Chapter 25
Los días siguientes a la reunión, Kamal los dedicó a poner orden en sus recuerdos.
Los retomó en el momento en el que la cautiva dejó de ser una niña y transformada en una bella mujer, sedujo al emir hasta convertirse en su obsesión.
Aquel vuelco en los sentimientos del sultán, supuso el inicio de una etapa convulsa, y el final de la vida apacible de Kamal.
La progresiva influencia de la cautiva en el ánimo del emir, fue el detonante que lo precipitó todo; pero también tuvo que reconocer que, gracias a su presencia, él pudo conocer la naturaleza de su legado.
Por aquel entonces, él ya frecuentaba el palacio acompañando a Munir.
El emir quedó tan entusiasmado con sus bocetos, que el alarife no se atrevió a atribuírselos como propios, no fuera ser que los geómetras y los matemáticos le hicieran preguntas que fuera incapaz de responder.
Sus brillantes intervenciones no pasaron desapercibidas y, pasado un mes, el propio emir era quien recababa sus opiniones.
La creciente confianza del sultán, le convirtió en un asiduo a palacio y durante sus largas charlas, el emir le fue revelando algunos de sus secretos.
Así, acordándose del triste destino de alguno de sus antepasados, le pidió que le construyera nuevas salidas secretas más próximas a la muralla.
Incluso alguna que quedara oculta tras los muros, y para ello necesitaba que sus servicios los prestaran de manera más reservada.
Esta situación de secreto y complicidad hizo que la inicial admiración del emir se transformara en auténtica estima, y empezó a ser invitado a sus banquetes sin la compañía de Munir.
Pero no fueron las preferencias del sultán las que provocaron la desgracia de su mentor ya que, a pesar de ser consciente de la relevancia que iba tomando su pupilo, al haberle quedado el brazo inútil, sus celos eran menores a la necesidad de contar con su ayuda.
Lo que de verdad dio un vuelco a la situación del viejo alarife, fue el definitivo afianzamiento de la cautiva cristiana en el corazón del sultán.
Todos decían que era hermosa, tanto que había hechizado a Abu al-Hasan.
Pero lo fuera o no, su matrimonio solo trajo desgracias al reino, ya que el sultán dejó de prestar atención a los asuntos de gobierno y mientras los ataques cristianos se sucedían, él los ignoraba para vivir aquel amor apasionado.
Aquella actitud desembocó en una fuerte contestación social.
Los problemas de abastecimiento y la miseria se apoderaron de las calles, y el hambre empezó a causar verdaderos estragos.
Los impuestos para pagar las parias asfixiaban a los mercaderes, que ya habían visto muy mermadas sus ganancias por el bloqueo naval, y las calles llenas de menesterosos, se convirtieron en un clamor de voces en contra del Abu al-Hasan y su nueva esposa.
Pero no solo el pueblo estaba descontento, también su harén que se convirtió en un avispero de conspiraciones.
Aixa, princesa por sí misma, vio peligrar su posición como favorita y la de su hijo como sucesor, así que trató de rebajar a la conversa a los ojos del pueblo, tachándola de infiel.
Aquel rumor ocasionó numerosos tumultos, pero para su desgracia, no hicieron mella en la pasión que el emir sentía por ella.
Ante lo infructuoso de su intento y con la ayuda de otras concubinas, le dieron una tremenda paliza que casi la matan.
Aquel suceso provocó tal ira en Abu al-Hasan que, decidido a protegerla a cualquier precio, la sacó del palacio, la trasladó a una gran casa en el Albayzín, y encargó su seguridad a su propia guardia personal.
El día del traslado, para compensarla por todos los padecimientos sufridos, encargó a los mejores sastres, plateros y sederos, tal cantidad de ropajes y joyas, que jamás reina alguna poseyó algo parecido en Granada.
Pero no fueron aquellos dispendios lo que sublevaron a los granadinos, sino el hecho de que aquel año por pascua, en el homenaje que el pueblo rendía al sultán, ordenó que su nueva esposa tomara el lugar de Aixa.
Semejante actitud convenció a la gente que Abu al-Hasan era incapaz de comportarse como un verdadero sultán, pues tan solo era un hombre enamorado al que nada importaba salvo vivir su amor.
¡Cómo, si no fuera así, podrían explicarse los últimos acontecimientos y sus desmedidos derroches!
Como el de sobornar a los jueces con dos mil monedas de oro y plata para que validaran a su matrimonio, o que exhibiera a su nueva esposa ante el pueblo como si fuera la principal.
Tamañas afrentas a Aixa, alimentaron el odio popular hacia la Romía, pues con el mote de cristiana infiel era conocida en la ciudad. La gente la despreciaba, y consideraba a sus hijos indignos de ocupar el trono.
Y qué decir de la reacción de la antigua favorita, mujer temperamental a quien semejante ultraje la hizo revolverse, y no dudó en enfrentarse a su propio esposo.
Pero nada de lo que urdió pudo revertir la situación, al contrario, Abu al-Hasan ordenó que la recluyeran junto a sus hijos en el palacio de los Leones, mientras que él y la Romía pensaban ocupar, juntos y solos, el palacio de Comares.
Lógicamente, semejante despropósito no estuvo bien visto, hasta el punto de que le granjeó la enemistad de las principales familias ya que, salvo Zegríes y Alnayares, los demás acabaron por volverle la espalda.
El futuro traslado de los nuevos esposos a la torre de Comares, aceleró el interés del sultán por la ampliación del palacio.
Diariamente requería la presencia de Kamal para planificar la obra y cuando llegó el momento de iniciarla, no lo dudó en nombrarle alarife mayor, prescindiendo para siempre de los servicios de Munir.
Kamal, en su nueva posición, decidió rodearse de gente de su confianza. Llamó a Muhammad, su antiguo compañero de barracón, y le nombró encargado de la cuadrilla que iba a trabajar bajo las órdenes de Alí, que a partir de entonces pasó a ejercer como alarife ayudante.
El día previsto para el inicio de las obras, convocó a todos frente a la fachada lateral del palacio, trazó una raya en el suelo para indicar el lugar donde debían cavar la zanja, y justo en ese instante cayó en cuenta: la zanja cortaría transversalmente el pasadizo que descubrió siendo un simple albañil.
Se paró asustado, si el pasadizo quedaba al descubierto, el sultán podría irritarse y tomar duras represalias por su imprevisión.
Y aunque tal cosa no ocurriera, no podía apoyar el muro en un suelo tan poco firme, pues antes o después el derrumbe sería inevitable, y la ira del emir le alcanzaría de lleno.
No sabiendo qué hacer, decidió retrasar las obras con la excusa de repasar de nuevo los cálculos, y envió a Muhammad a otras tareas.
De regreso a casa, repensó el boceto y lo modificó para que hacer coincidir el ancho del pasadizo con un hueco en el muro. Eso permitiría obviar el problema, pues los vanos de las puertas no precisan cimentación.
Estuvo casi todo el día trabajando y, aprovechando que el pasadizo se encontraba debajo de la calle, extendió la ampliación del palacio a todo el callejón, y en el arranque del mismo pintó la más grandiosa puerta que fue capaz de imaginar.
Al llegar la noche estaba agotado, intranquilo, y lo cierto es que casi no pudo dormir; pero el resultado le había dejado tan satisfecho, que confiaba que el nuevo proyecto agradara al emir más que el primitivo.
Acudió temprano al palacio con los nuevos bocetos, y después de esperar mucho tiempo, consiguió que el emir lo recibiera.
Apareció de mal humor, no le gustaba que nadie, ni siquiera él, se tomaran la libertad de visitarle sin ser llamado, y aprovechó para expresarle su disgusto por el retraso de las obras.
—Perdonadme, mi Señor. Si me he atrevido a contradeciros, es porque quería enseñaros estas nuevas ideas —dijo mientras extendía los rollos sobre la mesa—.
He considerado que, siendo el proyecto tan hermoso, la puerta prevista no le hacía justicia a la grandeza de la obra —alzó la vista respetuosamente—.
Si con esta ampliación pretendéis que los visitantes se queden maravillados con el juego de luces y sombras del interior, el efecto podría multiplicarse si partieran del impacto que les produciría una puerta de estas características —dijo mientras mostraba el dibujo de una gran puerta en herradura decorada en azul, con una enorme profusión de formas vegetales—.
Y si a continuación los extranjeros tuvieran que atravesar un patio como este —añadió mostrando un segundo boceto—, desde el que se pudiera contemplar la fachada de la ampliación —cambió de dibujo—, no hay duda que la vista del interior sería el culmen de una experiencia inolvidable.
Su explicación atrajo la atención del emir, que cogió los bocetos para examinarlos más de cerca.
No era una puerta más, era sencillamente deslumbrante.
Y en cuanto al patio, la fuente del centro lo convertía en algo digno de formar parte del Paraíso.
La fachada tampoco desmerecía; y el conjunto resultaba un alarde de perfección que combinaba sabiamente la elegancia de los arcos poli lobulados, con los fustes romanos y los capiteles corintios de la columnata interior.
Cerró los ojos y lo imaginó: una vez edificada la magna obra, produciría tales sensaciones que dejaría impresionados a los embajadores. Sonrió complacido y le preguntó a Kamal:
— ¿ Por qué no me lo mostraste antes ?
—Porque los soñé hace dos noches, y consideré que tan bellas formas solo podían ser fruto de una revelación divina. Por eso decidí retrasar el inicio de las obras hasta dibujarlas, para que vos mismo pudierais decidir si os agrada más este nuevo diseño o el primitivo,
—No tengo dudas, vamos a ejecutar este. Llama a los matemáticos para que revisen los cálculos, pero que se den prisa, porque no deseo que se retrasen la obra y en cuanto esté listo, vuelve para mostrármelo.
Tengo intención de trasladarme al Albayzín mientras abordáis la tarea, pero no deseo prolongar mi estancia allí más de lo imprescindible, porque no es conveniente que abandone la Alhambra durante mucho tiempo.
Kamal se retiró satisfecho, había conseguido el beneplácito del sultán a sus cambios, y con ello evitaba poner al descubierto la existencia del pasadizo. De paso, esos cambios afianzaban aún más su posición como nuevo alarife mayor.