Chapter 29
Tras unas semanas en las que estuvo muy preocupado por la salud de Alí, empezó a sentir que se asfixiaba dentro de aquellos muros.
Acostumbrado al aire libre, los días de encierro se le hacían eternos, y alternaba los estados de apatía con otros de desenfrenada ansiedad, en los que apenas podía permanecer quieto.
Su protector, viendo que ni siquiera la lectura le devolvía la paz, le sugirió una mañana:
—Hijo mío, vengo observando que el encierro es peor para ti que la propia muerte.
Ha llegado el momento de idear una estratagema para que puedas salir, y he pensado que si te disfrazaras convenientemente, nadie te reconocería y podrías moverte seguro.
Lo único que debes evitar es acercarte a tu casa y, para mayor seguridad, te seguirá uno de mis sirvientes de confianza.
Kamal reconoció que necesitaba salir tanto como respirar, agradeció sus bondades al cadí y aceptó de buen grado la propuesta.
A la mañana siguiente, vestido como un mendigo y seguido a dos pasos por el sirviente, salió de la casa.
Recorrió varias las calles, y el bullicio consiguió sacudirle la melancolía.
Se detuvo ante uno de los puestos de especias, inspiró a pleno pulmón, y los olores a cilantro, cayena y romero, se le antojaron los más exquisitos perfumes.
Al pasar ante la puerta de los baños, inspiró nuevamente y los vahos cargados de esencias y ungüentos, le reconfortaron hasta el punto de hacerle sentir libre.
Atravesó la muralla y se dirigió hacia el barrio de Badis.
Allí se paró a curiosear ante un puesto de libros, pero el propietario, al ver su aspecto miserable, le echó con muy malos modos.
Callejeó por Almurabidin por el gusto de oír el griterío de los niños y las conversaciones de los viandantes, atravesó la segunda muralla, y con paso decidido se dirigió hacia el barrio de los alfareros.
Todo le parecía más hermoso de lo que recordaba, y lo disfrutó con la intensidad de quien lleva mucho tiempo añorándolo; incluso el pestilente olor de las curtidurías no le pareció tan desagradable, y se detuvo a observar cómo tendían las pieles o las sumergían en las pozas de tintes.
Iba de regreso, cuando el corazón le dio un vuelco al distinguir entre el gentío la inconfundible silueta de Isaac.
No pudo reprimir la alegría, y se aproximó al judío para saludarlo afectuosamente.
— Salam , Isaac —dijo con una gran sonrisa.
El judío parpadeó ante la familiaridad con la que le interpelaba aquel mendigo, hasta que, tras una segunda mirada más escrutadora, reconoció a Kamal dentro de aquellos harapos.
— Shalom , mi querido amigo. ¿Qué os ha sucedido para llegar a tan lamentable estado?
Kamal sonrió, y en voz baja le resumió la situación de encierro a la que se veía avocado.
Luego le preguntó por el estado de Alí, y cuando supo que estaba casi repuesto, a punto estuvo de dar saltos de alegría.
El médico, en un susurro, le ofreció su casa como refugio si alguna vez lo necesitaba, y sin hacer excesivos gestos de familiaridad para no llamar la atención, se despidió de él con palabras de afecto.
De regreso le contó al cadí su encuentro con Isaac y, en cuanto su protector se enteró de la mejoría de Alí, le mandó un recado pidiéndole que acudiera a su casa con el fajín.
A media tarde se presentó y, tras fundirse con su amigo en un afectuoso abrazo, sacó de entre sus ropas la enigmática prenda y se la entregó. Jafar la examinó con detenimiento, le dio varias vueltas y sentenció:
—Hijo mío, estoy convencido de que esta prenda tiene mucho que ver con tus problemas.
Es más, probablemente sea el motivo por el que mataron a tus padres.
Pero desgraciadamente no aporta demasiada información, y si lo hace, reconozco que no soy capaz de descifrar su significado.
Sin duda se trata de un fajín muy antiguo, y si tus padres te hicieron prometer que lo cuidarías para entregárselo a tu primogénito, es porque prueba la existencia de algún derecho que solo a tu estirpe corresponde —volvió a examinar la leyenda—.
Revisaré mis libros, quizás halle en ellos algo que no recuerdo, que nos dé la clave de lo que se oculta tras este extraño mensaje.
Los dos amigos asintieron, y el cadí se retiró a consultar sus libros para buscar la ansiada pista.
Al quedarse a solas, Kamal aprovechó para disculparse por los problemas que le estaba ocasionando con su trato, pero Alí le interrumpió quitándole importancia, y sentenció rotundo:
—Hermano, no eres tú quién me ha agredido, y no me arrepiento de haber luchado a tu lado.
Sé que de cuanto disfruto en esta vida, a ti te lo debo, y si vivo en una casa confortable y tengo un prometedor futuro, es gracias a tu generosidad y al tiempo que has dedicado a mi formación.
Te lo dije en su día y te lo vuelvo a repetir: todo cuanto tengo o pueda tener en el futuro, estará siempre a tu disposición —hizo una pausa—.
Y ahora, cuéntame qué más puedo hacer por ti.
Kamal le observó, y más por contraste que porque se asemejara a sus recuerdos, le vino a la memoria la imagen del Alí que conoció.
¡Cómo había cambiado! Aquel muchacho inculto, medio imberbe e impulsivo, se había transformado en un hombre cabal de poblada barba, amante de la poesía y las matemáticas, y profundamente reflexivo.
Viéndole hacer cálculos o escuchando sus intervenciones, nadie hubiera podido imaginar que hubo un tiempo en el que solo fue un vulgar albañil.
Nada quedaba de aquel muchacho salvo lo que constituía su esencia: una mirada franca, y una lealtad sin fisuras hacia las personas que amaba.
—Cuéntame, amigo mío. ¿Has sufrido mucho durante la convalecencia? ¿Te ha tratado bien Habiba?
—No me puedo quejar —dijo con una sonrisa en los labios—.
Isaac no ha escatimado ungüentos ni esfuerzos para disminuir mis dolores y enderezar mis huesos, y en cuanto a Habiba, ¡quién se iba a imaginar que esa vieja gruñona tenía un corazón tan grande!
Las primeras noches no se separó de mi vera, y por el día me lavaba como a un niño, me aplicaba las pomadas, y me ponía compresas de agua fría para que me bajara la temperatura.
De verdad que, si la hubieras visto, no la habrías reconocido.
Si no fuera porque no creo en supercherías, diría que alguien la había embrujado —comentó entre risas.
— ¿ Te habrás aburrido mucho estando tan solo ?
—No lo creas, he leído y pensado mucho.
— ¿ De verdad ? ¿ No te habrás dedicado a leer poesías de Ibn Hazm, y a pensar en Jalila?
—Sí, y he tomado una decisión. Basta de esperas y absurdos complejos.
Me he esforzado mucho en alcanzar la paridad con su familia y si ahora no doy el paso, otro se me adelantará y la perderé para siempre.
He decido hablar con Munir para pedirla en matrimonio.
Tengo dinero ahorrado, puedo pagar una buena dote y aunque mis ingresos no son tan grandes como cuando trabajábamos para el sultán, puedo mantenerla como a la mujer servida que es.
Además, desde que a Munir dejó de ser el alarife mayor de la Alhambra, su familia se ha empobrecido, y no parece fácil que puedan a revertir su situación.
En cambio, a nosotros nos buscan los más poderosos para que proyectemos sus casas y sus almunias, los imanes para que mantengamos en buen estado las salas de oración, y en general todos los que pueden permitirse el lujo de pagarnos.
Nunca nos falta el trabajo y si Allah quiere, es probable que sea así durante muchos años.
Lo he meditado, y creo que ahora puede interesarle a Munir que entre a formar parte de su familia.
A Kamal le invadió una alegría desbordante, y por un instante sus ojos brillaron como esmeraldas pulidas.
La reacción era fiel reflejo del doble sentimiento que le inspiraba Alí: por un lado, le consideraba un hermano, y por otro se sentía responsable de él como si fuera su padre.
No en vano había sido su guía y su maestro, y al verle hablar con tanta seriedad sobre pedir la mano de Jalila, se llenó de legítimo orgullo al ver el hombre en el que se había convertido.
Se había esforzado mucho y, sin duda aquella unión gozaría de la bendición de Allah.
— ¡ No sabes cuánto me alegro! Nadie ha puesto tanto empeño como tú en conseguir un matrimonio feliz, ni creo que exista alguien que se lo merezca tanto. Puedes contar con mi contribución a la magnificencia de tu boda . ¿ Has pensado en algún término del contrato ?
—Claro, a ello he dedicado buena parte de mis pensamientos durante la convalecencia.
A parte de la dote, quiero regalarle unos brazaletes que he visto en la tienda del Genovés, y estoy apalabrando la compra de una casa en el barrio de Badis.
Su propietario quiere peregrinar a la Meca, es casi es un anciano y su familia vive en Argel, no creo que piense regresar.
Lo cierto es que necesita dinero para el viaje, por eso desea venderla lo antes posible —se le quedó mirándole y añadió—. ¿Puedo hacerte una pregunta?
—Si esa es tu voluntad...
— ¿ No has pensado nunca en casarte? Eres mayor que yo, y a tu edad la mayoría de los hombres lo han hecho.
Te lo digo porque me extraña que nunca me hayas hablado de ello.
Ni siquiera te has comprado una esclava para que te sirva de concubina, a pesar de que el Profeta, bendito sea su nombre, no desaprueba tales prácticas para que podamos darle una salida digna a nuestra virilidad —hizo una pausa—.
Dirás que yo tampoco lo he hecho, pero mi caso es distinto.
Si hasta ahora me he mantenido puro, es porque mi mayor deseo es y ha sido siempre casarme con Jalila, y decidí no malgastar mi dinero comprando una esclava que, a la postre, me retrasaría en el cumplimiento de mi sueño. Pero tú… ¿por qué no lo hecho?
—Hermano, ya sé que Allah no desaprueba el concubinato.
Pero al igual que mi padre, deseo casarme con una mujer sabia y virtuosa que me acompañe toda la vida.
A eso aspiro y mientras llega ese momento, el agotamiento del trabajo calma mis ansias y me ayuda a sobrellevar la espera.
Comprenderás que hasta que no sepa quién me persigue y por qué razón, no sería sensato tomar una esposa para exponerla a mis mismos peligros.
¿Cómo puedo formar una familia, si no sé si mañana estaré muerto?
No Alí, primero debo desentrañar el misterio que envuelve mi origen y cuando lo consiga, confío en que Allah me conceda el matrimonio feliz que tanto ansío.
Alí asintió, Kamal era demasiado responsable para arrastrar a una mujer y a unos hijos a un futuro incierto y no debía seguir porfiando en la idea, porque sabía que no iba a cambiar de opinión.
Se quedó callado, y decidió que ya llevaba demasiado tiempo perturbando la intimidad de aquel hogar. No quería abusar de la hospitalidad de cadí, y se despidió de su amigo con la promesa de volver pronto, siempre que su visita no le acarreara problemas de seguridad.