Chapter 23
Terminó de comer y fue directo a escribir.
De pronto, cuando ya había cogido la pluma y se disponía a empezar, le distrajo un alboroto procedente del patio.
Se levantó para averiguar qué pasaba, y al asomarse al umbral comprobó que Abdul se acercaba corriendo y manoteando, mientras no dejaba de gritar eufórico:
— ¡ Mi señor ! ¡ Mi señor! Perdonad que os interrumpa, pero vuestro tío Yusuf os ruega que vayáis inmediatamente. Vuestra esposa se ha puesto de parto, y ha considerado importante que lo supierais cuanto antes …
Le dejó con la palabra en la boca. Corrió hacia la alcoba y al pasar por delante del lugar donde aguardaba Yusuf, su tío le detuvo con suavidad, pero con firmeza:
— ¡ Sobrino, espera! Están atendiendo a Fátima, y durante el parto no es conveniente que los hombres estemos presentes.
No te preocupes, tu esposa es fuerte y me han informado que todo va bien —le puso la mano en el hombro para infundirle ánimos—.
Ya sé que tu hijo se ha anticipado un poco, en opinión de la comadrona, debido al traqueteo del viaje —negó con la cabeza —.
Pero yo creo que se equivoca. Esa no es la causa sino la voluntad de Allah, porque la criatura solo podía nacer bajo el signo del alfanje, ya que su destino está escrito.
Ya verás, tu hijo será fuerte, leal y seguro, como todos los nacidos bajo ese signo.
Y en su caso con más razón, puesto que está llamado a ser un gran líder.
¿Cómo, si no, estaría a la altura de la alta misión que Allah le tiene encomendada?
Ten por seguro que no podría nacer bajo otro signo y si lo hace en estos momentos, es por designio del Altísimo.
Kamal le miró perplejo, le extrañaba oír unas palabras tan simples de boca de un hombre al que consideraba culto.
Y lo más asombroso es que no lo decía para tranquilizarle, sino con el convencimiento de quién no sabe pensar rectamente.
Se acordó de lo que solía repetirle su padre: « no conviene confundir la voluntad de Allah, con las supersticiones heredadas de las viejas religiones idólatras ».
Y lo peor es que la seguridad con la que hablaba, era prueba inequívoca de que creía firmemente en ello.
Se consideró obligado a ser cortes con su anfitrión y no ponerle en entredicho, y se abstuvo de lamentar, en voz alta, haber iniciado el viaje en momentos tan poco propicios para la gestación de su esposa.
Confió en la voluntad de Allah y como todos los futuros padres, se limitó a pasear nervioso por la estancia.
Pasaban las horas sin noticias, y Yusuf dispuso que les sirvieran la cena. Acababan de empezar a picar los primeros frutos secos, cuando le preguntó para distraerle:
— ¿ Cómo va tu trabajo? Espero que goces de la tranquilidad necesaria para abordarlo, pero si puedo hacer algo para mejorar tus condiciones, no dudes en decírmelo .
—Gracias, Yusuf. El lugar que me has cedido es como tu hospitalidad, no admite tacha. Te estaré eternamente agradecido por el trato que nos estás dispensando, tanto a Fátima como a mí.
En ese momento, irrumpió en la estancia una esclava con visibles muestras de alegría. Les anunció el nacimiento de un niño de pequeño tamaño, pero tan perfecto y hermoso que nada más asomar, estalló en un poderoso llanto impropio de su escasa envergadura.
— ¿ Qué tal está mi esposa ?
—Bien, mi señor. Si deseáis verla y conocer a vuestro hijo, podéis ir porque ambos están preparados.
Se excusó con Yusuf, no se entretuvo y fue directo a la alcoba.
Nada más descorrer la cortina, experimentó la emoción más intensa de su vida: Fátima descansaba con el niño en los brazos y, al contemplar tan tierna escena, el corazón le dio un vuelco y a punto estuvo de estallarle en el pecho.
Se quedó paralizado; no podía articular las palabras ni reprimir unas lágrimas que, sin poder evitarlo, les salían a borbotones.
Se fijó en su esposa y aunque sus ojeras delataban un gran cansancio, su mirada amorosa le proporcionaban un aura casi celestial, que la elevaba a sus ojos por encima de todos los seres de este mundo. Nada más verle, le pidió solícita:
—Esposo, acércate y coge a tu hijo entre tus brazos.
Allah nos ha bendecido con una hermosa criatura y a pesar de su escaso tamaño, confío en que con el tiempo se hará fuerte como tú.
Sé que está llamado a realizar grandes gestas, y gozará de la bendición del Todopoderoso para orgullo de tu estirpe.
Contuvo la respiración. La fe que Fátima le profesaba, su aliento, su dulzura y su determinación, era el pilar en el que se había apoyado desde que se casaron.
Cierto que, de todas sus virtudes, ninguna le parecía menor que las otras incluida su belleza, templanza y presencia de ánimo, pero la que más le conmovía era su inquebrantable fe en él.
Se acercó al niño, parecía agotado por el esfuerzo de venir a este mundo y dormía en brazos de su madre, e inmediatamente se prendó de aquella criatura pequeña y enrojecida que le llegaba al alma, como jamás lo había hecho antes cualquier otro ser humano.
Miró con agradecimiento a Fátima mientras sostenía al pequeño, y se acordó del matrimonio del Profeta con Jadiya: él suyo se le asemejaba, puesto que correspondía también a un decreto de Altísimo.
Recordó que su esposa tuvo que insistirle a su padre para que rechazara otras proposiciones de matrimonio anteriores a la suya, pues según le confesó una noche de cielo estrellado, su corazón siempre le esperó.
Desde que se casaron, jamás dudó de él a pesar de sus ausencias, y cuando ambos conocieron la naturaleza de su legado, permaneció a su lado consciente de la alta misión que debía desempeñar en su destino.
Kamal le entregó el niño a la nodriza, que salió de la habitación dejándolos solos.
Él se recostó al lado de Fátima, acarició su pelo, y notó que el amor le embargaba hasta el punto de no poder articular ni una palabra.
Se acordó de lo que frecuentemente comentaba su padre cuando veía a Raissa en la distancia: « Hijo mío, el amor es un sentimiento que a veces paraliza y a veces te hace volar.
Espero que Allah te conceda la dicha de experimentarlo, porque no hay nada más sublime en este mundo.
Y no te estoy hablando de la pasión que hace hervir la sangre y golpea la sien con fuerza de mil caballos, sino del amor que inunda el cuerpo, paraliza el pensamiento, y te lleva a un estado próximo a la felicidad plena.
Si algún día tienes la dicha de sentirlo, podrás vislumbrar lo que debe ser el Paraíso » .
Eso fue lo que experimentó la noche de bodas cuando ella se levantó el velo, le mostró su rostro, y pudo contemplar a placer sus adorables rasgos: su piel, aquel pelo tintado de aleña que brillaba a la luz de la luna, sus ojos negros como azabaches pulidos…
Una sensación de fascinación le invadió, y lo mejor era que aún la sentía cuando en la intimidad de su alcoba, se recreaba en contemplar su cuerpo desnudo.
Fátima, su dulce Fátima. Pertenecía a una de las pocas familias Quraysh que se habían salvado de la persecución, y fue el cadi quién la eligió para ser su esposa.
¡Qué agradecido le estaría siempre a Jafar!
Aquel hombre extraordinario que le acogió como si fuera su hijo, y que en cuanto vislumbró una parte de su secreto, comprendió lo juiciosa que había sido la decisión de Fadil de abandonar Granada.
En aquel instante decidió que, si su amigo no podía protegerlo, lo haría él en su lugar.
A partir de entonces veló por su seguridad, y sobre todo trató de aliviar la pena que sentía por sus desgraciadas muertes, acompañándolo y tomando unas iniciativas que, de haber vivido sus padres, sin duda habrían adoptado.
Se empeñó en encontrarle una buena esposa, y con la ayuda de su mujer buscó a la candidata perfecta entre las mejores familias árabes.
En cuanto supo de la existencia de Fátima, le propuso que la pidiera en matrimonio; pero Kamal insistió en que, no solo su padre, también deseaba que la muchacha lo aceptara como esposo.
Solo cuando supo que la joven había dado su beneplácito, se avino a negociar los términos del contrato y, siguiendo la piadosa costumbre, pagó la mitad de la generosa dote acordada.
El cadí, fiel a su voluntad de hacerle de padre hasta las últimas consecuencias, le regaló una buena vivienda próxima a la suya, las rentas de un horno que poseía y dos esclavas; también costeó la más fastuosa boda que puedan recordar los asistentes, ya que nada le parecía excesivo porque interpretaba la llegada de Kamal a sus vidas, como la gran compensación que les otorgaba Allah por la pérdida de sus hijos.