Chapter 20
Avanzaron por la calle de la vera de la muralla y nada más pasar las Torres Bermejas, llegaron a las puertas de un recinto que todos conocían como Garnatha Al-Yahud o la Granada de los judíos, cuyo nombre, « Granada » , había sido adoptado por los musulmanes para denominar la totalidad del reino.
Kamal trató de despedirse reiterándole su agradecimiento por lo que le había enseñado y por su pericia, y añadió a continuación :
—Quiero repetiros, una vez más, mi profunda gratitud por haber acudido tan rápido a curar al alarife, a pesar de que nunca había sido vuestro paciente.
También, por haberme hecho partícipe de vuestras opiniones, que sin duda son tan interesantes como instructivas.
Acepto encantado vuestra oferta de introducirme en el conocimiento de las plantas y de sus propiedades, y ardo en deseos de ver esos maravillosos tratados de los que me venís hablando.
Sabed que, aunque mi padre era un hombre sabio, nunca me habló de plantas ni de medicina, y solo al escucharos me he dado cuenta de lo importante que es poseer esos conocimientos, aunque no se vaya a ejercer el oficio de médico.
—Pues si tanto interés os despiertan y no tenéis algo mejor que hacer, acompañadme a mi casa, que con gusto os mostraré algunos libros para que podáis hojearlos.
Sintió vértigo al pensar en adentrarse en un recinto de infieles.
Hasta entonces no había tenido trato con ninguno salvo con el Genovés , pero él no contaba porque lo conoció siendo su cliente, y su relación era exclusivamente comercial; pero entrar ex profeso a un recinto judío para establecer trato personal con un miembro de esa comunidad, ciertamente le daba aprensión.
Se fijó en la expresión de Isaac: sus oscuros ojos esperaban tranquilos su respuesta, y nada delataba que fuera a correr ningún riesgo a su lado.
Al contrario, intuía que, tras aquella puerta, quizás estuviera uno de los sitios más seguros para él.
Pudo más su intuición y curiosidad que sus recelos, y respondió con voz decidida:
—Si para vos no es molestia y tenéis tiempo, con gusto os acompaño. Mi padre decía que no es sensato desaprovechar las oportunidades que nos brinda la vida de aumentar nuestros conocimientos.
Isaac sonrió, y juntos traspasaron la puerta para internarse en la judería.
Según avanzaban por aquel entramado de calles estrechas, se iba asombrando de su tamaño y sin poder evitar una sensación de plenitud, se mostró orgulloso de la generosidad del emir al permitir que tantos infieles se cobijaran tras de sus muros.
Afirmó, rotundo, que esa era una de las razones por las que creía en la superioridad del islam sobre las demás religiones; porque ninguna mantenía una actitud tan tolerante y generosa hacia los no creyentes.
El médico le escuchó, pero al terminar replicó con voz paciente:
—No creáis que sois vosotros los nos habéis acogido en esta tierra.
Debéis saber que un numeroso grupo de judíos abandonó Israel hace cientos de años y se estableció aquí, mucho antes de que los musulmanes pusieran un pie en Granada.
Cuando vuestro pueblo la conquistó, nosotros ya estábamos asentados, y si nos permitisteis seguir morando en la que era nuestra tierra, es porque contribuimos a engrandecer lo que para vosotros es Al-Ándalus, y para nosotros Sefarad.
Desde que vosotros la conquistasteis, hemos colaborado con nuestro trabajo y nuestros conocimientos a vuestro progreso.
¿No habéis oído hablar del visir Samuel ibn Nagrella?
—Kamal negó con la cabeza—. Era judío y sirvió fielmente al emir mientras vivió, hará de aquello más de cuatrocientos años.
—Lo desconocía —le replico—, y a pesar de ello considero que sigue siendo una prueba de tolerancia hacia los que son distintos, y por tanto una muestra de la superioridad del islam sobre las demás religiones; porque habréis de reconocer que sois muchos los que os cobijáis dentro de nuestros muros.
—Es cierto, somos miles; pero insisto en que, si permitís que sigamos viviendo aquí, no solo es por generosidad, también porque os pagamos cuantiosos impuestos.
Si nos expulsarais, el emir perdería nuestros dineros y lo que es peor, la ciudad se quedaría sin médicos suficientes para atenderos; por no decir que el comercio y la industria se resentirían gravemente, y os debilitaríais frente a las ansias conquistadoras cristianas —le dirigió una mirada asertiva—.
Porque supongo que os habéis dado cuenta desde que entrasteis en la judería, de la cantidad de talleres de zapateros, curtidores, plateros y comerciantes de tejidos que hay.
—Por supuesto, es imposible no verlo.
—Nuestro pueblo es por tradición, tan laborioso como religioso, por eso al igual que vosotros, damos una gran importancia al trabajo —le miró mientras sonreía y añadió—.
Nuestras dos comunidades tienen grandes similitudes, muchas más de las que se podrían apreciar a simple vista, y a veces nuestras diferencias no son tan antagónicas.
Por ejemplo, vosotros labráis en las puertas la fecha en que peregrinasteis a la Meca, y nosotros en nuestros dinteles la estrella de David.
Como veis, a ambos nos gusta hacer pública profesión de nuestra fe, pero eso no un signo de confrontación o exclusión hacia los que son distintos, sino una proclamación de identidad que no tiene porqué impedir una buena convivencia.
—Pero vosotros sois infieles.
Isaac le miró con paciencia, aunque no pudo evitar que asomara a sus ojos una sombra de decepción.
—En mi opinión, los hombres pueden mantener dos tipos de actitudes hacia los que no son iguales: o bien les respetan y buscan un punto de encuentro, o bien ahondan en lo que los separa considerándolos enemigos, sin conceder ningún valor a su cultura y a su humanidad.
Yo, al igual que algunos de los míos, aunque no tantos como desearía, somos partidarios de la tolerancia.
Estamos acostumbrados a depender del poder de otros, ya sean reyes cristianos o emires, y creedme si os digo que siempre os hemos servido con lealtad a cambio de respeto.
Los hombres no tienen por qué pensar y sentir igual, solo admitir que, en uso de su libre albedrío, cada uno puede llegar a las conclusiones que mejor le parezcan y más paz le proporcionen.
—Pero los judíos, al igual que los cristianos, os negáis a reconocer la superioridad de las enseñanzas del Enviado de Allah, y seguís anclados en las viejas creencias de los profetas menores.
—Permitidme que discrepe. Nosotros permanecemos fieles a los mandamientos de Yahveh y a las enseñanzas de nuestros padres, por eso seguimos esperando la llegada de un Mesías que libere a nuestro pueblo.
Mantener nuestras costumbres nos ayuda a perseverar en esa esperanza, y a continuar firmes en nuestra fe —le miró con franqueza—.
Pero insisto, no deseo que polemizar sobre nuestras diferencias, sino potenciar todo aquello que nos une.
Creemos que Yahveh es el único Dios, y no creáis que los cristianos adoran a un Dios diferente, aunque no le llamen Yahveh.
Sus profetas: Abraham, David, Salomón, Moisés, Aarón e incluso Jesús de Nazaret, eran judíos, y nunca dijeron que hubiera que adorar a un Dios distinto o derogar nuestra Ley.
Lo mismo ocurre con el islam, que reconoce a muchos de nuestros profetas como propios, incluido al Jesús de Nazaret de los cristianos.
—No lo dudo, pero habréis de reconocer que el profeta Muhammad es a quién ha revelado las últimas enseñanzas del verdadero Dios, que no es otro que el propio Allah.
—Vuelvo a repetíroslo. No deseo polemizar, pero en verdad os digo que no creo que sea tan importante que nos dirijamos al Creador llamándole Yahveh, Dios como hacen los cristianos, o Allah como hacéis vosotros.
Lo importante es que todos sigamos sus enseñanzas de paz para poder convivir, y eso solo lo conseguiremos si respetamos nuestras diferencias, sin ahondar en ellas.
Kamal se quedó reflexionando, y recordó las palabras del sagrado Corán: « ¡ Oh, humanos!
Os he creado varón y hembra, y os he constituido en clanes y tribus para que os conozcáis mutuamente » .
El comentario del cadí no dejaba lugar a dudas: no caben las coacciones a los que son diferentes, porque nunca han estado permitidas en el islam.
La respuesta del médico le dejó una profunda huella, y comprendió lo acertadas que eran las palabras reveladas.
Decidió que, a partir de entonces, abriría su mente y mantendría una actitud más tolerante, empezando por cultivar la amistad con aquel judío del que tanto podía aprender , y lo que era más importante, no se le ocurría otra manera de cumplir el mandato de conocerse mutuamente.