El legado del alarife Chapter 28
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Chapter 28

Empezaban a despuntar el estío y el encierro de la antigua favorita y de sus hijos, parecía que no iba a tener fin. El emir solo se acordaba de ellos cuando hablaba de su sucesión, y cada día estaba más decidido a nombrar heredero a Nars ben Alí, el mayor de sus hijos habidos con la cristiana.

Pero mala enemiga era Aixa; una mujer que no se acobardaba jamás y que no tuvo empacho en aliarse con los Banu Sarraj, sus grandes valedores y los peores enemigos de su esposo, desde que el emir ordenara degollar a más de veinte de los suyos.

Ante el riesgo de que el sultán, para evitar futuros problemas sucesorios, decidiera acabar con la vida de su primogénito, llegó a un acuerdo con ellos: descolgaría a Abu abd Allah por la ventana, los Banu Sarraj le esperarían al pie del barranco para sacarlo de Granada y a la primera oportunidad que se presentara, le traerían de vuelta y le proclamarían emir destronando así a su padre.

Empezado el verano y conforme a lo planeado, las mujeres del harén descolgaron al hijo de Aixa con una cuerda fabricada con sus almaizales ; luego él huyó a Wadi-Ash, donde los Banu Sarraj contaban con numerosos partidarios y estaba seguro.

Poco tiempo después se presentó la oportunidad que tanto ansiaban Aixa y, cuando Abu al-Hasan se vio obligado a salir de la ciudad para reconquistar Alama, Abu abd Allah regresó, lo introdujeron en la Alhambra y le proclamaron emir.

Al regreso de su fallida expedición, su padre no pudo entrar en Granada, y no le quedó otro remedio que exilarse.

Estas vicisitudes hicieron que las reformas de Comares se paralizaran, y la suerte que hasta entonces había acompañado a Kamal, le dio la espalda y tuvo que empezar a labrarse un nuevo futuro.

Trató de sortear su situación ofertando sus servicios a otros poderosos; pero lo peor no fue la pérdida de su condición de alarife mayor de la Alhambra, sino la reaparición por sorpresa del individuo que años atrás, había atentado repetidamente contra su vida.

A partir de entonces, su relajada existencia se convirtió en un infierno de incertidumbres, pues nunca sabía cuándo o dónde le iban a atacar.

Una tarde que regresaban de unas obras en el barrio Almurabidin, después de atravesar la puerta de entrada a la alcazaba Cadima, tropezaron con una riña tumultuaria.

Intentaron retroceder, pero lo que parecía un grupo de curiosos, les fueron empujando hacia los contendientes.

En seguida se percató que aquello no era más que una encerrona para encubrir un atentado contra su vida, pues dos de los supuestos adversarios se abalanzaron sobre Alí, y surgió como por encanto el hombre que había agredido a Munir.

Kamal le reconoció en el acto y pensó que todo estaba acabado, pues poca posibilidad tenía frente a tantos enemigos.

Sacó su alfanje dispuesto a defenderse, no quería morir como a un cordero llevado al sacrificio.

Lo agitó en el aire mientras se giraba buscando el abrigo de la pared, pero dos hombres más se unieron a su atacante y le cerraron el paso.

Se vio perdido y buscó con la mirada a Alí, pero nada podía hacer por ayudarle, puesto que yacía en el suelo completamente inmovilizado.

Miró en derredor, no encontraba ninguna vía de escape hasta que, por el rabillo del ojo descubrió una cornisa no muy alta, y a la desesperada trató de dar una cuchillada al sicario que se interponía en su camino.

Desconcertado por tan repentina embestida, el asesino trastabilló y se cayó al suelo; entonces él, haciendo uso de toda su agilidad, usó el cuerpo del caído como trampolín para alcanzar un saliente, se izó a pulso, y desde allí alcanzó la azotea.

Huyó saltando de una a otra y aunque trataron de perseguirle, era demasiado rápido para que pudieran alcanzarle.

Cuando intuyó que el peligro habría pasado, volvió la vista para asegurarse de que no le seguía y se descolgó hasta la calle. Se confundió entre el gentío que a esas horas poblaba el barrio y con la cabeza gacha, se dirigió a casa del cadí.

Llamó a la puerta, y le abrió un esclavo que al reconocerle le dejó pasar.

Le vio tan sofocado y maltraído que le trajo agua, y llamó inmediatamente a su amo.

En cuanto Jafar llegó, se echó las manos a la cabeza al verle con semejante aspecto: iba descubierto porque había perdido la sasiya , y la túnica la tenía rasgada de una certera cuchillada a la altura del pecho que, de no haber sido tan ágil, el tajo podía haberle costado la vida.

Cuando consiguió tranquilizarse, el cadí le interrogó, y cuando supo que no era el primer atentado que sufría, ordenó que su presencia en la casa se mantuviera en secreto.

Kamal, muy preocupado, le rogó que enviara a alguien para investigar el estado de Alí, y el cadí mandó a dos de sus esclavos a buscarle.

Regresaron a las dos horas diciendo que, aunque magullado y probablemente con algún hueso roto, se encontraba bien.

Se había negado a que le llevaran a la casa del cadí, pero agradeció que le ayudaran a llegar a la suya, cosa que hicieron portándole casi en volandas.

Más tranquilo por la noticia, Kamal se puso de pie, agradeció las bondades a su anfitrión y trató de marcharse; pero el cadí lo impidió.

—Hijo mío, me parece una temeridad que regreses a tu casa.

Sin duda tus enemigos son poderosos y por lo que cuentas, no creo que cejen en su intento de acabar con tu vida.

Si han sido pacientes para suspender los atentados mientras contabas con la protección del viejo sultán, no dudes que, si ahora los reanudan, es porque quién te amenaza está cerca del poder actual.

Sé prudente y quédate mientras averiguamos la razón por la que desean tu muerte.

Aquí estarás protegido puesto que tus enemigos ignoran tu presencia en mi casa, y no habrá indiscreciones porque mis sirvientes nunca se atreverán a desobedecerme.

Kamal dudó, no quería ponerle en riesgo a la familia del cadí, pero Jafar insistió:

—Créeme, nosotros no correremos peligro porque mis esclavos me son fieles.

Hazme caso, Kamal, acepta mi hospitalidad.

Si regresas a tu casa, no solo arriesgarás tu vida, también pondrás en peligro a los que conviven contigo.

Permíteme que envíe un recado a Alí y si lo consideras conveniente, podíamos mandarle también un médico para que lo atienda.

Por lo demás, tanto desde aquí como desde allí, haremos las averiguaciones oportunas para conocer la identidad de quién te amenaza; solo que mientras permanezcas en esta casa, todo será más seguro para ti y para los que conviven contigo.

Kamal aceptó la propuesta, era sensata, y solo pidió que enviara un sirviente a casa de Isaac ben Tata, para rogarle que visitara a Alí. A continuación, el cadí y él se centraron en analizar la situación, y en concretar las pesquisas que podían ir realizando .

Kamal comenzó contándole que los atentados contra su vida, posiblemente estuvieran instigados por Ghalib el Comerciante que, al ver frustrado su intento de adueñarse de las aguas de la alquería, quería acabar con él por tratar de impedirlo.

Pero al cadí no estaba de acuerdo, y rebatió esa teoría de manera tajante:

—Lo dudo, hijo mío. Creo que la verdadera razón la conocían tus padres, y está relacionada con su decisión de abandonar Granada y ocultarse en el campo.

Debe tratarse de un motivo muy poderoso, y lo que cuentas de Ghalib carece de enjundia para mantener una persecución tan enconada durante tantos años.

Sobre todo, porque al morir tus padres y abandonar tú la alquería, has dejado de ser un obstáculo para sus pretensiones —sacudió la cabeza negando—.

No, hijo mío. Debe tratarse de algo más importante para quién ordena tu muerte y, hasta que no lo averigüemos, no dejarás de estar en peligro.

— ¿ Qué podríamos hacer? No conozco la causa, y no sabría por dónde empezar a investigar .

— ¿ Tus padres nunca te contaron nada ?

—Nunca. Aunque por lo que comentaron la noche en que murieron, tenían intención de hacerlo al día siguiente.

— ¿ No te dieron ni siquiera una pequeña pista ?

Se acordó del fajín bordado.

—No dijeron nada. Pero aquella noche mi madre me entregó un viejo fajín, y me pidió que lo guardara para dárselo a mi primogénito.

— ¿ Aún lo conservas ?

—Por supuesto, es lo único que me queda de mis padres, y lo tengo en mi casa a buen recaudo para evitar que se extravíe.

— ¿ Podías enviar a buscarlo ?

—A la única persona a la que le confiaría un encargo tan delicado, sería a Alí, y no está en condiciones de moverse.

—Tienes razón. Debemos ser pacientes y esperar a que se reponga.

Se retiraron a descansar, aunque no consiguieron dormir, y a la mañana siguiente Kamal pidió al cadí que enviara un esclavo a su casa, para conocer el estado de Alí.

Le propuso que, para no despertar sospechas, se hiciera pasar por un artesano que arreglaba telares.

Si aparentaba serlo, seguro que Habiba le hacía pasar porque el suyo estaba tan descabalado, que siempre andaba buscando quien pudiera recomponérselo.

Regresó a las dos horas y las noticias no eran buenas: Alí no estaba bien. Afortunadamente le había visitado Isaac y como se trataba de un joven fuerte, todos esperaban que sanara muy pronto de sus heridas.