Chapter 18
La casa de Munir se convirtió en un caos: todo eran gritos, lamentos, e idas y venidas a la carrera sin ningún sentido ni provecho.
Trajeron un lebrillo con agua y unos trozos de lino, pero a Kamal no se le ocurría qué hacer salvo empapar la sangre, que seguía saliendo a borbotones.
Se desesperaba al constatar que la situación le tenía desbordado mientras que, uno tras otro, los paños teñidos de rojo se acumulaban en el suelo, sin que hubieran servido para mejorar ni un ápice la situación del herido.
Al rato, cuando ya estaba a punto de desistir, apareció Alí acompañado del judío:
—Este es el médico del que te hablé. Se llama Isaac ben Tata, y es famoso por su sabiduría y buen hacer como cirujano.
Alzó la vista del brazo de Munir, y por un segundo se quedó con la mirada fija en aquel hombre alto, enjuto y de prominente nariz, cuyos ojos le inspiraron de inmediato confianza.
Traía puesto el bonete amarillo que permitía identificarle como judío, pero por lo demás, su aspecto era como el de cualquier hombre.
Llegado a este punto de sus remembranzas, Kamal se puso de pie y sonrió: ese fue el día que conoció a Isaac, el hombre que más le había influido después de su padre.
Se avergonzó de sus perjuicios de entonces: nunca antes se había relacionado con un infiel y si no hubiera estado tan desesperado, tampoco lo habría hecho en aquella ocasión; pero la situación le tenía sobrepasado y ante su desconcierto, le dejó hacer.
Con expresión de alivio le cedió el sitio, y el interés con el que puso inmediatamente manos a la obra, le ganaron la voluntad. Le vio aflojar el desastroso vendaje que le había hecho, examinar la herida de la que seguía manando sangre, y comentar con voz apesadumbrada:
—Mucho me temo que debo daros una mala noticia.
El corte es tan profundo que ha llegado al hueso, y siento deciros que nada se puede hacer para que el brazo no se quede inútil.
Puedo salvarle la vida y evitar que se desangre, pero no puedo devolverle la movilidad, porque la medicina y mi pericia tienen sus límites.
—Haced lo que podáis para salvarle. Si las cosas son así, sin duda es porque esa es la voluntad de Allah —respondió Kamal con determinación.
Hizo un torniquete por encima del tajo, y buscó entre sus cosas útiles para coserle.
Cogió un trozo de lino seco, lo empapó en el líquido que traía en una cantimplora, y taponó la herida presionando un poco; después , vendó el brazo apretando la tela hasta quedar bien sujeto.
Esperó un rato, lo retiró con cuidado, y la herida había dejado de sangrar.
Muy despacio le fue cosiendo hasta cerrar el corte, y a continuación sacó una pequeña vasija panzuda, la destapó, y un fuerte olor a bosque invadió la estancia.
Tomó una generosa porción con los dedos y la untó sobre la costura, cogió dos finas tablillas y las sobrepuso en los laterales del antebrazo, y a continuación lo vendó todo junto para inmovilizarlo.
Kamal no perdía de vista sus movimientos, jamás había visto a nadie con tanta seguridad sobre lo que se debía hacer, y no pudo por menos que exclamar:
— ¡ Asombroso ! —alzó la vista y dijo—. Isaac, porque me ha parecido oír que os llamabais así. ¿Qué le habéis aplicado con esa compresa? Ha dejado inmediatamente de sangrar y si no fuera porque no soy supersticioso, diría que ha sido cosa de brujería.
El judío sonrió mientras recogía sus pócimas y el instrumental, y contestó muy sereno:
—Me alegro encontrarme ante un hombre instruido.
Efectivamente, me llamo Isaac y creedme, no es ninguna poción mágica, sino simples plantas con propiedades coagulantes y cicatrizantes.
La compresa estaba empapada de una infusión de hojas de ciprés, y la pomada está hecha con corteza de encina y roble debidamente majadas, a la que añado un poco de aceite y cera para aplicarla mejor.
Ya veis, nada de brujería, solo plantas que Yahveh ha puesto en la naturaleza para que sus criaturas podamos preservar nuestra salud, y remediar en lo posible las consecuencias de los accidentes.
—Ese conocimiento sobre las plantas… ¿es algún secreto de vuestro pueblo?
—No, ni muchísimo menos. Ni siquiera es un descubrimiento judío, ya que todas las culturas han contribuido a desentrañar sus propiedades.
Por eso pienso que su conocimiento pertenece en justicia a todos los pueblos, ya que su utilidad es tanta, que nadie debería guardarlo en su exclusivo beneficio —le sonrió con afabilidad—.
Si algún día tenéis tiempo y curiosidad, con gusto os iniciaré en este saber que tantos beneficios reporta.
Soy de los que creen que se colabora con la obra de Yahveh, cuando se difunde el conocimiento del mundo que Él ha creado.
Kamal le miró complacido y, a pesar de ser judío, sintió una inmediata corriente de simpatía hacia él. Definitivamente no era un enemigo, sino alguien con una forma de ver la vida muy similar a la suya, cuyos gustos y aficiones se asemejaban bastante a los propios.
Isaac recomendó al alarife mucho reposo, beber abundante leche para compensar la pérdida de sangre y, durante algunos días, introducir en su dieta diaria los garbanzos.
Insistió en que debía permanecer acostado y dormir todo lo posible, pues el descanso en casos tan graves como el suyo, era la forma más rápida y segura de recuperar la salud.
Cuando terminó de recoger sus cosas y de dar consejos, en compensación a sus desvelos, recibió un trato cortes y un generoso pago.