Chapter 16
Entraron y salieron de varias tiendas, pero las esteras que les mostraban no le gustaron a Alí que las desechaba sin apenas mirarlas: unas eran cortas, otras demasiado bastas y arañaban, las de más allá muy finas y no aislaban del suelo…
A todas les ponía pegas, hasta que Kamal comprendió lo que de verdad deseaba. Le preguntó:
— ¿ Te gustaría que nos acercáramos a los almacenes del Genovés ?
—Buena idea. Seguro que allí encontramos lo que andamos buscando, y de paso podemos echar una buena ojeada a su mercancía. Cuando llegue el momento de comprar las demás cosas que necesitamos, sabremos lo que tiene y a qué precios.
Kamal sonrió para sus adentros. Empezaba a conocer a Alí, y su carácter impulsivo y un poco manipulador que le llevaba a ingeniárselas para salirse siempre con la suya.
Entraron en la tienda del Genovés, que en cuanto vio que Alí traspasaba su umbral con un aspecto tan pobre, se acercó a la carrera enfurecido.
Pietro era regordete, de corta estatura, lento de movimientos y de mediana edad.
Pero la ira que le produjo ver que aquel chico se atrevía a entrar en su tienda, le dio alas y corrió hacia ellos manoteando y gritando con malas maneras.
Alí se anticipó y antes de que dijera alguna inconveniencia imperdonable, comentó en un tono cordial:
—Señor Pietro, os presento a Kamal, la mano derecha de Munir, al que sin duda conoceréis porque es el alarife mayor de la Alhambra.
A mí también me han ascendido, y ahora soy su ayudante.
El señor Kamal precisa acondicionar su nueva vivienda, y le he insistido para que viniera aquí con la promesa de que vos tenéis los mejores productos y los precios más baratos.
El Genovés cambió de actitud como por encanto. Destensó la cara y trocó la mirada furiosa, por una aduladora en la que se podía adivinar el brillo de la codicia. Con una gran sonrisa, se inclinó ante Kamal en servil reverencia:
—Pasad, mi señor, que estoy a vuestra entera disposición.
¿Qué deseáis ver? Aquí tengo todo tipo de géneros, y estoy seguro que encontraréis cualquier cosa que os sea precisa.
Tengo desde las más delicadas sedas a las joyas más hermosas; también alfombras, cojines, muebles, camas…
¡Mirad qué mesa! — dijo mostrándole una preciosa mesa taraceada con maderas de limoncillo, naranjo y nácar—.
Y observad este juego de té, es de plata y está primorosamente labrado.
¿Y qué me decís de esta escribanía?, es digna de un califa, y no encontraréis nada más exquisito en toda Granada —dijo mientras abría la caja para que pudiera observarla con detalle
Al verla, Kamal se quedó extasiado, nunca había visto algo parecido. El Genovés se dio cuenta de lo que le había gustado, e insistió en ponderar las virtudes de tan delicada pieza:
—Acercaos, mi señor, y repasadla con cuidado —insistió—.
Se vende dentro de esta preciosa caja tallada que, como veis, tiene un cajón oculto para guardar los escritos.
Mirad —dijo pulsando el resorte que abría un estrecho cajón situado en un doble fondo—, aquí podréis dejarlos y si os fijáis bien, en el interior de la caja tiene un espacio reservado para la escribanía, y otros tres compartimentos destinados a guardar las plumas, los cálamos y los cortaplumas, los tinteros y los polvos secantes. ¿No os parece digna de un príncipe?
Kamal se aproximó para examinarla bien y comprobar su funcionamiento. Abría y cerraba el cajoncillo con una sonrisa, mientras que acariciaba la tapa con la otra mano: le tentaba poseer semejante maravilla. No lo pudo evitar y le preguntó a Pietro:
— ¿ Cuánto cuesta ?
—Poco, mi señor. Tened en cuenta que se trata de un trabajo extraordinariamente fino, y será vuestro por un solo dinar de oro.
—Ahora no puedo pagarlo. Mi casa está vacía, y precisamos desde unas simples esteras hasta el último cacharro de cocina. Acabo de empezar a ejercer como alarife, y no tengo ahorros para adquirir todo lo que necesito al mismo tiempo.
—Pero podríamos llegar a un acuerdo. Decidme, ¿conocéis personalmente al emir?
—Aún, no. Ya os hemos dicho que me estoy mudando, porque acabo de ser nombrado alarife ayudante. Por eso necesito todo tipo de muebles y enseres para mi nueva casa. ¿Por qué lo preguntáis?
—Veréis… Supongo que antes o después, acompañaréis a Munir a sus reuniones con nuestro Sidi —amplió su sonrisa mientras entornaba los ojos— Que tengáis acceso al sultán, es importante para mí porque si vuestras ideas le agradan, os tomará afecto y podréis acceder libremente al palacio.
Si vos quisierais informarme de los embajadores que recibe, conocería de antemano a mis posibles competidores en la adquisición de productos para la exportación.
Eso me permitiría tomar medidas para salvaguardar mis intereses en las ventas de la Alcaicería, y yo a cambio os recompensaré generosamente por vuestro gesto.
—Lo que me pedís, es prematuro afirmar que ocurra algún día. Os digo que hoy por hoy, no conozco al emir ni frecuento el palacio, así que no estoy en condiciones de garantizar que mis servicios lleguen a seros útiles.
El Genovés se rascó la cabeza mientras pensaba, miró fijamente a Kamal y tomó una decisión.
—Me arriesgaré. Presiento por vuestra forma de comportaros, que ese día no tardará en llegar.
De todos modos y ocurra o no, voy a haceros una oferta que será válida, aunque lo que os propongo nunca llegue a suceder.
Si me compráis a mí el ajuar y el mobiliario completo de vuestra casa y el gasto es importante, con gusto os regalaré la escribanía, aunque nunca podáis facilitarme la información que os pido.
Mirad, voy a retirarla de la venta, y os la guardaré hasta que llegue el momento.
Podéis venir cada vez que cobréis, y yo os iré surtiendo de cuanto os sea preciso.
Al finalizar vuestras compras, en agradecimiento por habérmela hecho íntegramente a mí y a la cuantía del gasto, podréis llevárosla sin abonar nada.
—De acuerdo. Confío en vos, y en que al final me regalaréis esta hermosa pieza. De momento, muéstranos unas esteras y algunos cojines, que es lo que necesitamos con más urgencia.
El Genovés se frotó las manos, clientes como ese querría todos los días. Se esforzó por mostrar sus productos como si estuviera atendiendo a grandes señores, y Alí no tuvo dificultad en encontrar lo que andaban buscando.
Salieron de la tienda provistos de esteras, cojines, cacharros de cocina, el aguamanil, la jofaina, el anafre…
En fin, los utensilios imprescindibles para empezar a hacer de la casa un lugar habitable, y sin entretenerse se acercaron a uno de los tenderetes en los que vendía alimentos preparados; cuando ya podían cargar con más, regresaron a su casa.
Al llegar, vieron sentada en el escalón de acceso a una mujer mayor de cara arrugada que, al verlos detenerse frente a la puerta, se puso de pie y preguntó:
—Perdonad, ¿quién es el nuevo alarife? Mi señor Munir me envía para que le sirva.
—Soy yo —miró a su amigo—. Y él es Alí, mi ayudante. ¿Quién lo pregunta?
—Soy Habiba, y por orden de mi señor desde ahora estoy a vuestro servicio. Me ha enviado para que me ocupe de la casa, y tengo instrucciones de atenderos en todo.
Entraron, y Habiba tomó posesión de la vivienda.
Sabía que, pese a ser una simple sirvienta, el hecho de que allí no hubiera señora, le confería un estatus del que nunca había gozado.
Les preguntó si deseaban que preparara la cena y cuando contestaron que ya habían comido, extendió las esteras para que pudieran descansar, y acto seguido se fue a colocar las compras en las alacenas.
Ellos se retiraron a dormir, que el día siguiente se presentaba tan incierto como excitante.