Chapter 9
Estaba recordando el instante en el que la voluminosa piedra casi le mata, cuando una pelea de gaviotas llamó su atención.
Las aves, atraídas por los restos de comida abandonados en la arena, se los disputaban con saña: « ¡ Qué pena!
Unas aves tan bellas, y que a la menor oportunidad se peleen por rapiñar todo cuanto está a su alcance » — p ensó mientras no dejaba de observarlas.
Le sacó de su ensimismamiento la voz de Fátima:
—Esposo, ha llegado nuestro turno y debemos prepararnos. Los marineros se acercan y no es momento de distracciones, sino de estar pendientes de nuestros fardos para que ninguno se quede atrás.
Asintió, se levantó parsimoniosamente, y le tendió la mano a su esposa que pugnaba por hacerlo sin conseguirlo. Recontó los bultos y a continuación se colocaron al lado de su equipaje, a esperar que los hombres llegaran para llevárselos.
—Alarife —dijo el jefe de la cuadrilla—. En la próxima barcaza embarcaremos sus cosas, así que vaya indicándonos sus bultos porque hay que marcarlos. Los pondremos todos juntos en la bodega, para que no se quede alguno atrás cuando desembarquen.
Kamal los fue señalando, los marcaron, y lentamente los fueron transportando hasta la orilla.
Desde allí, a hombros de los esforzados estibadores, los fueron colocando repartidos entre la popa y la proa de la barcaza; luego subieron ellos y con un tranquilo bogar, los marineros los aproximaron al costado del navío y tras una laboriosa operación, por fin se encontraron a salvo en cubierta.
Kamal se quedó con los ojos fijos en la costa mientras acomodaban sus pertenencias, y fue tal la pena que sintió, que tuvo la sensación de que alguien le estaba retorciendo las entrañas.
Lentamente se alejaron, pero no movió un músculo esperando que el Todopoderoso atendiera su ruego y detuviera el tiempo, para no tener que abandonar su amada tierra.
Pero no, la costa se fue alejando mientras los ojos se llenaban de lágrimas, hasta que pasado un rato se rehízo con el convencimiento de que no hacía más que cumplir con su deber.
Se acercó a su esposa y poniéndole la mano sobre el vientre, le susurró con dulzura:
—Si durante los próximos días paso menos tiempo a tu lado, no creas que es porque quiero ignorarte, es que necesito asegurarme que cuando llegue el momento, nuestro hijo conocerá su legado como es debido. Quizás sea él y no yo, el Elegido por Allah.
Fátima asintió, y permaneció a su lado viendo cómo se alejaban de la playa hasta perderla de vista.
La galeota les llevó hasta Tánger que, a pesar de estar bajo dominio cristiano, era el lugar de recalada más próximo a su destino.
La distancia no era excesiva, pero sí lo fue a duración de la singladura porque la mayor parte del tiempo, la calma chicha y una brisa casi inapreciable, impedían que se inflaran las velas; así que solo conseguían avanzar a golpe de remo.
La voz de cómitre, los golpes de tamborilete y alguna que otra maldición de los galeotes, eran las únicas notas discordantes en el monótono ruido de las paletadas, y a pesar de ello el viaje se les hizo muy corto.
Era duro dejar atrás tantos recuerdos y a tanta familia, pero sabían que era necesario, porque nadie debe oponerse a la voluntad de Allah.
En cuanto el barco ancló, Kamal escudriñó la playa, y se centró en el tenderete levantado en uno de sus extremos: varios hombres tumbados a su sombra parecían dormitar, sin que prácticamente se observara algún tipo de movimiento; próximos a ellos, una treintena de dromedarios descansaban en la arena.
El cielo estaba despejado y la ciudad perecía hermosa, pero no le prestaron atención porque aquel no era su lugar de destino sino Fez, donde el tío de Fátima les acogería como huéspedes de honor.
Botaron sin prisa una barca, y vio cómo se aproximaba al costado de babor.
Los marineros se arremolinaron en cubierta para preparar el desembarco y, tras disponer las cuerdas, empezaron a bajar su equipaje.
No lo pudo evitar, sus pies como si tuvieran voluntad propia, se fue al costado de estribor para divisar por última vez la difuminada costa de la península.
Terminó la descarga, pero fue incapaz de prestarle atención porque seguía con la vista fija en la otra parte del estrecho, hasta que Fátima le tocó suavemente en el hombro y sugirió:
—Esposo, esos hombres llevan mucho tiempo esperando. No deberíamos alargar la maniobra más de lo preciso.
Kamal asintió, echó una última mirada a cubierta para cerciorarse de que no se quedaba ningún fardo de su propiedad, y se acercó a la borda para supervisar el descenso de Fátima.
Luego bajó ágilmente por la escala y se acomodó a su lado, la tomó de la mano, y no despegó los labios hasta llegar a la orilla.
Al pisar tierra, un hombre que se identificó como el caravan-bachi, tras desearle la paz le preguntó:
— ¿ Sois vos el alarife? El tío de vuestra esposa, Yusuf ibn Jafar ben Abi Bakr, me ha enviado a recogeros para conduciros a su casa. Yo soy Bayhas, el jefe de la caravana .
—La paz esté contigo, Bayhas. Lo soy y lamento la espera, pero el viento no ha ayudado mucho durante la travesía. Quiero advertiros que camino de Fez, tendremos que pararnos en Tetuán; allí vive un buen amigo al que deseo devolverle algo. Pero no os preocupéis, porque no os retrasaré.
Bayhas asintió y a una mirada suya, el capitán de distribución ordenó a sus hombres que se pusieran en marcha: cargaron los bultos asegurándolos sobre los dromedarios, les ayudaron a ellos a acomodarse, y emprendieron la marcha sin entrar en Tánger.