Chapter 17
Se levantaron temprano, y fueron directos a casa de Munir.
Alí iba hecho un manojo de nervios pensando en Jalila, y en que se encontraría todo el día a escasa distancia de ella.
Como era de esperar, mientras permanecieron en la vivienda, no vieron a más mujeres que a las esclavas y a las sirvientas ya que, siguiendo la piadosa costumbre, las de la familia estaban recluidas en la parte privada.
El esclavo les condujo hasta la pequeña estancia en la que trabajaba Munir. Le encontraron inclinado sobre una mesa observando atentamente un plano hasta que, al sentir su presencia y sin apenas levantar la vista, dijo:
—Acércate, Kamal, examina estas columnas y los arcos.
Van a sustentar la nueva torre del palacio, y no quiero encontrarme con el mismo problema que tuvieron al construir la torre de la Vela.
El emir quiere que la planta baja tenga una estructura liviana y grandiosa, ya que su deseo es que, al traspasar el umbral, los visitantes se sientan envueltos por el misterio de la inmensidad de Allah.
Pero no encuentro la forma de hacerlo, y garantizar al mismo tiempo la estabilidad del edificio.
No quiero que cuando estemos próximos a finalizar la obra, aparezcan grietas porque los muros no soportan el peso de la cubierta, y no me quede más opción para evitar el derrumbe, que cegar las arcadas.
Y mira que lo he estudiado con matemáticos y geómetras, pero siguen sin convencerme sus razonamientos, y estoy casi seguro que las fuerzas del edificio siguen descompensadas.
Tú que tienes grandes conocimientos en ambas materias, me gustaría que me dieras tu punto de vista.
Kamal se aproximó, y tras un detenido examen llegó a la misma conclusión: aquellas delgadas y endebles columnas, no soportarían una estructura tan elevada, grande y pesada.
Se acordó de que solía repetirle su padre: « hijo mío, recuerda que las columnas son como los hombres y que al igual que hace Allah, los constructores no debemos cargar sobre cada una, un peso superior al que sea capaz de soportar.
De la misma manera que la comunidad permite que el peso de un gran problema se distribuya entre muchos para que pueda ser asumido entre todos, tú debes hacer lo mismo con las columnas.
Tienes que repartir el peso para que puedan compartirlo conjuntamente, pues solo así conseguirás que la estructura sea firme y segura ».
Recordó los planos que su padre guardaba de la mezquita de Córdoba, les gustaba examinarlos juntos, y en cada ocasión se admiraban de cómo habían conseguido construir una sala de oración tan enorme y diáfana.
En ese instante lamentó que se hubieran quemado, le hubiera venido muy bien poder consultarlos.
No obstante, los habían repasado tantas veces, que ya tenía memorizada muchas de sus soluciones.
Lo pensó, lo repensó y, aunque no lograra disponer de las fuertes columnas de fuste corto que usaban los antiguos, le pareció que bastaba con construir otra similares ya que, si apoyaba en cada una ellas unas dobles arcadas, conseguiría el efecto de majestuosidad y misterio que pretendía el emir.
Solo se trataba de distribuir el peso entre todas, y si acaso añadir unos contrafuertes exteriores en los muros, que ayudaran a sostener la planta superior.
Así conseguirían un hermoso juego de luces y sombras en un interior casi diáfano, y una estructura sólida en la que no aparecieran grietas.
—Señor , ¿dónde pretende el sultán construir la ampliación?
—En la parte opuesta a la gran torre de Comares.
—Estamos de suerte. Creo recordar que, en aquella zona, el suelo es bastante estable.
¿Le habéis presentado estos planos? Porque si no lo habéis hecho y lo que desea es un espacio grandioso, podríamos conseguirlo con una doble arcada apoyada en unas fuertes columnas de fuste corto, y esa solución elevaría el techo sin merma de su solidez constructiva.
Para que se haga una idea, algo parecido a lo que ya existe en la gran sala de oración de la mezquita de Córdoba.
—No la conozco, ¿tú has estado allí?
—No, pero mi padre tenía una copia de los planos, y los examinábamos con frecuencia.
No me preguntéis cómo los consiguió porque no sabría decíroslo, pero le fascinaba tanto la edificación, que guardaba los planos de muchos edificios importantes.
Los repasábamos cuando decidía abordar cualquier obra por nimia que fuera.
Decía que la utilidad no está reñida con la belleza, y que siempre se puede desarrollar una idea para magnificar lo que es necesario, sin que ello suponga una merma de su utilidad.
Mi padre era un hombre piadoso, y me repetía constantemente que hay que procurar hacer las cosas bien y hermosas, para la mayor gloria de Allah.
— ¿ Te atreverías a hacer un boceto de esas dobles arcadas de las que me hablas?
Si como dices, el resultado es tan grandioso, estable y liviano, al construirlas obtendríamos dos importantes beneficios: tendríamos la gran sala de recepción que pretende el sultán, al tiempo que equilibraríamos con otro gran volumen a la actual torre de Comares, haciendo que el conjunto visto desde el exterior, resulte más armónico.
—Si me dais algo de tiempo, creo que sí.
Me costará, pero no es imposible. Habrá que hacer bastantes cálculos y necesitaremos materiales especiales, pero confío en poder solventar los inconvenientes —le miró fijamente —.
Señor, ¿sabéis si el sultán guarda fustes y capiteles antiguos que podamos reutilizar?
Esas columnas son bellas y fuertes porque son de mármol, están bien construidas, y han demostrado que aguantan muy bien el paso de tiempo; pero, sobre todo, si ya están hechas, abarataríamos mucho los costes
—No lo recuerdo —se enderezó, y añadió resuelto—. Vayamos a visitar los almacenes de la alcazaba, a ver qué encontramos. Quizás hallemos algo que nos venga bien y, si por añadidura logramos reducir los costes de la ampliación, el sultán se alegrará mucho.
Salieron hacia la al cazaba. Munir tenía la vaga idea de que, en alguno de los almacenes, había visto guardadas columnas antiguas que quizás pudieran ser reutilizadas.
Cuando llegaron y tras inspeccionar tres recintos, al fondo de una pequeña dependencia encontraron arrumbados fustes de mármol blanco, capiteles corintios y algunas basas.
Los examinaron de cerca: los capiteles estaban algo deteriorados, pero Munir decidió que, tras un pequeño repaso por los canteros, servirían para sustentar la primera arcada. Se dirigió a Kamal:
—No hay demasiados, ¿crees que serán suficientes? Toma nota de lo que hay y volvamos al trabajo. El deseo del emir es que la obra ejecute cuanto antes, así que tendremos que hacer muy rápido los bocetos, para poder mostrárselos en cuanto regrese.
Al regreso de la inspección, Munir iba francamente animado.
La idea de poder enseñarle al emir algo tan sorprendente como espectacular, le elevaba el espíritu después de tantos quebraderos de cabeza.
Supuso que, si el proyecto era de su agrado, le recompensaría generosamente y se afianzaría su posición como alarife mayor.
Descansó su mano en el hombro a Kamal, era una suerte que Allah se lo hubiera enviado porque aquel muchacho, además de ser una gran ayuda, sería un digno sucesor cuando él tuviera que retirarse.
Iban caminando por mitad de la calle, cuando Kamal lo distinguió entre el gentío.
No sabría decir si lo que de verdad llamó su atención fue el rápido quiebro que hizo para ocultarse, o quizás fuera sus angulosas facciones que, fruto del miedo que le inspiraba, tenía grabadas a fuego en su memoria; pero el caso es que se puso alerta en cuanto vio que el hombre que le había estado siguiendo desde su llegada, avanzaba hacia ellos ocultándose entre el gentío.
Instintivamente echó mano a su alfanje y se retrasó por si tenía que huir, esperó con los músculos tensos y sin saber cómo, el hombre desapareció de su vista.
Cuando al fin lo localizó, ya era demasiado tarde: vio brillar un arma y aunque empujó al alarife, no pudo evitar que recibiera una gran cuchillada en el antebrazo.
Al ver la escena, Alí gritó pidiendo que detuvieran al agresor y corrió tras él, mientras que Kamal se acercaba a socorrer a su jefe: la herida era demasiado grande y profunda y, tras unos instantes de estupor, Munir cayó redondo al suelo.
Se agachó para improvisar una venda con su fajín, pero la sangre no dejaba de manar, y los viandantes su arremolinaron a su alrededor para curiosear más de cerca.
Estaban cada vez más encima y le dificultaban los movimientos, así que gritó para que le dejaran más espacio; aunque solo consiguió que se movieran cuando volvió Alí y a fuerza de empellones, consiguió despejar el sitio.
Entre los dos consiguieron levantarlo, le llevaron a su casa y al entrar, Alí pidió a gritos un médico, mientras Kamal intentaba contener infructuosamente la hemorragia.
Pasó un rato sin que nadie supiera qué hacer, hasta que regresó el esclavo que habían mandado en busca del galeno, diciendo que estaba en el Generalife con el emir.
Kamal, desesperado, pidió que fueran a buscar otro médico, pero Alí contestó compungido:
—En mi familia nunca hemos tenido dinero para pagar a un médico. Solo conozco a una vieja curandera, pero a juzgar por la importancia de la herida, desde ahora te digo que no podrá salvarlo. Si sirve de algo, de oídas sé que hay un médico muy reputado que vive en la judería.
— ¡ Vete a buscarlo y date prisa! El alarife está perdiendo demasiada sangre y como no le atiendan pronto, morirá.
Partió a la carrera mientras él trataba de auxiliar a Munir, incapaz de detener aquella sangría.
Empezó a sentirse impotente por su ignorancia.
El tiempo pasaba y a pesar de sus esfuerzos, la sangre manaba sin parar: ¡Ya no sabía qué hacer!
Vio que al herido le abandonaban las fuerzas y se quedaba inerte, y la desesperación acabó por dejarle totalmente paralizado.