Chapter 11
Muy temprano, Bayhas se presentó a recogerlos y tras una despedida tan breve como sentida, Isaac le entregó una carta.
—Por favor, cogedla, es una carta de presentación para mi buen amigo Abraham Bibas, el rabino del que ayer os hablé.
En ella le cuento que os debo la vida, y le ruego que os auxilie en cualquier cosa que preciséis como si de mí mismo se tratara, pues asumiré como propia cualquier petición que le hagáis.
No sé qué os ha movido a venir hasta aquí y respeto vuestro silencio, pero si algún día necesitáis ayuda o dinero, él se las ingeniará para conseguir que mis hermanos os lo presten.
Kamal le dio las gracias y partieron, aunque al alejarse no pudo lo pudo evitar y volvió varias veces la cabeza con nostalgia: sabía que le iba a extrañar, como lo hizo cientos de veces desde que se separaron en Al-Ándalus.
Su trato suave, su cultura, su tolerancia, sus profundos conocimientos sobre medicina, su pericia como cirujano …
Era un hombre de paz del que había aprendido mucho, independientemente de su raza y de su religión .
Le vinieron a la memoria las palabras del cadí Jafar: no debemos ser crueles y odiar a los cristianos.
Allah no prohíbe que seamos buenos y equitativos con quienes nos han combatido por causa de la religión, ni siquiera con los que nos han expulsado de nuestros hogares, cuanto menos debemos serlo con los que conviven en paz entre nosotro .
Si esas palabras eran aplicables a los violentos y beligerantes cristianos, con cuánta más razón debían hacerlas extensivas a judíos como Isaac, que era el hombre más pacífico y bondadoso que había conocido en su vida.
El viaje hasta Fez se les hizo muy duro.
Se internaron por un paso entre montañas y según se alejaban de Tetuán, la temperatura subió considerablemente.
Aquella rojiza tierra, desnuda de vegetación, parecía como si desprendiera calor y les producía una creciente sensación de ahogo y, a pesar de ello, Fátima no despegó los labios para proferir ni una sola queja.
Con los ojos entornados y la espalda recta sobre el dromedario, se asimilaba al paisaje como una roca más del camino.
Kamal se volvía constantemente para comprobar si soportaba bien la marcha, e indefectiblemente la encontraba en calma y con la misma postura imperturbable.
Tras seis largas jornadas avistaron Fez, y a media tarde atravesaron una de las puertas de su muralla. Bayhas les condujo a través de una maraña de callejuelas hasta la casa de Yusuf, que les recibió con los brazos abiertos.
El tío de Fátima resultó ser un anciano respetado y entrañable, para el que tenerlos como huéspedes era un regalo del Todopoderoso.
Era un hombre rico que gozaba de una merecida fama de generoso ya que, gracias a sus constantes limosnas, muchas familias comían y ningún musulmán se veía privado de un entierro digno.
Cuando al fin pudo abrazar a su sobrina y a su esposo, estaba exultante, consideraba un honor recibirlos, y estaba dispuesto a gastar todo lo que fuera necesario para que estuvieran cómodos.
A Fátima, nada más traspasar el umbral, le presentó a la esclava que le había asignado para su servicio, y en cuanto a Kamal, le dijo incontables veces que podía disponer de cualquier cosa que le perteneciera, sin ni tan siquiera pedirlo.
Una vez dada la bienvenida, se fijó en el agotamiento que reflejaban sus rostros, y ordenó que los acomodaran para que pudieran descansar antes la cena.
Cuando Kamal entró en el comedor, le habían reservado el diván principal y le sirvieron un auténtico banquete: platillos con bisteeya , tajines de pollo con albaricoques, y un riquísimo cous-cous de cordero aderezado con hierbas aromáticas y especias.
Todo era tan abundante y delicioso, que por un instante se sintió transportado a unos de los fastuosos banquetes de la Alhambra a los que solía invitarle el emir.
Mientras esperaban el té, Yusuf comentó:
—Querido sobrino, me gustaría haceros una petición.
La comunidad árabe arde en deseos de conoceros y, si lo estimáis oportuno, me gustaría presentaros a los prohombres principales.
Podría organizar un banquete en cuanto vos lo autoricéis, si es que decidís acceder a lo que tan encarecidamente os solicito.
—Por supuesto. Cualquier día de la semana que viene, puedes invitarles —hizo una pausa—. Por cierto, yo también deseo pedirte un favor: que me cedas un lugar tranquilo para escribir sobre mi legado. La prudencia me obliga a ser previsor, ya que mi futuro solo lo conoce el Misericordioso.
—Alabado sea el nombre de Allah. ¡Claro que os lo proporcionaré! Considero un gran honor que hayáis decidido hacerlo en mi casa. Mañana lo dispondré, y ordenaré que os faciliten todo cuanto os sea preciso para que podáis culminar con comodidad vuestro trabajo.
Yusuf le miró con reverencia. Todavía no podía creerse que Kamal formara parte de su familia, y permaneció en un silencio expectante a la espera de que manifestara cualquier deseo.
Kamal, consciente de cuanto intimidaba su presencia al anciano, decidió propiciar una relación de cercanía para que se sintiera más cómodo.
—Antes que nada, me gustaría pedirte que mantuviéramos un trato más familiar, ya que por mi matrimonio con Fátima soy tu sobrino.
Además, si no te supone demasiado esfuerzo, me gustaría que me contaras algo sobre esta ciudad y sus gentes.
¿Hay muchos árabes? ¿Conviven muchas comunidades?
¿Se trata de una ciudad rica? ¿Está bien gobernada?
—hizo un gesto de obviedad— Cuanta más información me proporciones, más fácil me resultará cumplir mi misión.
Yusuf asintió, le agradeció incontables veces la cercanía que le pedía, y se explayó contándole que Fez era la capital del reino Wattasí desde que entronizó la nueva dinastía, haría de aquello algo más de veinte años.
Era una ciudad muy rica que contaba con numerosos palacios, casas suntuosas y varias madrazas, siendo su universidad de Qarawiyyin, conocida en todo el mundo occidental por su prestigio.
De ahí que pudieran encontrarse a tantos estudiantes europeos en sus calles, y a tantos sabios viviendo entre su población.
Había experimentado un gran crecimiento desde la llegada de los judíos de Al-Ándalus a los que, para evitar problemas, el sultán autorizó que construyeran el barrio de La Mellah; gracias a ello disfrutaban de una excelente convivencia, y en la ciudad solo se respiraba paz.
De entre los musulmanes, los árabes era la comunidad más numerosa.
Se habían asentado allí después de la revuelta de Túnez, y no habían tenido problemas de convivencia a pesar de que la dinastía reinante era bereber. Concluyó su disertación diciendo:
—Quiero informarte que los prohombres árabes saben de tu existencia, y que están incondicionalmente contigo para cuanto precises.
Y yo el primero, que me considero un gran defensor de tu causa, y sé el gran honor que supone que formes parte de mi familia.
Por esa razón, no pienso escatimar ningún esfuerzo para ayudarte en lo que necesites.
—Gracias, Yusuf. Hablaremos de ello más adelante, porque ahora estoy cansado y quisiera retirarme.
Mañana empezaré a ordenar mis recuerdos, para decidir qué debo contarle a mi hijo para que entienda la responsabilidad que conlleva nuestro legado.
Y sé que conviene que lo haga pronto porque la mejor manera de garantizar que algún día se cumple la profecía, es dejando constancia escrita de ella.
— ¡ Por supuesto! Disculpa si me he extendido demasiado en las explicaciones, ha sido por la alegría de teneros en mi casa .
Kamal subió a su alcoba, y a la luz de la luna contempló el bello rostro de Fátima.
Dormía con una respiración tan ligera y acompasada que parecía un ángel: ¡Cuánta paz transmitía, y qué bendición tan grande era que ella le amase!
Besó su frente con veneración, y se tumbó a su lado a esperar la llegada del sueño.