El legado del alarife Chapter 19
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Chapter 19

Cuando Isaac iba a abandonar la casa, Kamal se ofreció a acompañarle hasta la judería.

En el barrio de Munir solo vivían musulmanes y, en ocasiones, los más intolerantes agredían a los judíos ya que, a pesar de contar con la autorización de emir para residir en Granada, los consideraban unos intrusos peligrosos.

Así que, como le estaba agradecido por rapidez y destreza con la que había tratado al alarife, para evitarle malos encuentros durante la vuelta, pensó que su compañía sería una buena forma de asegurar su integridad.

Ya de camino, la conversación surgió con fluidez, y Kamal le preguntó por los remedios que le había aplicado.

Le apasionaba lo poco que había oído y, puesto que su padre jamás le enseñó nada sobre medicina o farmacopea, aquellas disciplinas eran un verdadero misterio para él.

Isaac le fue contando que tenía varios libros con dibujos de plantas, en los que se especificaba el nombre de cada una y lo más importante, sus posibles usos terapéuticos y la forma de preparar los remedios.

Kamal le escuchaba extasiado. Aquel hombre era una fuente inagotable de conocimientos, y no estaba dispuesto a desaprovechar una oportunidad de aprender que, probablemente, no volvería a presentársele en su vida.

Le fue nombrando plantas que se hallaban en los campos próximos con propiedades curativas o beneficiosas, como la albahaca, el ajo y la corteza de sauce; en cambio otras como la canela y el clavo —le comentó de pasada-, vienen de tierras lejanas y aunque se usan como condimento en la cocina, ello no es óbice para que también sean unos buenos preventivos contra las náuseas, los vómitos o los dolores de vientre.

Por eso, usándolos con mesura, hacen a los alimentos agradables al paladar, y más saludables para que podamos digerirlos sin que nos hagan daño.

Kamal le escuchaba embelesado, y viéndole tan interesado añadió :

—Creedme, la naturaleza nos surte de muchos remedios para atacar la enfermedad; solo hay que saber cuál de ellos se ha de usar para combatir cada mal, cómo se ha preparar, en qué proporción se han de mezclar los ingredientes, y con frecuencia debe aplicarse o ingerirse.

No debéis olvidar que todo en este mundo, incluida la virtud, cuando es excesiva se convierte en vicio.

— ¿ Eso pensáis ?

—Por supuesto, todo tiene sus límites. Tampoco creáis que existen muchos productos que sean malos por sí mismo, pues en la mayoría de los casos, su beneficio o perjuicio depende de la cantidad, forma en que se aplica o ingieren y lo que es más importante, de las condiciones especiales de cada paciente.

Kamal le miró de reojo, todo lo que contaba le resultó sorprendente y viendo su cara de estupefacción, Isaac le aclaró:

—Nunca os habéis percatado que buena parte de las prohibiciones religiosas de tomar ciertos alimentos, en no pocas ocasiones, tienen su fundamento en la necesidad de salvaguardar la salud de los creyentes.

Los musulmanes, por ejemplo, tenéis prohibido el consumo de vino, y sin embargo en Granada tomáis rubb después de las comidas.

¿Es malo hacerlo? Solo para quien lo hace pensando que con ello ofende a Dios, pero no para el cuerpo si se ingiere moderadamente.

Pienso que tomar un poco de zumo de uva fermentado con higos y dátiles cocidos, no puede hacerle mal a nadie, mientras no perturbe su paz interior y el vientre lo tolere .

Le escuchaba y casi no daba crédito. Era un hombre que no tenía perjuicios en abordar cualquier tema a la luz de la razón, y no parecía que sus opiniones afectaran negativamente a sus creencias.

Al contrario, notaba que, en cada uno de sus razonamientos, el judío veía la bondad de su Creador. Le preguntó:

—Nunca había escuchado unas opiniones tan osadas, y no obstante vuestros argumentos no admiten tacha. ¿No teméis sufrir represalias de los intolerantes, al exponerlas de una manera tan libre y directa?

Isaac sonrió. No le había extrañado la pregunta, ni parecía afectado por el juicio de Kamal sobre sus opiniones, al contrario, parecía muy complacido con el efecto de sus palabras.

—No temo a las represalias de nadie, aunque suelo ser más prudente cuando hablo con desconocidos.

Pero en vuestro caso es distinto, ya que desde el principio intuí que no sois ningún ignorante —hizo una pausa mirando al cielo—.

Sabed que mis opiniones no son impías, al contrario, son profundamente religiosas.

¿Creéis que usar la capacidad de pensar que nos ha dado Yahveh, podría parecerle blasfemo?

¿Puede existir una mayor alabanza a mi Creador, que utilizar los dones de los que libremente me ha dotado?

Sois musulmán y, por tanto, seguidor del libro, luego también pensáis que el Creador nos hizo a su imagen y semejanza.

Entonces… ¿por qué consideráis tan osadas mis opiniones?

¿No os dais cuenta que despreciar estos razonamientos sin señalar su error, es una triste manera de empequeñecer al Todopoderoso?

No, amigo mío, nada temo salvo a la ignorancia, que sin duda no provienen de Dios sino de las limitaciones de los hombres.

Escandalizarse ante lo que es lógico y gritar…

¡Anatema!, es una forma miserable de someter a los pueblos al yugo de los mediocres, que en la mayoría de los casos favorecen la ignorancia para mantenerse ellos mismos en el poder.

Kamal se quedó en silencio. Isaac le parecía un hombre tan interesante como singular, y decidió que sería un honor frecuentar su compañía, aunque no fuera un creyente.

Le preguntó por la evolución de la salud del alarife, e Isaac no parecía preocupado por su supervivencia, pero lamentó no poder devolverle la movilidad a su brazo.

—Creedme, señor. A pesar de los años que llevo en este oficio, me sigue apenando no poder curar muchos de los males que atiendo, y cada día procuro aprender nuevos remedios.

Pero la conciencia de que nunca llegaré a saberlo todo, lejos de desanimarme, me estimula a perseverar en el estudio.

Estoy convencido de que Yahvé nos creó a su imagen y semejanza, aunque yo, como todas sus criaturas, solo soy su pálido reflejo, y voy a vivir el tiempo que Él disponga —sonrió con resignación—.

No puedo aspirar a la sabiduría plena, sería blasfemo, pero ello no es óbice para que intente mejorar mis conocimientos y mi pericia, para su mayor gloria y el mejor servicio a los hombres.

—Sabias palabras. De alguna manera el islam defiende lo mismo, aunque con matizaciones.

Yo, por ejemplo, soy ayudante de Munir, y como alarife cometo a veces errores casi inapreciables a los ojos de un profano.

Pero lo hago porque sé que solo Allah es perfecto, y sería blasfemo intentar que mis obras también lo fueran.

— ¿ Acaso creéis que esa actitud agrada al Creador?

Discrepo de vuestra opinión . Yo, en el desempeño de mi oficio cometo errores, pero jamás lo hago a propósito, sino como consecuencia de mi impericia.

Los hombres somos criaturas y nacemos limitados, pero se nos da un tiempo de vida para que intentemos remediarlo en lo posible.

Poner todo nuestro esfuerzo en ello, es lo que ordena el Creador a los seguidores del Libro.

No sé lo que vos pensáis, pero para mí no hay mejor manera de hacer méritos para alcanzar el Paraíso.

Se quedó pensativo. Nadie, ni siquiera su padre, le había hecho ver las cosas de esa manera. El caso es que sus palabras eran sensatas, y no había nada en ellas que pudiera ofender a Allah.

—Pensaré en lo que me habéis dicho. Ahora, me gustaría que me hablaseis un poco más sobre plantas. Vuestra ciencia es útil a los hombres, pero también me parece interesante de aprender por sí misma.

—Desde muy antiguo, los hombres saben que en la naturaleza se encuentran muchos remedios para sus males.

Experimentando se ha llegado al conocimiento de la utilidad curativa de muchas plantas, y de la forma en que han de usarse para obtener sus beneficios.

A ello se han dedicado los pueblos desde tiempos remotos y, gracias a sus hombres de ciencia, se han compilando los nuevos conocimientos, para transmitirlos en provecho de futuras generaciones —le dirigió una larga mirada de reconocimiento—.

Creedme, admiro a vuestro pueblo por la importancia que da a la transmisión del saber pues, gracias a vosotros, médicos como yo hemos podido aprender en vuestras madrazas, mucho más de lo que lo hubiéramos hecho solos, incluso viviendo varias vidas.

Kamal asintió orgulloso de ser musulmán, elevó los ojos al cielo y durante unos instantes, su pensamiento voló hacia su padre. Agradeció a Allah que lo hubiera puesto en su vida, y a él la paciencia y el tiempo que le dedicó hasta convertirlo en el hombre que era.

Isaac le interrumpió el pensamiento hablándole de nuevos tratados.

—No soy cicatero a la hora de reconocer los méritos de otros, pues no hacerlo sería contrario a mis intereses.

Por eso, no tengo empacho en decir que fuisteis muy sabios al recoger y transmitir los conocimientos de la gente antigua de Egipto y Persia, y también el saber de los griegos, los romanos y otros pueblos primitivos. Yo tengo tratados de …

Siguió nombrándole libros y hablándole de su contenido hasta llegar a la muralla que da al Darro y, casi sin darse cuenta, siguieron andando con la noción del tiempo perdido.