Chapter 30
Pasaron dos meses y por más que lo intentó, el cadí no consiguió encontrar la relación del fajín con los ataques a su protegido.
Acababa el otoño y seguían sin pistas, así que cuando ya blanqueaban las cumbres de Sierra Nevada, entre el encierro y la incertidumbre, la desesperación hizo mella en el ánimo de Kamal.
Aquella mañana de principios de enero, se levantó temprano, y al asomarse al patio lo encontró cubierto con un blanquísimo manto de nieve.
Inspiró con ansia, y sintió como un aire helador entraba en su pecho cortándole la respiración como un afilado cuchillo.
Regresó a su alcoba, cogió el grueso chaquetón que le había confeccionado su nodriza y se lo ajustó: el simple tacto de la prenda le llevó a otros tiempos más felices, y sintió un casi irreprimible deseo de volver a gozar de los espacios abiertos de su alquería.
Añoraba el murmullo del agua al correr por las acequias, la vista de las suaves colinas abancaladas, las crestas de la sierra, y hasta los pedregales de tierras muertas que jamás le habían gustado.
Entonces fue cuando se le nubló la razón, y decidió visitar a Isaac sin protección alguna.
Las charlas de botánica con el médico siempre le parecieron interesantes, pero sobre cualquier otra consideración, eran sus reflexiones las que le proporcionaran la paz de espíritu que, al menos en esos momentos, necesitaba desesperadamente.
Llegado a ese punto de sus recuerdos, Kamal sintió que la emoción le embargaba hasta cerrarle la garganta, y se levantó para estirar las piernas.
Se paseó por la estancia, se asomó al patio y en cuanto salió al exterior, la luz cegadora del mediodía le obligó a entrecerrar los párpados: no vio a nadie ni oyó ningún ruido, pero a los pocos instantes apareció Abdul que, al verle parado en el umbral, se acercó para preguntar si necesitaba algo.
Kamal le miró fijamente, y respondió con voz apesadumbrada:
—Demasiadas cosas, mi fiel Abdul, pero mucho me temo que ninguna de ellas está en tu mano proporcionármela —el esclavo le miró perplejo—. No te preocupes y retírate, que solo estoy descansando un rato.
— ¿ Deseáis que avise a vuestra esposa para que os haga compañía ?
—No. He de proseguir, que aún me queda mucha tarea pendiente.
Dio media vuelta y algo más relajado, se sentó a reflexionar; aún no había terminado de poner orden en sus recuerdos, y menos aún decidido la forma en que iba a abordar el escrito, puesto que lo verdaderamente importante era que su hijo entendiera la trascendencia de su legado y lo que tampoco era un asunto menor, que lo acataran como lo que verdaderamente era: la voluntad del Altísimo.
Volvió al instante en el que con el mahsuw ajustado, salió a las calles de la alcazaba Cadima.
Recorrió las callejuelas en dirección al Darro que, a pesar del intenso frío, ya empezaban a llenarse de gentes.
Atravesó el río, el barrio de la Almanzora y cuando entró en la judería, la encontró en plena actividad.
Fue directo a casa de Isaac, y en cuanto le abrieron fue invitado a pasar, sin necesidad de más anuncios o más formalidades.
Se dirigió a la estancia en la que trabajaba el médico, y se paró en el umbral a observarle: estaba tan enfrascado en la lectura, que ni siquiera se había percatado de su presencia.
Carraspeó un par de veces para hacerse notar y en cuánto Isaac se giró , dejó escapar esa sonrisa franca con la que solía recibirle: en ese instante supo cuánto le había echado de menos .
—Amigo mío, pasad y sentaos, que siempre es una alegría gozar de vuestra compañía. Decidme, ¿qué os trae por mi casa en un día de tanto frio?
—Nada especial salvo vuestro consejo y, si es que existe, que me proporcionéis algún remedio contra la impaciencia. Llevo demasiado tiempo recluido en casa del cadí y, aunque sus bondades hacia mí no admiten tacha, no soporto permanecer por más tiempo encerrado.
—Porque os conozco y sé cuál es vuestra condición, imagino que la situación se os hará insoportable.
Esperad —dijo mientras examinaba su colección de tarros—, os prepararé una mezcla de hojas del tilo con toronjil.
Si sustituís la ingesta del excitante té por infusiones de ese preparado, seguro que os encontraréis más tranquilo.
—Gracias, Isaac. Reconozco que vuestros específicos son tan eficaces como vuestras palabras, y ambas cosas me hacen mucho bien.
Isaac insistió en que se sentara, llamó a una sirvienta para que le preparara una infusión con un pellizco de la mezcla, e inició una de esas conversaciones que tanto les interesaban a los dos y les hacía perder la noción del tiempo.
—Ahora, mientras os preparan la infusión y os la tomáis, permitidme que os muestre mi última adquisición.
Me tiene tan apasionado su lectura, que me ha impedido percatarme de vuestra presencia hasta que no habéis carraspeado —cogió un libro con reverencia—.
Observad, es un tratado del gran Ibn al-Jatib, que relata las medidas más convenientes para combatir la extensión de la peste negra.
Dice que, frente a su azote, lo mejor es hacer fumigaciones con plantas aromáticas para sanear el aire.
También recomienda abstenerse de comer carnes y dulces, y sustituir esa ingesta por otra de verduras aderezadas con vinagres fuertes.
Pero sobre todo insiste en que lo mejor es aislar al enfermo y no tener contacto físico con él —miró el libro con admiración—.
Creedme, amigo mío, si las medidas que recomienda surtieran el efecto que pretenden, estaríamos ante un gran avance que salvaría muchas vidas.
Kamal le escuchaba maravillado. Tenía más de cuarenta y cinco años, y aún conservaba intactas sus ansias de aprender y su vocación por curar.
De pronto Isaac se quedó serio, y dijo algo avergonzado:
—Perdonadme. Estaba tan centrado en lo que estaba leyendo, que todavía no os he preguntado por la marcha de vuestras pesquisas.
¿Seguís sin saber el nombre de vuestro enemigo?
Lo que me contasteis resultaba tremendamente inquietante.
No es normal que alguien os odie tanto como para procurar recurrentemente vuestra muerte, y que ni vos ni nadie sepa la causa de su inquina ni la identidad de ese miserable.
De todos modos, os reitero el ofrecimiento que os hice en su día: las puertas de mi casa, ahora y siempre, estarán abiertas para vos.
No creo que ningún asesino se atreva a atacaros en el interior de la judería, pues son pocos los que se aventuran a adentrase en nuestras calles, y menos aún a atentar contra alguien que goce de nuestra protección.
—Gracias, Isaac. Puede que algún día tenga que aceptar la hospitalidad que hoy me brindáis tan generosamente, y lo haré con gusto porque sé que me la ofrecéis de corazón. Pero, amigo mío, acabáis de decir algo que me está haciendo pensar, y que quizás me ayude a identificar a mis enemigos.
—No sé a qué os referís, pero si queréis compartirlo, puede que entre los dos consigamos desentrañar el misterio.
—Va referido a los momentos en los que se producen los ataques. Sé que no son de continuo, pero nunca me había parado a pensar en la razón por la que periódicamente cesan o se reanudan.
—Pues empecemos por ahí. ¿Cuándo se produjo el primero?
—Cuando vivía en la alquería. Los vecinos tuvimos un conflicto de intereses con un poderoso comerciante llamado Ghalib, que se jactaba de ser un protegido de los Banu Sarraj.
Pues bien, Ghalib quería vivificar unas tierras muertas próximas a nuestra alquería, y para conseguirlo pretendía usar las aguas de nuestra acequia de riego.
Enterados los vecinos, acompañé a mi padre para hacerle desistir de tan descabellado propósito, tuvieron una fuerte discusión y finalmente ante su negativa, mi padre le anunció que presentaría el caso ante el alfaquí.
Dos noches después incendiaron nuestra casa, y oí como un sicario comentaba que tenían órdenes de matarnos a todos, y especialmente a mí.
— ¿ No aclararon la razón por la que pretendían asesinaros ?
—No, tened en cuenta que se trataba de una conversación entre ellos, y que todos debían estar al tanto del motivo —retomó la narración tras el inciso—. En aquel momento pensé que el atentado era cosa de Ghalib, pero ahora no estoy tan seguro —sacudió la cabeza como dudando.
— ¿ Por qué razón dudáis ahora ?
—Porque por consejo del alfaquí, busqué refugio en casa del cadí Jafar, pero por extraño que os parezca, a poco tiempo de llegar noté que un desconocido me seguía por la calle.
Esa situación se repitió varias veces hasta que, trabajando ya a las órdenes de Munir, tuve un extraño accidente que casi me cuesta la vida.
Poco después, el mismo desconocido que me había seguido desde mi llegada a la ciudad, intentó matarme en plena calle y de resultas de su tentativa, hirió a Munir dejándole un brazo inútil.
Lo recordaréis porque fuisteis vos quién le curó.
Luego, durante algunos años, los ataques cesaron y casi consigo olvidarlos, pero ahora se han iniciado de nuevo, y sigo sin saber la razón por la que alguien me odia tanto.
— ¿ Podéis decirme con qué acontecimientos de vuestra vida coincide el cese de los atentados contra vos ?
—Eso es fácil de contestar, cesaron mientras fui el alarife mayor de la Alhambra.
— ¿ Y cuándo se reanudaron de nuevo ?
—Poco después de dejar de serlo. Más o menos, desde que Abu Abd Allah destronó a su padre y le proclamaron emir.
—Quizás sea aventurado asegurar lo que voy a deciros, pero deberías buscar a vuestro enemigo en el entorno del nuevo sultán o en el de su madre, pues la sultana es la que de verdad manda en Granada.
Nada escapa al control de Aixa y, si los atentados contra vos coinciden con los periodos en los que ellos ostentan el poder, no es tan descabellado pensar que parten de su círculo más cercano.
Kamal se quedó pensativo: no podía entender qué daño le habría podido infligir a la sultana, o qué peligro podría suponer para ellos el que él siguiera con vida.
Mientras vivió en la alquería, ni siquiera tuvieron la oportunidad de saber de su existencia, y cuando trabajó en la Alhambra, lo hizo siempre bajo las órdenes del emir y sin inmiscuirse en cuestiones ajenas a su trabajo.
Nada había de reprochable en su comportamiento, y jamás había tenido roces o enfrentamientos con nadie de la familia.
—Podría ser, pero no tendría explicación que quemaran nuestra casa de la alquería.
—No digo que la causa por la que os desean la muerte, sea vuestro trabajo como alarife pues, evidentemente, esa circunstancia dejaría algunos hechos sin explicación.
Digo que es posible que vuestro enemigo pertenezca al entorno del nuevo sultán, pues solo se atentan contra vos cuando él manda que, probablemente, sean los momentos en los que él se siente más protegido.
Ahora que lo pienso, quizás el motivo de su inquina tenga que ver con aquel extraño fajín del que un día me hablasteis.
Aunque no alcanzo a entender cómo la posesión de esa vieja prenda, puede representar una amenaza para alguien.
Kamal dudó, tampoco se le ocurría la relación que podía existir entre lo uno y lo otro, ya que él se consideraba demasiado insignificante para suponer un peligro para el sultán o para su madre.
Viendo que su sugerencia no le convencía, Isaac quiso proporcionarle un hilo del que tirar, y con ello un rayo de esperanza que le permitiera normalizar su vida.
—Puede que no le encontréis sentido a lo que os digo, pero ya que no se os ocurre otra causa probable, nada perdéis con investigar lo que os aventuro.
A lo mejor es tiempo perdido, pero como tampoco tenéis nada mejor que hacer, nada perdéis por intentarlo.
Lo que no sé es cómo podríais hacerlo, ya no sois el alarife mayor de la Alhambra, y mucho me temo que ahora tendréis vedada la entrada al palacio.
Además, si yo tuviera razón, sería una temeridad que os acercarais por allí, así que no sé muy bien qué aconsejaros.
Kamal se acordó de los pasadizos. Si había sido capaz de introducir a don Ginés sin que nadie lo advirtiera, podía usarlos ahora para espiarles. Con esa determinación se despidió de Isaac, se ajustó el mahsuw y aprovechando el bullicio del mediodía, regresó a casa del cadí.