El legado del alarife Chapter 31
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Chapter 31

Aún era invierno, y sus incursiones por los subterráneos de la Alhambra seguían sin dar su fruto.

La vida en palacio era rutinaria, y solo hablaban de chismorreos sobre los cristianos o de los posibles movimientos que el antiguo sultán, atrincherado en Málaga, pudiera estar haciendo para recuperar el trono.

Aixa, dueña y señora de la voluntad de su hijo, ejercía su poder con un seguimiento estrecho de los ataques cristianos, las aceifas o de cualquier movimiento que sus acérrimos enemigos, los zegríes, pudieran estar tramando para propiciar el regreso de su esposo.

La vida transcurría con los sobresaltos propios de una situación tan inestable, pero Kamal seguía sin sacar nada en claro de sus secretas visitas a palacio, porque Aixa jamás se refería a él y tras pasar horas espiándola, regresaba a casa del cadí totalmente desesperanzado.

Estaba a punto de abandonar sus correrías, cuando llegó la noticia de que el antiguo sultán había derrotado a los cristianos en la Axarquía.

Aquello conmocionó a la ciudad. El pueblo, necesitado de buenas noticias, se aferró a esa victoria como si se tratara de una señal divina, su popularidad revivió y nadie se acordaba ya de la Romía, tan solo se comentaban que era el único nazarí capaz de plantarle cara a los castellanos.

Una tarde que estaba espiándoles, Aixa, preocupada por el giro que estaban dando los acontecimientos y la opinión de la gente, aconsejó a su hijo que emulara a su padre:

—Hijo, necesitas una importante victoria que te haga aparecer ante el pueblo como el gran sultán que eres. Si la obtuvieras, te afianzarías en el trono y conseguirías que volviera a prender en el corazón de las gentes, su admiración por ti y el desprecio por tu padre.

— ¿ Lo crees necesario ?

—Por supuesto. Es absurdo pensar que el pueblo seguirá amando a sus señores, cuando sufren unas circunstancias tan adversas como las que estamos viviendo.

Si no obtienes pronto una victoria, pensarán que la voluntad de Allah es que sea tu padre el que rija los destinos del reino, y tu trono peligrará.

— ¿ Y si fuera cierto? Quizás no sea yo el adecuado para reinar .

Aixa sonrió ante una respuesta tan ingenua.

—Hijo, ¿recuerdas cómo me llama el pueblo?

—Claro, La Honesta . Todos saben que pertenecéis al linaje de Saad ibn Ubada, el más importante protector del Profeta tras la hégira, y que hacéis honor a vuestra estirpe con un comportamiento tan ejemplar, que os hace merecedora del respeto de todos los creyentes.

Por eso la gente odia a la Romía y os aman a vos, porque sois princesa por vuestra sangre y por vuestro comportamiento.

Mientras le escuchaba, la sonrisa de Aixa se fue transformando en gesto de decepción.

El comentario de su hijo era una adulación de tal simpleza, que evidenciaba su profundo desconocimiento de los resortes que hay que tocar para mantenerse en el Poder.

Por un momento dudo entre permanecer en silencio o aclararle la situación, pero decidió sincerarse dispuesta a que ni él , ni la Romía ni su caprichoso esposo, acabaran por destrozar sus ambiciones.

—Hijo, es hora de que aprendas lo que jamás debes olvidar, porque constituye la principal herencia de mi familia.

No digo que no exista la voluntad de Allah, pero…

¿cómo podríamos determinarla con seguridad, si no vemos signos evidentes de ello?

Sabes por demás que todos debemos luchar por conseguir nuestros anhelos, pues solo los débiles excusan sus fracasos en la voluntad de Magnánimo, cuando la realidad es que no se han esforzado lo suficiente para conseguirlos.

Mi familia siempre ha tratado de eliminar los obstáculos que nos impedían gobernar, y todos sus miembros debemos seguir ese mismo camino ¿No sabes que aún trato de eliminar al último poseedor de fajín?

Pero el maldito desaparece cada vez que creo haberlo conseguirlo y, pasado el tiempo, reaparece en las calles con la arrogancia de quién se considera invulnerable.

Pero esa circunstancia no es razón suficiente para que abandone el objetivo de mis mayores, porque traicionarlos desistiendo del empeño de tantos años, sería peor que no entrar en el Paraíso.

Kamal, ocultó tras un tapiz, creyó que se le helaba la sangre al escuchar semejante confesión.

Oír de labios de Aixa que le perseguía para matarle, le hizo entender lo juiciosa que había sido la decisión de su padre de ocultarle en la alquería.

El miedo y la rabia se apoderaron de él y un ligero vahído fruto de la ira, durante un instante le hizo perder el control y tambalearse.

Tuvo que agarrarse al tapiz para no caer, y al hacerlo lo movió atrayendo la atención del sultán hacia su escondite.

Abu Abd Allah, al ver que el tapiz se agitaba bruscamente, gritó todas fuerzas:

— ¡ A mí , mis elches ! ¡ Me atacan !

Kamal, al saberse descubierto, corrió como alma que lleva el diablo por el pasadizo; hasta que se percató que no solo a su espalda, también de frente se oía un tropel de botas acercándose a la carrera.

Se sintió atrapado, pero inmediatamente le vino a la memoria el plano del subterráneo, e intentó alcanzar el habitáculo de almacenaje de las armas más próximo.

Consiguió llegar y esconderse antes de que los guardias doblaran el recodo, y esperó quieto, casi sin respirar, con el corazón bombeándole sangre con la furia de una tempestad, hasta el punto que temió ser descubierto por el ruido de sus latidos.

Pero no, los guardias pasaron de largo sin percatarse de su presencia y, cuando el retumbar de sus pasos se alejó, salió sigilosamente y se desplazó como una sombra hasta el exterior del palacio.

En cuanto se vio de nuevo al aire libre, fue consciente de que la guardia inspeccionaría hasta el último callejón para intentar de detenerle.

Se encaramó por los salientes de una fachada hasta alcanzar la azotea, se agazapó en un rincón oculto tras unos cachivaches arrumbados, y allí permaneció aguantando el frio hasta que clareó.

Cuando ya amaneció y las humedades matutinas se iban disipado, se asomó, vio la calle llena de gente y como presintió que estaría a salvo entre tanto bullicio, bajó para mezclarse con la muchedumbre.

Se movió con la cabeza gacha fingiendo ser un insignificante mendigo, hasta que llegó a casa del cadí.

En cuanto le vio entrar, Jafar resopló de alivio.

El cariño que siempre le había profesado a Fadil, con los años se lo había traspasado a su hijo, hasta llegar a sentirle como carne de su carne; por eso, cuando al despertar sus sirvientes le informaron de su ausencia, a punto estuvo de ordenar que salieran en su busca.

Pero cuando le vio llegar así, sucio y aterido, una mezcla de angustia y horror le invadió y hasta que no pasó un buen rato, no consiguió superar esa horrible sensación y tranquilizarse.

—Hijo mío, ¿estás bien? —dijo mientras no dejaba de examinarle con la mirada—. No sabes la desazón que tenía al no encontrarte esta mañana. Empezaba a pensar que te habían raptado, y que mi casa está tan mal guardada que nadie se había percatado de ello.

—Lamento haberos preocupado. Tranquilizaos, me encuentro bien, solo he tenido un desafortunado percance, y la prudencia me aconsejó permanecer oculto para poder llegar a esta casa confundido entre el gentío de la mañana.

Más sereno al verle a salvo, el cadí le preguntó por sus pesquisas y al enterarse de las palabras de Aixa, dijo con gesto grave:

—Lo único bueno que podemos sacar del grave riesgo que has corrido, es que has logrado desvelar parte del misterio que envuelve tu origen.

Ya sabemos quién te persigue y que el motivo está relacionado con el misterioso fajín, aunque aún desconozcamos su significado.

Debe ser algo importante porque según le has oído a Aixa, su familia lleva siglos persiguiendo a la tuya.

He mirado en mis libros, pero en ninguno se menciona ningún fajín —se quedó pensativo—.

No sé qué decirte, salvo ahora sabemos que el peligro que te acecha es real y que no solo tú, todos debemos protegerte hasta conocer la verdad.

Ahora, come y descansa. Daré orden de que nadie te moleste hasta que repongas, y no te preocupes porque aquí estarás seguro .

Le costó trabajo coger el sueño. Las palabras de la princesa resonaban en su mente y no hacía más que darle vueltas: sus ancestros habían sido asesinados durante siglos por aquella maldita familia .

¿ Por qué ? ¿ Qué clase de mensaje ocultaba el fajín para que supusiera un peligro tan grande para ellos?

Se levantó para examinarlo: no tenía nada especial salvo una leyenda cuyo significado desconocía.

Volvió al lecho y trató de dormir, no iba a resolver el misterio por muchas vueltas que le diera, y quizás durante el sueño consiguiera encontrar la forma de proseguir sus investigaciones.