema del gran Ibn Hazm sobre las señales del amor, y deseo comprobar si es cierto que …

t iene el amor señales que persigue el hombre avisado, y que puede llegar a descubrir un observador inteligente.

Es, la primera de todas, la insistencia de la mirada, porque es el ojo puerta abierta del alma que deja ver sus interioridades, revela su intimidad y delata sus secretos.

Así verás que cuando mira el amante, no pestañea y muda su mirada donde el amado la muda, se retira donde él se retira y se inclina donde él se inclina, como hace el camaleón con el sol...

El cadí sonrió, y dijo mientras le ponía la mano en el hombro:

—Oigo tus palabras, y reconozco en ellas a mi buen amigo Fadil. No te preocupes, las cosas se harán como tú deseas.

Los días siguientes, Jafar dedicó más tiempo a la boda de su protegido que a su propio trabajo.

Cada vez que se veían le hablaba de sus avances en el acercamiento a la familia de la candidata, pero por más que lo intentó, solo consiguió que su padre accediera a que ella, debidamente oculta y guardada, viera a Kamal antes de dar su consentimiento.

Una noche mientras cenaban, dijo exultante:

—Fátima te ha visto, y acepta casarse contigo sin reservas.

Podemos empezar a negociar el contrato, pues ya nada impide vuestra boda.

Sabes que nosotros no tenemos hijos y que solo tú llenas de alegría nuestros corazones, por esa razón lo hemos hablado, y hemos decidido contribuir a tu matrimonio como si fueras de nuestra propia sangre.

Incluso mi esposa ha renunciado gustosa a la parte de la dote que aún me queda por pagar, pues ve en ti la encarnación de nuestros hijos que no lograron sobrevivir.

Hijo mío, no nos prives del placer de comportarnos como si fuéramos tus verdaderos padres, porque nada nos daría más alegría y orgullo.

Kamal accedió y a partir de aquel momento, todos los esfuerzos de la casa se centraron en la preparación del acontecimiento.

La mujer de Jafar intimó con la madre y las hermanas de Fátima, y pudo participar en la elección de la peinadora, la compra de las joyas, y la preparación de todo lo necesario para la celebración del banquete.

Por su parte el cadí, en compañía de Kamal, negociaron una espléndida dote que se vio acrecentada con las donaciones de sus protectores: una maravillosa casa en la alcazaba Cadima, el alquiler de uno de los tres hornos que poseían, y dos esclavas para el servicio de la casa.

Concluida la negociación, comparecieron ante sheik para firmar el Nika, y cada uno se retiró a su casa hasta el momento de hacer público el matrimonio, con la celebración del banquete.

Al evocar aquel tiempo, Kamal pasó la mano por su frente y cerró los ojos para rememorar aquellos momentos tan felices: ¡Cómo habían cambiado las cosas!

Por aquel entonces la vida le sonreía, y ni siquiera los cristianos o la guerra empañaron su felicidad por la firma el contrato matrimonial, la dulce espera de las dos semanas posteriores, y la venturosa noche en que Fátima se trasladó a su casa.

Aquellos días los recordaba cómo los más gratos de su vida y por muchos años que pasaran, así seguiría siendo.