El legado del alarife Chapter 15
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Chapter 15

En cuanto atravesó el umbral, el sol le cegó y casi tropieza con Abdul, que permanecía sentado en el escalón de la puerta medio adormilado. El esclavo se puso rápidamente de pie, y se inclinó ante él disculpándose:

—Perdonadme, mi señor. No he debido sentarme donde pudiera interrumpir vuestro paso. ¿En qué puedo serviros?

—Deseo ver a mi esposa. No la he visto en toda la mañana, y quiero saber cómo se encuentra.

—No os preocupéis, en seguida le mando recado con una esclava. Si queréis descansar juntos, en el jardín estaréis más cómodos y frescos porque tiene un gran emparrado que da sombra, y fuentes que refrescan el ambiente. Si me lo permitís, os conduzco hasta allí y luego le envío el aviso.

Al paso ordenó a los sirvientes que llevaran una alfombra y cojines para que pudieran sentarse, y le llevó hasta un jardín hermosísimo.

Parecía un milagro que, en un lugar tan caluroso, pudiera crecer un vergel tan exuberante: naranjos, limoneros, palmeras, glicinias, damas de noche…

En torno a cada pequeña fuente, grupos de macetas multicolores alegraban la vista y perfumaban el ambiente.

Le condujo hasta el emparrado. El servicio se había apresurado a obedecerle y ya preparaba el lugar, así que se fue a ordenar que mandaran el aviso a Fátima, que llegó poco tiempo después moviéndose con las dificultades propias de su avanzado estado de gestación, pero por lo demás, con los ojos brillantes de alegría.

Kamal se levantó solícito para ayudarla.

No eran frecuentes tener ese tipo de gestos hacia las mujeres, pero el amor que sentía por su esposa y el ejemplo de su padre, le impulsaban a tenerlos constantemente.

—Esposo, espero que la mañana te haya sido provechosa —preguntó en cuanto estuvieron a solas.

—Más de lo que esperaba. Recuerdo con claridad los hechos, y voy seleccionando lo que debo escribir para que nuestro hijo comprenda la trascendencia de su legado.

Siento haber tardado en llamarte, pero sabes que debo concluir cuanto antes mi escrito y con lo compleja que ha sido mi vida, no me resulta fácil determinar lo que es verdaderamente importante. ¿Cómo te encuentras?

—Feliz, como siempre que estoy a tu lado. Pero si lo que te preocupa es el estado de tu hijo, está inquieto, parece que tiene prisa por conocer a su padre.

Vieron acercarse a la esclava de Fátima. Traía una jarra con agua fresca perfumada de rosas, cuencos y unos albaricoques frescos. Se dirigió respetuosamente a Kamal:

—Mi señor, el almuerzo está dispuesto, y el amo Yusuf os espera para comenzar. No os preocupéis por vuestra esposa, yo permaneceré a su lado para atenderla.

Kamal besó la frente de Fátima, y se dirigió a la estancia semiabierta en la que solían disponer la comida. Mientras picaban unos frutos secos y esperaban a que les sirvieran, Yusuf comentó:

—Esta mañana me he reunido con los principales de nuestra comunidad, para informarles de tu llegada.

¡No sabéis la alegría que han tenido al enterarse de que os encontráis bien!

Me han repetido hasta la saciedad que podéis contar con sus personas y sus bienes, y no temo equivocarme si digo que solo esperan conocer tus deseos para cumplirlos.

—Agradezco tus desvelos, Yusuf, pero antes de decidirme, he de estudiar bien la situación y calibrar las posibilidades reales de éxito.

La prudencia y la diplomacia deben guiar mis pasos.

No me basta con saber que cumplo la voluntad de Allah, también debo prever las traiciones de los hombres, pues ya las sufrieron en el pasado mis ancestros —ladeo la cabeza—.

Aunque todos sabemos que un comportamiento falaz supone la condenación, nadie puede ignorar que, por tratarse de comportamientos de los hombres, tal posibilidad siempre existe.

Yusuf le escuchó atentamente, y añadió pesaroso:

—Sabias palabras, querido sobrino, no volveré a importunarte con mi impaciencia. En el futuro me limitaré a seguir tus instrucciones, y que la ira de Allah caiga sobre mí si vuelvo a insinuar que adelantes tus planes.

—No seas tan duro contigo mismo, sé que solo te ha movido el ánimo de ayudarme.

Pero en mí está la responsabilidad de actuar con tanta determinación como prudencia, porque se avecinan tiempos difíciles, y debo guiar a mi pueblo para que esquive los más duros escollos —hizo una pausa—.

Según me dijiste, los árabes son la minoría mayoritaria de Fez, pero ni contando con la voluntad y el esfuerzo de todos, seríamos suficientes para alcanzar nuestros objetivos.

Debemos asegurarnos el apoyo de buena parte de la población, o al menos que permanecerá neutral cuando llegue el momento.

No hay tanta prisa, querido tío. Después de siglos de espera, lo importante es no errar el camino —le dirigió una penetrante mirada—.

Yo vengo del reino de Granada, y puedo asegurarte que el peor enemigo del islam fueron los propios nazaríes que, con sus conjuras y guerras internas, posibilitaron la derrota.

No puedo cometer el mismo error, Allah nunca me lo perdonaría.

—Me inclino ante lo acertado de tu criterio y lo reitero: en lo sucesivo me limitaré a obedecer, y no manifestaré ninguna opinión salvo que me lo pidas. Dime, ¿en qué más puedo ser útil a tu causa?

—Ya lo haces brindándome tu hospitalidad.

Por lo demás, me parece una buena iniciativa que propicies una reunión con los árabes principales.

Pero tendremos que posponerla hasta dentro de un par de semanas pues, como te he dicho, lo urgente es preservar mi legado dejándolo por escrito para mi hijo.

Esta tarde seguiré con mi trabajo y si todo marcha bien, lo habré concluirlo en ese plazo.

Después del té, Kamal se retiró para reanudar su tarea.

Reclinado en los cojines y con la mirada perdida, recordó la fascinación de Alí cuando acompañados de Munir, entraron por primera vez en su nueva casa: era muy espaciosa.

Tenía tres estancias con alcobas laterales en ambas plantas, además de un patio con alberca flanqueada por setos de arrayanes; justo en el centro, una fuente alegraba la vista y refrescaba el aire.

En la esquina del fondo, una coqueta escalera de friso azulejado, permitía el acceso a la planta superior.

Contaba también con letrinas y una pequeña cuadra; sin duda era más grande de lo que necesitaban .

Alí se quedó extasiado. Para él era mucho más que una hermosa casa, era el palacio en el que jamás soñó vivir como señor del mismo. Preso de una gran excitación, entraba y salía de las habitaciones sin poder parar quieto, hasta que se detuvo y preguntó:

—Kamal, ¿cómo quieres que nos organicemos?

Si te parece bien, podíamos pedirle autorización a Munir para ir al zoco a comprar lo más necesario.

Podríamos acercarnos a los almacenes de Pietro el Genovés, no sabes las maravillas que tiene, es un gran comerciante, y allí encuentras las más bellas sedas que se tejen en Al-Ándalus.

Pero no creas que solo vende telas costosas, también aguamaniles, alfombras, cojines, cofres taraceados, espejos, joyas, especias…

Cualquier cosa que le pidas, seguro que el Genovés la tiene de todas las calidades imaginables.

Hace tiempo que entré a curiosear, pero viendo mi pobre aspecto, me echó de mala manera y no volvió a permitirme el paso.

Pero ahora es distinto, tú eres un hombre importante y vamos a comprar, así que tendrá que tratarnos como a unos buenos clientes.

—No pierdas la cabeza, antes tendremos que comprobar el estado de nuestra bolsa.

No olvides que no puedes gastar demasiado porque tienes ayudar a tu familia así que, de momento, solo compraremos lo más imprescindible: unas esteras en las que dormir, hasta que los ahorros nos permitan comprar catres y jergones.

Algunos almohadones, un aguamanil con su palangana para el aseo, un anafre, y los cacharos de cocina más necesarios para hacer los guisos.

No podemos despilfarrar porque conviene que guardar dinero para comprar libros, y ya sabes que son muy caros.

El resto de lo que necesitemos, ya lo iremos adquiriendo con el tiempo.

Ahora nos pagarán más por nuestro trabajo, y no tendremos que esperar demasiado.

Alí asintió con gesto compungido. Se avergonzaba de su impulsividad, y de que Kamal hubiera tenido que llamarle al orden para que pusiera los pies en la tierra.

—Discúlpame. Estoy tan emocionado, que por un momento olvidé lo que es importante. Pero no me volverá a pasar, y en lo sucesivo procuraré no soñar despierto.

—No es malo soñar. Si no lo hiciéramos, los hombres nunca hubieran podido crear los ingenios de los que disponemos, y la humanidad no habría prosperado.

Además, en los sueños se encuentra la belleza, la música, la poesía, y todo aquello que sirven de alimento al espíritu.

Pero debemos pensar rectamente y comprender que hay un tiempo para todo —le dirigió una mirada franca buscando sus ojos—.

No te digo que dejes de soñar, eso no sería bueno para ti, solo te digo que debes hacerlo en determinados momentos, y que nunca debes confundir los sueños con la realidad.

—Gracias por el consejo, tampoco lo olvidaré.

Paradójicamente, aquella no fue la mejor noche de sus vidas. No había nada en la casa salvo sus ropas y con tanto ir y venir, los puestos callejeros de comida habían cerrado.

Al día siguiente a levantarse, fueron directos a construir el nuevo muro del palacio.

El hambre, la excitación y las ganas de agradar a Munir, dieron alas a Alí y a media tarde estaba concluido el trabajo.

Cuando el alarife se presentó a inspeccionar la obra, dio el visto bueno y dijo muy satisfecho:

—Os voy a echar de menos como albañiles, hay pocos que tengan vuestra rapidez y destreza —hizo una pausa mientras miraba detenidamente el trabajo, y luego se dirigió a Kamal—.

Mañana os espero en mi casa, quiero enseñarte el proyecto y los cálculos que han hecho los matemáticos sobre la ampliación del palacio.

Me gustaría conocer tu opinión, y sobre todo escuchar tus sugerencias.

—Allí estaremos —contestó resuelto Kamal—. Ahora quisiéramos pediros algo… Ya que hemos terminado el trabajo, si nos dais permiso, nos gustaría acercarnos al zoco para comprar comida y otras cosas que necesitamos. Llevamos todo el día en ayunas, y tenemos que comer para seguir rindiendo.

— ¡ Por supuesto! No había reparado que como ya no vivís en el barracón , no tenéis a nadie que se ocupe de esos menesteres.

Os enviaré a una sirvienta de mi casa para que os atienda, hasta que contratéis a una propia.

Así , al volver del trabajo, os encontraréis la comida preparada y la casa limpia.

Lamento mi imprevisión y podéis marcharos, que seguro que estaréis desfallecidos —se dirigió a Alí—.

Antes deja la esportilla con las herramientas en el barracón, que la van a necesitar tus compañeros.

Luego podéis ir a comprar lo que queráis.

Fueron a dejar las herramientas y al llegar al barracón, notaron un agradable olor a guiso de legumbres. Llamaron a la puerta y les abrió Bilal que, al verlos parados frente a él, preguntó:

— ¿ Qué hacéis aquí ? No me digáis que el alarife ha cambiado de opinión, y volvéis a ser unos simples albañiles.

—Ni muchísimo menos, solo venimos a dejar las herramientas —contestó Alí dándose importancia. Se tocó el estómago, y se atrevió a pedirle—. Bilal, ¿nos dejarías probar un poco de ese delicioso guiso que estás haciendo? No hemos comido desde ayer.

—No está terminado, pero si tenéis hambre, no os importará que las legumbres estén algo duras. Pasad, os voy a separar un poco en una escudilla para que lo demás sigan cociendo, que ya sabéis que los compañeros las prefieren muy blandas.

Pasaron, se sentaron en torno al plato y con la ayuda de unas tortas de pan ácimo, se comieron lo servido al instante. Alí sonrió satisfecho:

—Esto es otra cosa —dijo tocándose el estómago—.

Las tripas me rugían como una jauría de fieras, y no podía pensar en nada que no fuera comida.

Gracias Bilal, estaban muy buenas. Y ahora, discúlpanos, tenemos que ir a comprar las esteras y algunos alimentos.

Otro día volveremos, y te traeré un regalo para agradecerte tu generosidad.

El Aguador les acompañó hasta la puerta, y más reconfortados por el plato de comida caliente que acababan de ingerir, se dirigieron al zoco.