El legado del alarife Chapter 21
29%

Chapter 21

Siguieron callejeando hasta llegar a un adarve que mantenía sus puertas abiertas; el fondo lo ocupaba la fachada de una única casa, y en el dintel de la puerta aparecía grabada en lugar visible, la estrella de David. Anduvieron hasta el llegar a ella y cuando Isaac iba a llamar, Kamal comentó:

—De acuerdo. Tenéis razón, no insistiré más sobre lo que nos separa, porque centrarnos en ello nos impedirá aprender el uno del otro. Y más en este caso, en el que tan amablemente os habéis brindado a compartir conmigo vuestros conocimientos. Decidme, ¿dónde os formasteis como médico?

—Os parecerá mentira, pero la mayoría de lo que sé lo aprendí de vuestro pueblo.

Ya os dije que os considero grandes transmisores del saber, y yo fui de los pocos afortunados que obtuvo permiso para asistir a las clases de medicina que impartían en la madraza.

Allí me formé, y gracias a lo que enseñaron y a lo que aprendí en el maristán, pude comenzar a practicar la medicina, la cirugía, y empecé a fabricar pomadas y ungüentos curativos.

¿Entendéis ahora por qué soy tan partidario de potenciar todo aquello que nos une?

Si hubiera tenido prejuicios, me habría visto privado de muchos de vuestros conocimientos.

Kamal le observó, aquel hombre de extraño bonete y mirada limpia, le empezaba a causar verdadera admiración. Nunca había conocido a alguien parecido, y sin embargo nadie le había despertado tanta curiosidad por conocer el mundo que le rodeaba.

Entraron y se sorprendió, aquella casa no era diferente al resto, a pesar de ser la vivienda de un judío.

Tenía un gran patio con alberca y fuente, alrededor del cual se disponían numerosas estancias.

Miró en derredor, las copas de los árboles sobresalían por encima de los tejados y oyó un relincho, de lo que dedujo que también contaba con huerto y cuadra.

En cuanto al mobiliario que tenía a la vista, era de calidad, por lo que concluyó que Isaac debía de ser un hombre muy rico, ya que no era frecuente gozar de tantas comodidades.

Entraron en su estancia de trabajo y no lo pudo evitar, la imagen de su padre le vino con fuerza a la memoria: una multitud de libros y pergaminos, aquí y allá, aparecía apilados sin aparente orden.

Pero lo que más llamó su atención fue la colección de tarros de cerámica que, cuidadosamente ordenados, llenaban el interior de tres grandes alacenas.

En un extremo de la habitación, sobre una mesa situada bajo una de las celosías, se hallaban dispuestos cinco almireces de distintos tamaños y dos pequeñas balanzas, además de todo el instrumental propio de un cirujano: punzones, tijeras para hacer pinza, ganchos, cuchillos de distinto tipo, separadores y sierras para amputaciones.

Todos los útiles estaban limpios y ordenados, preparados para que el médico pudiera hacer uso de ellos en cualquier momento.

Se quedó observando sin atreverse tocar, nunca había estado en un lugar parecido, e Isaac se percató de su asombro; por eso interrumpió el curso de sus pensamientos, diciéndole con una mirada afable:

—Tomad asiento, y desde ahora os digo que podéis preguntarme cuánto gustéis.

Pero primero permitidme que os muestre alguno de mis libros, para que podáis constatar hasta qué punto enriquece la mente, tener una actitud tolerante.

Yo tengo varios de la escuela de Salerno, incluido el Macer Floridus que está basado en textos de Dioscórides y Plinio; pero también poseo ejemplares de los tratados de los Banu Zuhr, que no sé si los habéis oído nombrar, pero son la más prestigiosa y formada dinastía de médicos musulmanes.

Creedme, a todos mis libros sin distinción, los considero mis tesoros más preciados —hizo una pausa asertiva—.

¡Sí, mi señor Kamal! Justo es reconocer los méritos de cada cual, y no me duele prendas decir que al margen de lo que habéis aportado, si la escuela de Salerno enseña hoy día la medicina de los antiguos, es gracias al trabajo de preservación y difusión que constantemente hace vuestro pueblo.

Le observó complacido. Isaac hablaba con el convencimiento de quien está libre de prejuicios, ama el conocimiento, y aprecia los méritos de cada uno independientemente de su origen: ¡cómo le recordaba a su padre!

Añadió amablemente:

—Y ahora, permitidme que os enseñe una pequeña muestra de lo que os digo para que juzguéis con fundamento, y sobre todo para que podáis decidir si de verdad os interesa adentraros en el estudio de esta disciplina.

Cogió un libro encuadernado como otros muchos, aunque sin lugar a dudas, aquel era muy especial para él. Lo puso sobre la mesa, lo abrió al azar, y apareció ante su vista el dibujo de una planta con unas leyendas a su alrededor.

—Observad con calma. Este dibujo reproduce la forma de la cepis herba que, como podéis apreciar en el texto del margen, tiene muchas virtudes terapéuticas. ¿Sabéis leer y escribir en la lengua de los cristianos?

—Sí, mi padre se ocupó de que la aprendiera bien. Solía decir que conocer otras lenguas aumenta las posibilidades de adquirir nuevos conocimientos, por esa razón me enseñó, además del aljamiado, a leer, hablar y escribir en árabe cúfico, en latín, y en la lengua de los cristianos.

—Ciertamente era un hombre sabio, me hubiera gustado conocerle.

Por lo decís, no tendréis problemas para leer estos textos y, si de verdad os interesan, pronto conoceréis muchas plantas y sus propiedades.

Observar esta lámina —dijo pasando unas páginas mientras le invitaba a acercarse—.

La humilde cebolla tiene muchas propiedades que benefician nuestra salud, pues ayuda a eliminar los orines y calman la tos.

Saber estas cosas es útil para poder curar, y todos los médicos deberían conocerlas, cualquiera que fuera su religión.

Es una pena que los ignorantes consideren que son conocimientos propios de la brujería, porque como habréis podido comprobar, nada más lejos de la superchería y de los pactos diabólicos, que las plantas que nace y crece espontáneamente en la naturaleza.

—Decidme, Isaac. ¿La mayoría de vuestro pueblo piensa como vos? Sois extraño, y no obstante parece muy fácil convivir con vos.

Isaac sonrió ante el velado halago, pero sin que en su sonrisa apareciera el menor atisbo de vanidad. Comentó con sencillez:

—Me gustaría deciros que sí, pero desgraciadamente los que pensamos así, somos una pequeña minoría.

En todos los pueblos y en todas las creencias, hallarás personas amantes del conocimiento, pero también espíritus mezquinos que se consideran agraviados por el hecho de que otros piensen diferente.

No señor Kamal, también hay codiciosos, vanidosos, crueles y simples entre la gente de mi pueblo.

Los vicios no son patrimonio de ningún pueblo, sino algo propio de algunos hombres, con independencia de la etnia o la religión a la que pertenezcan.

Y ahora, permitidme que os llame la atención sobre el contenido del libro que tenéis en vuestras manos.

Kamal lo estuvo ojeando, mientras Isaac le iba contando cómo preparar remedios para algunos males.

Pasó buena parte de la mañana en su compañía.

Su paciencia y cordialidad hicieron que el tiempo se le pasara volando, hasta que les interrumpieron para avisarle que requerían sus servicios para asistir a un hombre que se había quebrado una pierna.

Se levantó, hizo un hatillo con lo más preciso, y se disculpó por tener que abandonarle con tanta premura.

No obstante, le acompañó hasta la puerta de la judería, y antes de separarse le reiteró que estaba a su disposición, si de verdad estaba interesado en aprender las propiedades de las plantas.

Kamal, muy agradecido, contestó que el tema le apasionaba y aceptó el ofrecimiento; quedó en visitarle en unos días, para iniciar un aprendizaje más sistemático.

Por el camino de vuelta, iba pensando en la experiencia.

No solo era interesante lo que había aprendido, también lo era el propio Isaac, cuyas reflexiones resultaban tan lúcidas como sorprendentes.

Definitivamente era un hombre bueno, culto, ecuánime y generoso, con el que tenía más cosas en común de las que, en principio, hubiera podido imaginar.

Pensó que el hecho de que no haber tenido hasta entonces un trato normal con los infieles, le habían generado un rechazo contra ellos sin conocerlos. Pero ya no estaba dispuesto a mantener una postura tan inflexible, pues es absurdo negarse a uno mismo el acceso al saber.