El legado del alarife Chapter 27
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Chapter 27

Al día siguiente, Kamal visitó el palacio con la excusa de revisar el trabajo sobre los capiteles que habían hecho los canteros, contactó con la esclava, concertó una cita en un lugar apartado en el que pudiera hablar con don Ginés, y después regresó para dar la noticia al cristiano.

Al anochecer entraron juntos en el prostíbulo de Thais la Griega .

Una casucha destartalada situada en un extremo del barrio de Birrambla, donde la música sonaba fuerte, el vino corría, y los impíos fornicaban sin freno.

Traspasaron la puerta, y un olor dulzón a ungüentos mezclado con el del vino agrio, el sudor y la suciedad, les hizo torcer el gesto.

Porque Thais vendía un vino rojo y áspero que embriagaba a los hombres, haciéndoles perder el sentido.

Cuando sus ojos se acostumbraron a la débil luz de las lucernas, en la penumbra descubrieron a la esclava acurrucada en un rincón; entonces se dirigieron al mostrador sorteando borrachos y mujeres semidesnudas, pidieron a La Griega un jarro de aquel repugnante vino, y se acercaron a la mujer para compartirlo.

Le tendieron el jarro, y ella lo agarró con avidez para darle un largo trago, se limpió la boca con el dorso de la mano y comentó satisfecha:

—Este vino me recuerda a los hombres de mi tierra, porque es áspero, duro y tan dañino, que acaba por destrozarte las entrañas. Pero te acostumbras a él y cuando no lo catas, lo echas de menos.

Don Ginés obvió el comentario, tomó la palabra y le hizo la más sorprendente proposición que la esclava había oído nunca.

—Señora. Sabed que me envía el padre de doña Isabel, que mal vive atormentado por la idea de que su hija está sufriendo un auténtico calvario.

Mi intención es rescatarla para que pueda terminar sus días en la paz del convento de las Trinitarias, al que en previsión de que consiga acabar con bien mi encomienda, don Sancho ya ha hecho múltiples beneficios.

Si aceptáis y arregláis la entrevista que os solicito, sabed que seréis generosamente recompensada, y si lo deseáis también podríais venir con nosotros para servirle como dama de compañía.

La esclava, que acababa de beber otro largo trago, soltó tal carcajada que se atragantó con el vino, tosió hasta salirle por la nariz y cuando al fin pudo recuperarse, contestó entre risas entrecortadas:

—Disculpadme, mi señor. No pretendo ofenderos, pero mucho me temo que vuestras intenciones no serán del agrado de doña Isabel.

No obstante, mi pobreza me inclina a aceptar vuestro ofrecimiento, siempre y cuando me aseguréis que recibiré la recompensa que ahora me prometéis, cualquiera que sea la respuesta de mi ama.

—No tengáis la menor duda. Soy cristiano, capitán de la guardia de la villa de Martos, y por tanto un caballero que jamás cometería la felonía de faltar a su palabra. Hablad con vuestra señora y si acepta recibirme, yo os juro que os recompensaré largamente.

Se despidieron, y don Ginés no tuvo que esperar demasiado. Al día siguiente llegó la respuesta de doña Isabel afirmando que hablaría con él con mucho gusto, pues ardía en deseos de oír noticias sobre su padre.

Aprovechando que el emir estaba en el Mexuar recibiendo a los embajadores de la ciudad de Génova, Kamal introdujo a don Ginés por un pasadizo y tal cual habían convenido, la esclava alejó al eunuco del harén arguyendo que a su ama le apetecía comer fruta fresca, y que era su deseo que fuera a buscarla inmediatamente al huerto; así pudo don Ginés tener su ansiada entrevista.

—Mi señora, ¿estáis bien? Don Sancho me envía a rescataros.

Está muy preocupado por los peligros que sin duda se ciernen sobre vuestra vida, y creedme si os digo que ha hecho lo imposible para que no sigáis sufriendo los rigores de este prolongado cautiverio.

Pero el emir se niega a aceptar el pago del rescate, y por eso os digo que, si estáis dispuesta a correr algunos riesgos, lo tengo todo planeado para que podamos huir ahora mismo de Granada.

Doña Isabel se limitó a preguntar:

—Contadme, don Ginés, ¿cómo está mi padre? No he vuelto a tener noticias de él, desde que hizo aquel intento de liberarme a través de los reyes.

—Está bien, pero como os digo, muy preocupado por vos y por vuestra seguridad. Pero daos prisa —la arguyó—. Debemos abandonar el palacio y salir de Granada, antes de que concluya la recepción a los genoveses.

—Tal hecho no se producirá, don Ginés. Soy la reina, tengo un hijo con el emir que le sucederá en el trono y otro en camino.

No puedo olvidarme de ellos, y de los legítimos derechos que les asisten por nacimiento.

Decidle a mi padre que no pene por mí, pues nada malo puede ocurrirme porque mi esposo me protege.

Ahora, marchaos antes de que os descubran, pues ello supondría vuestra muerte y la mía.

Decidle que mi salud es buena, y que no deseo que haga nuevos intentos por liberarme que perturben la felicidad que disfruto junto al sultán.

Doña Isabel dio por terminada la entrevista, y don Ginés abandonó el palacio sin que la guardia se apercibiera de su presencia.

Conducido por Kamal recorrió las calles, atravesó las murallas por un subterráneo, y al despedirse le entregó una bolsa de oro mientras comentaba desolado:

—No sé cómo voy explicarle a don Sancho, que su hija se ha negado a acompañarme.

—No creo que precise ninguna explicación.

Simplemente decidle que está segura al lado del emir, y que aquí disfruta de una vida mejor de la que le proporcionarían en cualquier convento.

Os aseguro que no hay mujer en el mundo que goce de una existencia tan regalada, como la que disfruta la actual sultana de Granada —hizo un gesto de despedida—.

Que Allah os acompañe en vuestro camino de vuelta, sed sensato y no regreséis jamás

Kamal volvió a su casa sintiendo el peso de la bolsa de oro entre sus ropas, mientras le daba vueltas al uso que le iba a dar a semejante capital. Pensó en Isaac y tomó una decisión: lo gastaría en libros de botánica.