Chapter 12
Kamal abrió los ojos y se encontró solo ya que, siguiendo su costumbre, Fátima había abandonado el lecho sin hacer ruido. Salió de la alcoba, y haciendo guardia ante su puerta encontró un esclavo que nada más verle, se inclinó ante él y dijo con respeto:
—Mi señor, me llamo Abdul. Os informo que la estancia en la que podéis trabajar se halla ya dispuesta, y que el desayuno se os servirá en la estancia principal de la planta baja, en cuanto vos lo ordenéis. Permitidme que sea yo quién os conduzca hasta ella.
Bajó con la intención de desayunar con su anfitrión, pero no pudo hacerlo porque Yusuf había salido, y solo el esclavo permaneció a su lado mientras lo hacía.
Cuando concluyó, le condujo a otra estancia decorada con un hermoso zócalo de dibujos geométricos, en la que ya se hallaba dispuesta su escribanía.
En cuanto se quedó solo, cerró los ojos para concentrarse en sus recuerdos.
Le llevaron al momento en el que observaba la cornisa de la que se había desprendido la gran lasca de piedra.
Sin duda, si aquel día salvó la vida fue gracias a Alí, que le apartó de su trayectoria de un rápido empujón.
Lo recordaba perfectamente y sí, la viga que sustentaba aquella pesada piedra, estaba casi aserrada.
De hecho, solo estaba astillada en una pequeña parte, porque el resto era un corte limpio sin la menor señal de podredumbre.
En aquel momento prefirió no compartir sus conclusiones, y se limitó a agradecerle la intervención a su compañero.
—Gracias Alí, te debo la vida. No sé cómo podré pagártelo, pero si alguna vez necesitas mi ayuda, no dudes en pedírmela.
Alí puso la mano en su hombro y se limitó a contestar:
—Allah es misericordioso, y ha guiado mi brazo para que te apartara del peligro. No te preocupes, claramente no era tu hora, y me ha puesto en tu camino para evitar que murieses.
Continuaron hacia el barracón sin volver a comentar el accidente, pero desde aquel instante supo Kamal que podía confiar en él.
Los días siguientes fueron muy duros. El alarife estaba interesado en comprobar hasta dónde llegaban sus conocimientos, y le fue encargando trabajos cada vez más complejos: probó su capacidad para alinear los muros y mantener el nivel de los andenes, su habilidad con los enlucidos y los losados, su finura en las reparaciones de mocárabes, y finalmente su destreza en el trazado de nuevas conducciones del agua: todo lo hizo a la perfección.
También se dio cuenta que tenía grandes conocimientos de matemáticas y geometría, y como cada vez estaba más satisfecho con sus resultados, daba por hecho que no precisaba ninguna indicación para abordar cualquier tarea.
Pasados dos meses, llegó a la conclusión que poseía la formación propia de un maestro.
Mientras tanto, la inicial simpatía entre Kamal y Alí se fue afianzando, y el agradecimiento por salvarle la vida se transformó en una amistad sin reservas.
Cierto día, mientras Alí se disponían a derribar un muro de palacio para ensanchar una estancia, al echar la herramienta hacia atrás para coger impulso, la maza salió disparada y chocó contra un tapiz colgado en la pared opuesta.
Se acercaron a comprobar los daños, e increíblemente el golpe apenas había hecho una ligera mella en la pared que, al recibir el impacto, se había girado dejando medio entornada una puerta oculta.
Se miraron perplejos. Kamal notó que una ligera corriente de aire salía por la abertura, y al acercarse vio que el otro lado estaba débilmente iluminado. Pegó el ojo todo lo que pudo, y alcanzó a ver lo que parecía el arranque de una angosta escalera que permanecía en silencio.
—Alí, mira aquí, ¿ves lo mismo que yo?
Acercó el ojo y exclamó asombrado:
— ¡ Hemos descubierto un pasadizo! Mi padre me habló de ellos. Decía que en la Alhambra hay muchos, aunque siempre creí que se trataba de cuentos para asustar a los niños. Pero no, ahora veo que existen de verdad .
Permanecieron un rato sin reaccionar, hasta que proveniente del fondo oyeron el ruido de unas pisadas que se acercaban: alguien estaba subiendo la escalera.
Se asustaron, e instintivamente hicieron fuerza con el hombro hasta colocar la pared en su sitio y sin perder más tiempo, repararon los pequeños desperfectos antes de continuar trabajando.
Aquella mañana apenas hablaron. Parecía como si hubieran hecho un pacto de silencio, porque ninguno se atrevía a comentar el incidente: tenían claro que habían averiguado lo que debía permanecer oculto, y que era peligroso que alguien supiera de su descubrimiento.
Cuando creyeron que nadie les oía, Alí hizo acopio de valor y le susurró al oído:
— ¿ No sientes curiosidad por saber dónde lleva ?
—Alí, no es prudente que hablemos sobre ello, y menos aún que entremos a curiosear.
Debemos mantener en secreto lo que hemos visto, porque si llegara a oídos del alarife que estamos al tanto de su existencia, perderíamos el trabajo y nos acarrearía graves problemas.
Olvídalo, y no se te ocurra comentarlo con nadie.
Alí asintió, pero por el brillo de sus ojos supo que no estaba convencido, y que aquél incidente acabaría por marcar un hito en su existencia. Intuyó que antes o después, los subterráneos jugarían un importante papel en su vida.