Chapter 24
Los días se sucedían, y no encontraba el momento de empezar a escribir.
La salud de su hijo le preocupaba tanto, que pasaba las horas muertas vigilando su débil respiración.
Viendo que no lograba avanzar y no queriendo que Yusuf faltara a la palabra, decidió anticipar el momento de conocer a los árabes.
Un día mientras comían, comentó muy serio:
—Tío, mañana hará veinte días que llegamos a tu casa.
Sé que te dije que consideraba prioritario escribir mi legado, pero la constante preocupación por la salud de mi hijo, me impide abordar la tarea con el necesario sosiego.
No deseo que pospongas por más tiempo la reunión que has anunciado, y que si la retrasamos hasta finalice mi labor, no sé cuánto tiempo más tendrían que esperar mis adeptos.
No me parece bien alargar esta situación, y por eso puedes convocarla y una vez celebrada, iniciaré el escrito con el rigor que mi legado merece.
Casi se atraganta de alegría. Cada vez que veía a sus amigos, le atosigaban con súplicas para que les permitiera conocerle, y ya no se le ocurría qué excusas poner.
Nunca le habían visto y a pesar de lo respetado que era Yusuf, empezaron a surgir insistentes rumores sobre su precario estado de salud; incluso hubo voces que llegaron a cuestionar su propia existencia, y eso le dejaba en entredicho ante su propia comunidad.
—No sabes cuánto te lo agradezco, sobrino, la impaciencia empezaba a crecer entre nuestros hermanos.
Pero créeme, no es por falta de fe en ti, sino porque te aman demasiado a pesar de que no te conocen.
Ya te dije que estaban dispuestos a poner sus vidas y sus bienes a tu disposición, pero necesitan verte para sentir tu aliento y acrecentar su esperanza —se quedó meditando—.
Si te parece bien, esta tarde dispongo lo necesario para que mañana puedas recibirlos.
—Está bien. Y ahora discúlpame, soy un padre preocupado, y deseo pasar lo que resta del día con Fátima y con mi hijo.
Kamal se levantó y fue en busca de su esposa.
Encontró a Fátima acunando al niño, y se detuvo a contemplar la escena en la distancia: estaba casi restablecida.
Su pelo negro y rizado brillaba como recién aceitado, y su dulce voz le dio una cálida bienvenida.
¡Qué hermosa le había parecido siempre! Y ahora más, puesto que resplandecía con ese plus de belleza que da la maternidad a ciertas mujeres.
Se acercó a su hijo, y comprobó con satisfacción que tras unos primeros días en los que temió seriamente por su vida, empezaba a crecer y a engordar con normalidad.
Lo tomó de los brazos de su esposa, y se acercó al mirador para contemplarlo con más luz.
En ese instante abrió los ojos el pequeño, y le pareció apreciar en el iris unos puntos verdosos: al parecer había heredado su color de ojos; aunque el óvalo de la cara y su nariz, eran idénticos a los de Fátima.
Sonrió y masculló: « No te preocupes, hijo mío. Allah es misericordioso, y me dará vida y fuerza para preservar tu legado, como lo hizo durante siglos con la vida de nuestros ancestros ». Entregó el niño a la nodriza, y cogió un libro para leérselo a su esposa .
Hacia la media tarde del día siguiente, empezaron a llegar los primeros invitados, venían ataviados con sus mejores galas y traían presentes para Kamal.
Yusuf los recibió con orgullo; había ordenado que prepararan un gran banquete, pero la impaciencia les consumía hasta el punto de que nadie reparó en la fastuosidad del agasajo.
Cuando apareció en la sala Kamal, nada más cruzar el umbral, vio como todos hincaban la rodilla en tierra.
Permanecieron así, sin variar la postura y con la mirada baja, hasta que él ordenó en un tono amable:
—Alzaos y tomad asiento. Prefiero que evitéis este tipo de demostraciones de respeto, antes de que llegue el momento de hacer pública mi condición —esperó a que se acomodaran y añadió—.
Y ahora, respondedme a esta pregunta: ¿con qué fuerzas creéis que podríamos contar?
Elaborar un plan que nos lleve al triunfo, no será tarea fácil, pues nadie abandona el poder de manera voluntaria, y debemos contar con que es probable que, durante la lucha, se creen importantes focos de resistencia.
Tomó la palabra un hombre fornido que dijo llamarse Abd al-Aziz, hijo de Taher, y que al igual que el propio Kamal, pertenecía a la tribu Quraysh. A pesar de su gran envergadura y su porte altivo, se inclinó respetuosamente y dijo con humildad:
—Mi señor. Lo hemos comentado entre nosotros, y han decidido que sea yo quien hable en nombre de todos.
Con gusto paso a informaros de los hombres y los bienes de los que disponemos, que obviamente están ya a vuestro servicio.
Como sabréis por vuestro tío Yusuf, los árabes somos aquí la minoría mayoritaria, pero no es el número de los que somos lo verdaderamente importante, sino el lugar que ocupamos dentro de la sociedad de Fez.
Algunos, como yo mismo, estamos en el ejército del sultán.
Soy arráez, y eso me coloca en una posición privilegiada para reclutar soldados para vuestra causa —miró a todos con suficiencia—.
Ahora, solo con el apoyo de nuestros hermanos, podría movilizar unos dos mil hombres y de ellos, la décima parte irían a caballo, armados con buenas espadas y adargas.
Puedo aseguraros que están preparados para actuar como una caballería ligera, pues yo mismo los he entrenado —hizo una pausa—.
Mi señor, solo quiero transmitiros nuestra total sumisión y haceros saber que, desde este mismo instante, podéis disponer de nosotros como lo estiméis oportuno.
— ¿ Creéis en mí legado sin fisuras ?
—Sí, mi señor, nadie duda que vuestra causa es la dispuesta por Allah.
Solo así podría entenderse que, tras sufrir tantos infortunios, aún conservéis la vida.
Sabemos que la voluntad del Todopoderoso es que cumpláis vuestro destino, y a nosotros nos corresponde serviros hasta la muerte, para que consigáis ese empeño a la mayor brevedad posible .
Observó a los presentes, asentían con la cabeza mientras hablaba Abd al-Aziz, y permanecían expectantes esperando sus órdenes. Meditó unos instantes, y les anunció pausadamente:
—Agradezco la buena disposición que me mostráis.
Pero de momento no son necesarios tantos hombres, porque no se trata de provocar un baño de sangre.
También considero que, vista nuestras necesidades a largo plazo, ese número sería claramente insuficiente si como es de prever, tuviéramos que librar una larga y cruenta guerra —se fijó en sus ojos—.
Sois militar, y sabéis que lo que nos proponemos solo se puede conseguir a medio plazo.
Lo primero que debemos hacer es organizar una conjura que descabece a los usurpadores de Fez y después, si obtenemos la victoria y lo haremos con la ayuda de Allah, debemos prever que posiblemente no será la definitiva, sino que incluso aquí surgirán núcleos de resistencia.
Mi causa exige una lucha total sin renuncias ni treguas, y debemos librarla a lo largo y ancho del orbe, hasta conseguir la victoria que anuncia la profecía.
Los invitados, mientras hablaba Kamal, permanecían con una expresión grave, hasta que Abd el-Aziz se atrevió a preguntar:
—Mi señor, ¿cómo lo haremos? Organizar la conspiración, ya es de por sí complicado, pero librar la guerra a la que os referís hasta la victoria final, parece una misión imposible dados los limitados recursos de que disponemos.
—No es fácil, pero tampoco imposible. Sobre todo, si tenemos en cuenta que, para conseguir esa victoria definitiva, es imprescindible que la umma apoye nuestra lucha.
Eso solo ocurrirá si los creyentes conocen nuestras razones.
Sé que en cuanto las sepan, se sumaran con gusto a la batalla.
No olvidéis que todos somos musulmanes, y que ellos también desean que se cumpla la voluntad de Allah.
Por un instante le pareció ver una sombra de horror en los ojos de Abd el-Aziz, pero fue solo un instante, porque acto seguido añadió con seguridad:
—Vos diréis por dónde empezamos.
—Debemos acordar la forma en que propagaremos la justeza de nuestra causa, y no solo entre las gentes de Fez, también entre los demás pueblos musulmanes.
Cuento para ello con la colaboración de los presentes, pues no dudo que se os ocurrirán múltiples formas de extender el mensaje.
La próxima vez que nos reunamos, me informéis de los pasos que tenéis previsto dar en tal sentido.
Inclinaron la cabeza en señal de acatamiento, y Abd el-Aziz tomó la palabra:
—Mi señor, podéis contar con ello, y desde este mismo instante me declaro incondicionalmente a vuestro servicio.
Kamal sonrió satisfecho, y añadió:
—Sería conveniente que os fuera dando responsabilidades concretas, ya que la organización es la base del éxito.
Desgraciadamente, no os conozco lo suficiente para adoptar decisiones definitivas, y no sé para lo que estáis dotados cada uno de vosotros; pero en la medida en que os vaya tratando, seguro que podré hacerlo —hizo una larga pausa y los observó uno a uno, tenían la mirada tan receptiva como expectante, y parecían dispuestos a acatar cualquier orden que les diera.
Se decidió—. De momento Abd el-Aziz cumplirá las funciones de un hayib, porque si los demás le habéis considerado el más idóneo para que hable en nombre de todos, es porque se trata de un hombre respetado y de múltiples capacidades —le miró fijamente—.
Tú te encargará de preparar la conjura y de organizar mi ejército, y los demás le prestaréis los auxilios que él os requiera.
Sé que una empresa de esta magnitud es costosa, pero al menos durante estos primeros momentos, sería muy conveniente que la financiarais con vuestros propios medios personales.
No podemos olvidar que la historia de mi estirpe está plagada de traiciones, y que no es conveniente que al menos en esta fase, nuestros planes se conozcan más allá de este restringido círculo de leales —hizo una pausa y sonrió—.
Y ahora, gocemos de la hospitalidad que nos brinda Yusuf, y comamos juntos para sellar nuestro pacto.
La comida transcurrió en animada charla, durante la cual aprovechó para recabar información sobre la morfología de la ciudad y el palacio del sultán.
Le contaron que Fez era una de las mayores ciudades de la Berbería, y que había que conocerla muy bien para no perderse en el intrincado laberinto que formaban sus callejuelas.
Tenía muchos barrios con infinidad de callejones y adarves, por lo que orientarse al deambular por ella, resultaba muy complicado para cualquier recién llegado.
Kamal fue anotando mentalmente cuanto decían, la propia ciudad podría convertirse en una trampa mortal en caso de resistencia.
Por ello concluyó que la conjura debía ser de calado y no ceñirse exclusivamente a la toma del palacio, sino que debía contemplar la toma del control de ciertos barrios que tenían una situación estratégica.
Dándole vueltas a cómo crear una red clientelar sin revelar sus propósitos, llegó al convencimiento de que era imposible lograrlo sin comprar voluntades.
Se acordó de Isaac y de la carta que le entregó para el Abraham Bibas, y se hizo el firme propósito de visitarle para sondear la posibilidad de que el rabino mediara con los banqueros judíos, a fin de que le concedieran un gran préstamo que financiara la magna empresa.