Chapter 26
Durante días, Kamal delegó en Alí la supervisión de la obra interior, mientras él se centraba en perfilar la nueva entrada al palacio.
Las salidas de su casa eran puntuales, y siempre para reuniones de trabajo o la elección de algún concreto material.
Estaba tan concentrado en la tarea, que apenas si se fijaba en las personas con las que se cruzaban por la calle, hasta que un día de regreso a su casa, le abordó por la espalda un extranjero.
—Señor, sé que no me conocéis, y a pesar de ello os ruego que me recibáis en vuestra casa.
Preciso hablar con vos de un asunto muy grave, que puede que os interese tanto como a mí —Kamal le miró con desconfianza—.
Por favor, no dudéis de mis intenciones.
Si hubiera deseado causaros algún mal, lo habría hecho sin que lo hubierais advertido y sin embargo aquí estoy, suplicándoos que me escuchéis en la intimidad de vuestro hogar.
Le observó, era un hombre alto y fuerte de ademanes altivos, piel muy blanca y pecosa, y un llamativo pelo anaranjado que se asemejaba al tono de las zanahorias.
A pesar de vestir como un artesano, se notaba a la legua que era un disfraz, porque se movía con la arrogancia de quien está acostumbrado a dar órdenes.
Olía mal, muy mal, pero por lo demás no parecía que pretendiera causarle ningún daño. Kamal le preguntó extrañado:
— ¿ Sabéis quién soy ?
—Si no estoy mal informado, Kamal ibn Fadil, el alarife mayor de la Alhambra.
— ¿ Y qué deseáis ?
—Ya os lo he dicho, que me recibáis en vuestro hogar para que podamos hablar discretamente.
Se trata de un asunto que atañe al interés de mi señor y por lo que me han contado, sé que sois un buen hombre que no teme relacionarse con judíos o cristianos, y que siempre está dispuesto a echar una mano a quien lo necesite.
En cuanto conozcáis el caso que me trae, no dudo que merecerá vuestro apoyo, o al menos vuestra discreción puesto que mis intenciones son legítimas.
— ¿ Quién os ha hablado de mí ?
—Isaac ben Tata . Fui a visitarle cuando llegué por recomendación de Abraham Señor, el arrendador real de las aljamas y juderías de Castilla, y él me ha remitido a vos para que os solicite vuestra ayuda.
Kamal consideró que no eran malas referencias, y ya que el médico gozaba de toda su confianza, no dudó que el asunto debía ser de vital importancia .
—En tal caso, acompañadme a mi casa.
A resguardo de oídos indiscretos y mientras bebían un té servido por Habiba, el extranjero tomó la palabra:
—Permitid que me presente. Mi nombre es Ginés de Malpica, y estoy al servicio de don Sancho Jiménez de Solís, comendador de la villa de Martos y padre de doña Isabel de Solís, a quien el sultán llama Zoraida y el pueblo conoce como La Romía.
Don Sancho vive angustiado desde que su hija fue raptada, pero lo está aún más desde que se enteró que había abjurado de la Santa Madre Iglesia y se había casado con el emir, pues sabiendo que su hija siente una profunda fe cristiana, le preocupa que tal hecho obedezca a un inminente peligro para su vida.
Por esa razón ha decidido enviarme, para que organice su huida, ya que Abu al-Hasan no acepta ningún pago por su rescate —le miró buscando comprensión—.
Don Sancho piensa que, si logro sacarla de aquí, doña Isabel podría pasar lo que le resta de vida en la paz de un convento, sin tener que soportar las vejaciones a las que ahora se ve sometida por la crueldad de su señor.
Kamal le miró perplejo. Aquel loco pretendía secuestrar a la sultana, nada menos que sacándola de las mismísimas entrañas de palacio.
Además, él nunca había tenido trato con doña Isabel, pero le resultaba impensable que alguien pudiera describirla como una mujer de profunda fe cristiana.
La pretensión era poco menos que un suicidio, por no decir que, si semejante idea llegaba a oídos del emir, ya podían darse por muertos en medio de horribles suplicios.
—Señor de Malpica, ¿os dais cuenta de que me pedís ayuda para raptar a la esposa del sultán?
Eso más que una traición, es una auténtica locura, pues habréis de saber que no existe mujer mejor guardada en Granada.
Al margen de que puedo aseguraros que, aunque no la conozco, la primera que no deseará regresar será ella.
Aquí vive en el paraíso, nada le falta, y cualquier deseo suyo es satisfecho inmediatamente por el emir, por costoso que sea.
Además, se rumorea que está de nuevo embarazada, y que su primer hijo será el sucesor del sultán.
No creo que, en esas condiciones, desee marcharse —le miró con lástima—.
Amigo mío, renunciad a tan descabellada empresa y regresad a vuestra casa.
Informad a don Sancho que su pretensión es imposible, y no os preocupéis por esta conversación porque nunca la voy a comentar con nadie.
Don Ginés le miró desolado, luego permaneció en silencio con los ojos bajos y los hombres caídos, hasta que alzó la vista para decir:
—Juré por mi honor a don Sancho, que haría todo lo posible por regresar con doña Isabel.
—Pues creedme, lo habéis hecho, y lamento deciros que habéis fracasado.
Como os acabo de comentar, vuestra pretensión carece de posibilidades de éxito, pues la primera que no deseará marcharse será doña Isabel y yo os aseguro que, si ella se niega, resultará imposible sacarla a la fuerza del palacio.
—Disculpadme. No es que desconfíe de vos, pero antes de renunciar a mi empeño, debo escuchar esas mismas palabras de labios de doña Isabel.
—Eso también es peligroso, pero si os empecináis, haré algunas gestiones para ayudaros.
Sé que la sultana tiene una esclava cristiana en la que confía, y puedo poneros en contacto con ella para que os arregle un encuentro.
Pero antes debéis de prometerme que, si la sultana no desea partir, desistiréis de cualquier violencia, y abandonaréis Granada discretamente.
No quiero arriesgarme a que ambos terminemos muertos o algo peor, confinados en una mazmorra soportando torturas indescriptibles, hasta el punto de llamar a gritos a la muerte.
—De acuerdo. Sabed que, si me ayudáis, seréis generosamente recompensado. Porque imagino que, si me habéis ofrecido la posibilidad de tener un encuentro, es porque sabréis cómo introducirme en palacio sin necesidad de que me enfrente a la guardia.
—Por supuesto, nadie lo conoce mejor que yo. Me comprometo a llevaros hasta una estancia próxima al harén, si la esclava nos confirma que la sultana desea ese encuentro con vos. Pero en caso contrario, deberéis desistir y abandonar la ciudad discretamente.
—Tenedlo por seguro. Empeño mi palabra de caballero y de soldado, que es así como procederé.
Se puso de pie, se despidió asegurando que el día siguiente al atardecer volvería a visitarle, y abandonó la casa de su anfitrión en paz.