Chapter 22
Al llegar a casa de Munir, los esclavos le dijeron que estaba dormido, pero que antes de hacerlo, les había dado instrucciones para que le entregaran los bocetos y los cálculos de la ampliación de palacio.
Regresó a su casa cargándolos en una caja, y al entrar en el patio encontró a Alí, mano sobre mano, sentado junto a la alberca con la mirada perdida. Le reprendió con dureza:
— ¿ Qué haces desaprovechando el tiempo ?
¿ No quedamos en que te ibas a ejercitar en la lectura?
Deberías estar en la biblioteca. Munir no te ha regalado esta oportunidad para que la desaproveches, sino para que te formes sin perder un instante.
Acompáñame, vamos al barrio de Badis a comprar un libro, que recuerdo haberlos visto en varias tiendas.
A ver si encontramos alguno sencillo con el que puedas practicar .
Entraron en distintos comercios, y al revisar las existencias descubrió un ejemplar de El Collar de la Paloma.
Recordó con melancolía aquellas tardes en las que su padre le recitaba versos a su madre y, sabiendo lo perdidamente enamorado que estaba Alí de Jalila, decidió que era el ejemplar perfecto para que mejorara su nivel lectura.
Lo compró, y durante el camino de vuelta le fue comentando:
—Este libro te gustará. Contiene los más hermosos poemas de amor que se han escrito y si los aprendes bien, quizás algún día puedas recitárselos a Jalila.
Mi padre decía que un matrimonio feliz se basa en el trato bondadoso hacia la esposa, y que cuánto más dulces son las palabras que eres capaz de susurrarle al oído, más te admirará y te respetará ella.
Recuerda que la forma en que la trates, posiblemente sea respondida de la misma manera por ella.
Por eso es tan importante la poesía. Porque al conocerla, tus sentimientos fluirán expresados con bellas palabras, y así conseguirás que surja y crezca en su corazón, su amor por ti.
Enamorar es un arte que requiere sensibilidad y perseverancia, y si el comportamiento que mantienes hacia ella es cariñoso y delicado, conseguirás tu felicidad haciéndola feliz. ¿Lo has entendido?
Abrió desmesuradamente los ojos y preguntó.
— ¿ De verdad crees que puedo llegar a casarme con Jalila y conseguir que me ame?
—En buena medida depende de ti. Pero si no te preparas y prosperas, Munir nunca te la dará por esposa, y ella nunca llegará a conocerte.
Alí aceleró el paso, y dijo con ojos apasionados:
—Vamos deprisa, estoy ansioso por empezar ese libro.
Llegaron a la casa y cómodamente sentado sobre almohadones, Alí comenzó a deletrear en voz alta uno de los poemas, mientras que Kamal se concentraba en sus bocetos.
Examinó con cuidado los cálculos y confirmó su inicial conclusión: no había duda, el edificio tal y como estaba proyectado, no sería estable.
Pesaba demasiado la cubierta para ser soportada por tan escasas y endebles columnas y, en esas circunstancias, incluso un brusco cambio de temperatura haría que los muros se agrietasen, desplomándose sin remisión.
Además, allí era frecuente que la tierra temblase, y sin querer pecar de soberbia porque solo Allah es perfecto, había que procurar que cada edificio fuera lo más sólido posible.
Ratificada su primera impresión, consideró conveniente que tuviera más columnas y arcos, y lo que también era importante, pensó en introducir unas tortas de plomo entre los fustes y los capiteles, para asegurar el encaje de ambas piezas y garantizar el mantenimiento de su verticalidad.
Con ese objetivo también optó por la solución combinada de la doble arcada y los contrafuertes en los muros exteriores y, al concluir el análisis lo repasó todo mentalmente, y respiró satisfecho: claramente era una buena solución para compensar las fuerzas, dar solidez a la estructura, y conseguir ese interior tan diáfano como ambicionaba el sultán.
Hizo un cálculo sobre la distancia que debía haber entre columnas, y empezó a dibujar un bosquejo de la gran sala, hasta que le interrumpió Alí que estaba empeñado en leerle un poema que le había sonado a música.
Lo recitó muy despacio y prácticamente silabeando, y a continuación le preguntó su opinión:
¿ Perteneces al mundo de los ángeles o al de los hombres ?
Dímelo, porque la confusión se burla de mi entendimiento.
Veo una figura humana, pero si uso de mi razón hallo que es tu cuerpo
un cuerpo celeste.
¡ Bendito sea Él, que contrapesó el modo de ser de sus criaturas, e hizo
que por naturaleza fueses maravillosa luz!
No puedo dudar que eres un puro espíritu atraído a nosotros
por una semejanza que enlaza a las almas.
No hay más prueba que atestigüe tu encarnación corporal,
ni otro argumento que el de que eres visible.
Se quedó mudo con una mirada soñadora, embelesado por tan bellas palabras. Aquel poema expresaba sus sentimientos, y comentó entusiasmado:
—Me ha costado mucho trabajo entenderlo, pero estas palabras cuentan lo que siento en mi corazón cuando pienso en Jalila.
Lo dice de una forma muy delicada, pero es lo mismo.
Voy a tratar de aprendérmelo porque si alguna vez tengo la oportunidad, voy a recitárselo mirándole a los ojos —suspiró—. ¡Oh, Kamal! ¿Crees que llegará ese día?
—Si te esfuerzas y esa es la voluntad de Allah, ¿ por qué no iba a llegar? Ahora guarda el libro, quiero que empieces a identificar los números y aprendas a contar, porque para prosperar en este oficio, es imprescindible saber geometría y matemáticas.
Kamal fue un maestro paciente. Todos los días al terminar el trabajo, dedicaban un buen rato a la lectura del Corán o a la poesía, pero también sacaban tiempo para que aprendiera matemáticas, geometría, astrología, y todas las ciencias que su padre con tanto amor y paciencia, le había enseñado durante años.
Alí no le defraudó, pues resultó ser más listo y perseverante de lo que había previsto así que, pasados tres años, nadie habría reconocido en aquel hombre cabal de maneras pausadas, al atolondrado albañil que un día conoció .
Cuando Munir pudo examinar el proyecto, quedó tan satisfecho que invitó a Kamal a que lo acompañara a sus reuniones con el emir.
Aquellos fueron unos años felices en los que Alí y él, afianzaron su amistad hasta el punto de considerarse hermanos y, contra todo pronóstico, el joven alarife no sufrió nuevos accidentes, ni volvieron a ver al terrible hombre de negro.
Kamal lo olvidó, y su vida transcurrió laboriosa mientras que su casa se llenaba de muebles, hasta que finalmente el Genovés cumplió su promesa, y le regaló la escribanía.
Habló con Munir para que le cediera el contrato de Habiba. Estaban acostumbrados a ella y aunque algo gruñona, les servía con eficiencia y cocinaba muy bien.
De vez en cuando iba a casa del cadí, con quien siempre se sentiría en deuda, por lo que consideraba un deber mostrarle su gratitud con frecuentes visitas.
Él le fue tomando el afecto propio de un padre al que no le quedan hijos vivos, pues su presencia llenaba el vacío que sus prematuras muertes habían dejado en su corazón y en el de su esposa.
Disfrutaban del tiempo que pasaban juntos comentando opiniones, leyendo fatwas en las que se hacía una defensa encendida de la doctrina maliquí, o recordando la afición de su padre por las técnicas de construcción.
Charlaban de mil temas distintos, aunque siempre interesantes, pero con quién más le gustaba compartir sus ratos de ocio, sin duda era con el médico.
Isaac resultó ser mucho más que un maestro.
Le enseñó mucho sobre plantas, pero también sobre lealtad y tolerancia.
¡Cuántas conversaciones mantuvieron sobre la importancia de preservar la paz!
Para el judío, el mayor progreso de no eran los avances de la técnica o de la medicina, sino las nuevas costumbres que incrementaban el respeto y la convivencia entre los hombres.
Se afligía cada vez que le llamaban para curar a los heridos de las incursiones en tierras cristianas, y cuando eran los cristianos quienes se adentraban en el reino causando muerte y destrucción, sentía la misma aversión hacia tan nefasta práctica.
En la intimidad y con la confianza que le proporcionaba los muros de su hogar, insistía en que aquello no podía satisfacer a Yahveh, ni a Allah, ni al Dios de los cristianos; pues eran el mismo, y las tres religiones propugnan la paz entre los hombres.
Kamal, pensado en aquellas instructivas charlas, recreó en su mente la entrañable figura de Isaac y añoró su presencia.
Recordaba sus movimientos precisos al trabajar, su permanente curiosidad por cuanto le ofrecía la naturaleza, los ojos benévolos con los que miraba al mundo: era un hombre que siempre tenía un gesto caritativo hacia sus semejantes.
Después de tratarle durante tanto tiempo, estaba seguro de que era una de las mejores personas que había conocido.
Volvió al presente y cogió la pluma. Iba a iniciar sus escritos, pero le llamaron para anunciarle que su anfitrión le esperaba para comer y recogió a toda prisa: no quería ser descortés con Yusuf.