El legado del alarife Chapter 10
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Chapter 10

Abandonaron la costa por un camino abierto entre las colinas y en cuanto se alejaron del mar, el calor empezó a apretar y el aire se volvió sofocante.

Los dromedarios andaban con un bamboleo que preocupaba mucho a Kamal: ¿cómo le estaría afectando a su esposa?

Se volvía constantemente y la encontraba siempre imperturbable: con los ojos bajos y la espalda erguida.

Una postura muy suya, reflejo de la gran dignidad que dejaba traslucir en cada uno de sus movimientos.

Se tranquilizó, parecía que aguantaba bien el viaje.

Tras casi dos días de marcha, divisaron unas montañas cubiertas de vegetación que atravesaron por un paso y al atardecer del cuarto día, tenían a la vista el monte Dersa y la ciudad de Tetuán.

Al aproximarse a las murallas, Bayhas detuvo la caravana y ordenó acampar, pero en cuanto ellos trataron de apearse, el caravan-bachi retuvo sus monturas y le sugirió a Kamal:

— ¿ No preferís pasar la noche en casa de vuestro amigo?

Si os parece bien, puedo acompañaros y recogeros al amanecer.

Todavía queda mucho camino hasta Fez, y a una mujer embarazada no debería sufrir más rigores que los inevitanble —se apresuró a matizar sus palabras, por si Kamal se sentía ofendido por su apreciación—.

No obstante, vos decidiréis lo que es más conveniente para su salud y su seguridad, pero si se tratara de mi hijo, yo no sometería a mi esposa a las bajas temperaturas de las noches del desierto, si no fuera completamente imprescindible.

Aceptó la sugerencia, pero antes de seguir ordenó que le acercaran un pequeño bulto que colocó en su regazo.

En compañía de Fátima, Bayhas les condujo hacia el interior de Tetuán.

Nada más entrar, preguntaron al primer viandante que se cruzaron por la casa de Isaac ben Tata, el médico sefardí que había llegado de Al-Ándalus, y debieron coincidir con un paciente agradecido porque los acompañó hasta la misma puerta de su vivienda.

Les abrió un sirviente al que pidieron ver al médico, y al instante apareció Isaac dando tantas muestras de sorpresa como de alegría: hacía tiempo que no se veían y las noticias que llegaban de Granada, le hicieron temer seriamente por su seguridad.

— ¡ Kamal ! ¡ Qué bendición es gozar de vuestra presencia en mi casa! Agradezco a Yahvé que os haya preservado la vida, y que a mí me conceda la dicha de volver a veros. Pero pasad y descansad, que estaréis agotados del viaje.

Nada más entrar, Kamal le entregó el paquete que llevaba en la mano.

—Isaac, antes que nada, permitidme que os devuelva lo que en su día me dejasteis en custodia y tanto estimáis —dijo alargando el envuelto.

—Gracias, amigo mío, espero que no os haya supuesto demasiado inconvenientes traerlo.

Sabéis que a mí no me lo habrían permitido y si me hubiera descubierto intentado ocultarlo, me habrían condenado a la hoguera por brujería.

Ya sabéis que es prácticamente imposible convencer a esos ignorantes de que tan solo soy un médico, y que este libro no es más que un tratado sobre plantas curativas.

Por eso me atreví a pedíroslo, para ponerlo a salvo de la maldita Inquisición.

—No os preocupéis. Nadie ha registrado mi equipaje, y no me ha supuesto ningún riesgo traerlo.

—Siempre pensé que a vos os resultaría más fácil sacarlo, y es importante que estos conocimientos no se pierdan —deshizo el paquete, y se quedó contemplando el libro como si fuera un tesoro.

Finalmente reaccionó y dijo con una sincera afabilidad—.

Pero honrad mi casa y pasad, veo que pronto vais a ser padres, y vuestra esposa debe estar fatigada después de tan penoso viaje.

Permitid que las mujeres de mi casa se ocupen de ella, porque conviene que reponga fuerzas y descanse todo lo posible.

Dio varias palmadas, y aparecieron dos mujeres a las que encargó disponer un lugar en el que pudieran descansar sus invitados. Fátima las acompañó y por consejo de Isaac, fue a comer algo ligero antes de acostarse. En cuanto se quedaron solos, Isaac preguntó:

—Contadme algo sobre nuestra querida patria, no os podéis imaginar cuánto la añoro.

No creo que, ni mi pueblo ni yo, seamos capaces de olvidarla nunca.

No es que estemos mal aquí porque de acuerdo con vuestra Sharía, gozamos del estatus de protegidos y a cambio de pagar el tributo de la Yizia, el sultán nos garantiza nuestra seguridad y la de nuestros bienes —hizo una pausa—.

En ese aspecto estamos mejor que allí, porque aquí nos permiten practicar nuestra religión y regirnos por nuestro Derecho, algo que hoy día en Sefarad es un sueño imposible —se calló un instante, y le pareció descortés no haberle preguntado todavía por los últimos acontecimientos de su vida—.

Pero habladme de vos… Imagino que, si os habéis decidido a venir, es porque tampoco se os han puesto las cosas fáciles en nuestra tierra.

—No en mi caso, o al menos no lo era en el momento en que decidí partir.

Pero efectivamente, no están las cosas fáciles ni para mis hermanos ni para los vuestros, porque a pesar de sus promesas, los reyes cristianos incumplen constantemente los pactos recogidos en las capitulaciones.

Creedme, los abusos y la injusticia contra nosotros, ganan terreno por días.

Pero no es eso lo que me ha impulsado a venir, sino la certeza de que mi destino me obliga a procurar que los designios de Allah, acaben siendo una realidad.

Puedo aseguraros que a mí no me habían molestado ya que, dada mi condición de alarife, mis servicios les resultan muy útiles, puesto que ellos no comprenden ni saben reparar los mecanismos que abastecen de agua a las ciudades.

— ¿ Tan difíciles están las cosas para los que no somos cristianos ?

—Todo cuanto os pudiera contar, no haría justicia a sus desmanes.

Os resultará difícil creerlo, pero hasta los conversos corren peligro: unas veces, por la avaricia de apropiarse de lo que solo pertenece a nuestros hermanos; otras, porque sus reyes desean que todos se conviertan a su religión para una mejor gobernanza de sus reinos; y las más, por las supercherías de la gente inculta, que confunden los conocimientos sobre farmacopea con la brujería.

— ¿ Tan mal están las cosas ?

—Creedme, estoy siendo prudente. Lo cierto es que, ni los reyes ni los gobernantes, están cumpliendo las condiciones de capitulación.

En cuanto a los conversos de vuestro pueblo, siento deciros que han desatado una auténtica persecución contra ellos.

La inquisición no les da tregua y cuando no les acusan de usura, los tildan de herejes o de blasfemos.

Bien hicisteis en veniros en cuanto que firmaron el decreto de expulsión, aunque esa decisión supusiera tener que malvender vuestras propiedades.

Y digo que hicisteis bien, porque el hostigamiento no cesó tras la conversión de los que se quedaron, puesto que no contentos con la codicia de comprar a bajos precios los bienes de los que os fuisteis, ahora persiguen el capital de los conversos con acusaciones como la de sacrificar niños, judaizar, e incluso ofender a su Dios —negó con la cabeza, apesadumbrado—.

Y lo peor es que dan por cierta y probada cualquier denuncia pues, como os digo, cualquier argumento es bueno para justificar su rapiña.

Isaac se quedó mirándole. Desde que le oyó comentar sobre las obligaciones que le imponía el destino, sentía verdadera curiosidad por saber a qué se refería.

Finalmente optó por ser discreto para evitar situaciones incómodas: eran amigos, se apreciaban de corazón y sabía que por mucho tiempo que pasara, siempre mantendría con él una deuda gratitud.

Pero que la estima fuera mutua, no era óbice para que siempre tuvieran presente que pertenecían a pueblos distintos, y que había cuestiones de las que no convenía hablar porque nunca llegarían a un acuerdo.

— ¿ Pensáis asentaros aquí ?

—No, vamos a Fez. Un tío de mi esposa, Yusuf, es un hombre respetado y generoso que nos ha ofrecido su hospitalidad. Él fue quien envió la caravana a Tánger para recogernos.

— ¿ Conocéis Fez? Allí hay una comunidad judía muy próspera.

Muchos proceden de Sefarad, y cuando fuimos expulsados trajeron documentadas en letras de cambio buena parte de sus fortunas.

Gracias a ello, lograron burlar la prohibición real de sacar oro y plata del país .

Afortunadamente cuando les asaltaron las cabilas, no se las sustrajeron porque como son gente inculta, desconocían su valor.

Así que, al llegar a Fez, recuperaron su dinero y pudieron adquirir propiedades —hizo un gesto de dubitativo—.

No creáis, al principio tanta demanda de bienes creó roces con los hermanos que ya residían allí: subieron los precios y los que se habían empobrecidos por el incendio de la judería , se sintieron amenazados con la llegada de tantos hermanos pudientes.

Pero gracias al buen hacer de mi amigo Abraham Bibas, se promulgaron disposiciones que cortaron los abusos, y se distribuyó a los recién llegados entre las distintas juderías del reino, para favorecer la concordia en nuestra comunidad.

Incluso ante la falta de espacio suficiente para acomodarnos a todos, supo negociar sabiamente con el sultán para que nos diera permiso para edificar otras juderías nuevas —hizo una pausa—.

Es un gran hombre mi amigo Abraham, solucionó el asunto a satisfacción de todos.

Les interrumpieron para anunciarles la cena estaba lista y, mientras comían, Isaac recordó un hecho que quizás fuera del interés de Kamal.

—Nunca adivinaríais a quién me encontré mendigando hace unos días.

—No, a menos que tengáis la amabilidad de informarme.

—A El Zagal . Estaba en la puerta de la mezquita con la mano tendida, y casi no se le reconocí bajo aquellos harapos.

Está ciego y me conmovió tanto verle en semejante estado, que me acerqué a darle limosna.

Hablé con él, le dije que le había reconocido, y le pregunté cómo había llegado a tan triste estado.

Creedme, la historia que me contó es una muestra más de la crueldad de los nazaríes.

Resulta que sus vasallos no le perdonaron su traición durante la guerra, y empezó a temer seriamente que lo asesinaran; por eso vendió sus tierras y se trasladó a Fez.

Amigo mío, fue una mala decisión. El odio que se profesan entre sí los nazaríes, no conoce límite.

En cuanto llegó aquí, el sultán a petición de Abu abd Allah, le encarceló, le quitó cuánto poseía y no contento con ello, ordenó que lo cegaran.

Está huyendo desde que salió de prisión para evitar que lo maten, y malvive de las limosnas que le dan los misericordiosos.

— ¡ Qué situación tan triste! Resulta increíble que el más valiente de los nazaríes y su mejor estratega, se vea relegado a tan baja condición . Pero es el castigo de Allah por sus muchos pecados y me está permitida la piedad, pero no juzgar sus designios . ¿ Sabéis hacia dónde huía ?

—Creo que pensaba marchar hacia Orán. Le di unas monedas y le examiné sus ojos, pero nada pude hacer por él porque se los han quemado.

Es triste comprobar que el ser más abyecto de la naturaleza es el propio hombre, porque es el único que mata y hiere por el gusto de hacerlo, y no por sobrevivir como el resto de los animales —suspiró con resignación—.

Pero no deseo amargar vuestro descanso con historias desgraciadas, así que hablemos de otras cosas que os regocijen más.

Continuaron la cena con una charla más intrascendente, y el tiempo transcurrió disfrutando de la mutua compañía, hasta que llegó el momento de retirarse a descansar.