El legado del alarife Chapter 7
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Chapter 7

Tras agradecerle la oferta de alojamiento y acompañado por el propio Munir, se dirigieron hacia una de las salidas de la ciudad palatina.

Tomaron una calle flanqueada de suntuosas casas, pero a medida que se alejaban de los palacios, la calidad de los edificios iba disminuyendo.

Torcieron en una esquina y tras circular por un laberinto de callejones, llegaron al barracón.

Llamaron a la puerta, y les abrió un muchacho menudo, contrahecho y cojo al que, sin llegar a traspasar la puerta, el alarife presentó:

—Este es Bilal el Aguador . Acarrea el cántaro para que beban los que trabajan en los lugares donde aún no llega, y se ocupa de comprar y de preparar la comida para los que viven aquí —se dirigió al muchacho—.

Él se llama Kamal y a partir de mañana vivirá con vosotros, así que prepárale un buen sitio.

Bilal le dedicó una amplia sonrisa. Intuyó que se trataba de alguien especial porque de no ser así, el alarife no se hubiera molestado en acompañarle, ni le habría pedido que lo instalara con comodidad. Contestó intentando parecer diligente:

—No se preocupe, señor. Mañana antes de salir, lo dejaré preparado y cuando él venga por la noche, lo encontrará todo listo.

Munir asintió, y volviéndose hacia Kamal le ordenó:

—Vámonos deprisa, van a cerrar las puertas de la muralla y el cadí te espera. Al alba nos encontraremos en el mismo sitio que hoy. Quiero probar tus habilidades en otros menesteres, para ver en qué cometido me resultas más útil.

Se despidieron, y a paso rápido se dirigió a casa del Jafar. Llegó a tiempo de orar juntos y mientras compartían cena y charla, le contó que Munir le habían contratado; añadió muy agradecido :

—Señor, mañana abandonaré vuestra casa, pero nunca olvidaré lo generoso que habéis sido. Si alguna vez puedo seros útil, no importa en qué, sabed que podréis contar conmigo.

—Gracias, hijo mío, no esperaba menos del hijo de Fadil.

Pero nunca olvides que esta siempre será tu casa y que para cualquier cosa que necesites, aquí me encontrarás dispuesto a ayudarte.

No me gustaría que perdiéramos el contacto, por eso te ruego que cuando puedas o te lo permitan tus obligaciones, vengas a visitarme.

Que Allah te bendiga, tu padre estaría orgulloso de ti.

Se retiraron pronto a descansar, pero apenas pudo dormir porque el brusco giro que había dado su vida, le mantenía desvelado. Echaba de menos a sus padres, y solo le consolaba la idea de que estarían juntos en el Paraíso.

Las horas pasaban, y se entretuvo en recrear los momentos vividos con ellos: la dulzura y templanza de su madre, las tardes pasadas junto a su padre leyendo o comentando libros, sus explicaciones, sus reflexiones…

Suspiró, sintió que le podía la añoranza, y una sensación amarga se instaló en la garganta hasta casi ahogarle.

Se levantó para tratar de cortar tanto desasosiego, y a la luz de la luna contempló el fajín y repasó su leyenda: El primogénito de los primogénitos es el Elegido, y es el único que será legítimo.

¿ Qué querría decir aquello? Ya nunca lo sabría porque las dos personas que se lo podrían haber explicado, ya no estaban junto a él .

Tragó saliva, seguía sintiendo la sensación de que una mano invisible le apretaba la garganta asfixiándole, y lloró en silencio hasta que completamente agotado, consiguió recuperar el control .

Pensó en los hombres que le habían destrozado la vida, y no conseguía encontrar sentido a tanta crueldad, porque ningún miembro de su familia había perjudicado a nadie.

Quizás pudo sentirse agraviado Ghalib, pero no tenía razón porque al reclamar su padre el derecho de la alquería al agua de esa acequia, no había hecho más que hacer valer ante el alfaquí lo que les era propio y, como es bien sabido, el que usa de su derecho no le hace daño a nadie.

En cualquier caso, truncar lo que apenas era una mera expectativa, no era de tanta enjundia como para ordenar sus asesinatos.

Poco a poco el cansancio le fue venciendo, y se quedó dormido.

Se despertó antes de salir el sol. Preparó sus escasas pertenencias y cuando oyó a los esclavos trastear en el patio, salió de la alcoba y se dirigió al primero con el que se cruzó.

—He de marcharme. Dile a tu señor que no puedo quedarme porque me esperar el alarife, y no está bien que me retrase en mi primer día de trabajo.

—Aguarde un instante. Mi señor nos ordenó que os preparásemos la comida, y tengo que dárosla antes de abrir la puerta —el esclavo se fue, y a los pocos instantes volvió con un envuelto de viandas.

Kamal salió y se dirigió hacia la Alhambra. Las puertas ya estaban abiertas y al llegar al lugar de la cita, aún no había llegado nadie. Esperó sentado en el suelo, hasta que vio al alarife doblar la esquina acompañado de un joven, y se puso de pie para recibirles.

—Kamal, este es Alí —dijo Munir señalando al muchacho que le acompañaba—.

También vive en el barracón, y hoy se quedará contigo para ayudarte.

Al terminar la jornada volvéis juntos a dormir, porque hoy vais a trabajar en la calle.

No sé qué puede haber ocurrido, pero hay que revisar los cauchiles y los ramales de la acequia que surten de agua al palacio, porque llega al interior con mucha dificultad.

Acompáñanos, voy a indicaros el lugar por donde debéis empezar la revisión, y yo me acercaré al mediodía para comprobar si ya habéis localizado la avería.

Kamal asintió y se fijó en Alí: era moreno de piel, alto, fuerte y aunque algo más joven que él, parecía espabilado y con una sonrisa tan alegre, que le inspiró de inmediato confianza.

Recorrieron la calle real baja y al llegar a un determinado lugar, el alarife se detuvo, consultó un plano y les indicó:

—Bajo esta losa se encuentra el cauchil en el que empieza el desvío de las aguas que van al palacio.

Levantadla, id revisando el recorrido con cuidado y en cuanto detectéis lo que obstaculiza su paso, lo reparáis para que vuelva a fluir con normalidad.

Mientras lo hacéis, ir limpiando el recorrido.

Retirad las piedras o cualquier desperdicio que encontréis porque, ya que hay que revisar el trayecto, vamos a aprovechar para dejarlo impoluto.

Munir se marchó, y Alí se quedó esperando instrucciones. Kamal señaló el cesto que portaba y preguntó:

— ¿ Traes algún palo fuerte que pueda servirnos para levantar la losa ? —el muchacho asintió—. Pues sácalo, vamos a utilizarlo para hacer palanca.

Obedeció, y entre los dos consiguieron dejar al descubierto el cauchil.

Había agua remansada, y Kamal se introdujo para achicarla y examinar el fondo.

Encontró piedras y hojas, pero no en tanta cantidad como para provocar una retención de esas dimensiones.

Limpiaron bien y cuando llegó la hora de comer, tuvieron que informar al alarife que aún no habían encontrado la avería.

Siguieron toda la tarde con la revisión y cuando el sol ya estaba bajo, llegaron a un cauchil próximo al muro exterior de palacio: allí pudieron comprobar que algunos ladrillos del revestimiento, estaban caídos en el fondo, lo que impedía que el agua circulara con normalidad.

Kamal se quedó asombrado, aquel derrumbe no tenía explicación, pero ya era tarde para empezar las reparaciones y decidió dejarlo para el día siguiente. Salió de la arqueta, se lo comunicó a su ayudante para que recogiera las herramientas, y juntos se dirigieron charlando al barracón.

8 LOS COMPAÑEROS

Iban caminando por la calle alta, cuando una sensación extraña le hizo volver la cabeza: alcanzó a ver al hombre que le había estado siguiendo desde su llegada a la ciudad, caminando tras él sin perderlo de vista.

No lo pudo evitar: se paró y se quedó mirándolo fijamente, hasta que el individuo apartó la vista y se desvió en la primera esquina.

Preocupado por no saber si achacar ese encuentro a la casualidad o a cualquier otro motivo que ignoraba, siguió andando en silencio hasta llegar el barracón y al entrar, Alí le indicó las letrinas.

Doblaron el recodo y encontraron a los compañeros sentados en torno a una gran olla de tharid que nada más olerla, Kamal sintió que sus tripas se retorcían de hambre.

Bilal le condujo hasta un espacio despejado del fondo para que se pudiera instalar, y al volver Alí hizo las presentaciones:

—Se llama Kamal y es un gran albañil. Vivirá con nosotros y aunque acaba de llegar, y el alarife ya le ha dado la responsabilidad de una importante obra que afecta a palacio.

Hubo un murmullo de incredulidad, los presentes llevaban muchos años allí y ninguno lo había pisado jamás. Es más, ni siquiera habían logrado pasar de la condición de simples ayudantes, con lo que la noticia les dejó completamente asombrados.

— ¿ Qué obra ? —inquirió curioso Bilal.

—No llegaban bien las aguas a su interior, y nos han encargado detectar la avería y solucionarla.

Pues bien, ya la hemos encontrado, y mañana mismo estará arreglada —dijo atribuyéndose parte del mérito—.

Ya lo veréis, pronto conseguiremos que fluya con fuerza, y Munir quedará satisfecho de nuestro trabajo

— ¿ Sabrás solucionarlo tú solo ? —insistió Bilal dirigiéndose a Kamal.

—Seguro que sí —afirmó rotundo Alí—. Le he visto trabajar, y nunca había visto a nadie tan habilidoso. Sabe cosas de las que ni siquiera hemos oído hablar, y todo lo hace con rapidez y destreza.

La conversación continuó distendida. Kamal había despertado la curiosidad de todos, y le interrogaban insistentemente sobre el lugar donde había adquirido tantos conocimientos.

Contestó de manera tan escueta e inconcreta, que dejó patente su desinterés por dar ningún tipo de explicación, así que la conversación volvió al tema que ocupaba la mayor parte del tiempo de ocio de aquellos jóvenes.

—Muhammad —preguntó uno de los muchachos dirigiéndose al que parecía más mayor—. ¿Cómo van los preparativos de tu boda?

—Bien. Mi madre se ha pasado por los almacenes de Pietro el G enovés, y ya ha encargado las especias para preparar el banquete.

También ha reservado la cama y la colcha, pues según lo acordado en el contrato matrimonial, me corresponde a mí aportarlos —hizo una pausa mientras sonreía satisfecho—.

Pronto reuniré la mitad de la dote y como la casa ya está acabada, podremos fijar la fecha.

— ¿ Tendrás muchas ganas de conocerla ? —insistió.

—Muchísimas. Mi madre me ha dicho que es muy bella y tiene los ojos como los de las gacelas.

Sus dientes son blancos y su voz armoniosa, pero lo más importante es que tiene un carácter dulce y que en su familia siempre han tenido muchos hijos.

No hay duda que será una buena esposa. Mi madre dice que había conocido antes a otras muchachas en los baños, pero ninguna llegó a convencerla hasta que la conoció a ella.

Ya os podréis imaginar que siempre ha deseado verme feliz, por eso no ha parado hasta encontrarme la esposa perfecta —soltó un sonoro suspiro—.

Mi prometida, no solo es de mi misma condición, también es buena y complaciente.

Siempre he creído que la mayor bendición de un hombre, es tener una esposa hermosa y obediente.

—Ya lo creo —dijo Alí—. Una esposa que te acompañe en el Paraíso, y que no desmerezca al lado de las huríes que Allah te tiene preparadas —miró a Kamal y le preguntó—. ¿No opinas tú lo mismo?

Asintió con la cabeza, pero continuó en silencio.

La cháchara que se traían no le interesaba, y no podía evitar sentirse entre ellos como un intruso.

Pero tampoco quería meter la pata con comentarios inoportunos, no fuera a ser que se molestaran, y la convivencia acabara por hacerse muy difícil.

Decidió que lo mejor era permanecer sentado y sonreír, procurando no despegar demasiado los labios.

Cuando todos se levantaron, él hizo lo propio y trató de dormir; pero los recuerdos no le dejaban y en la penumbra, con los ronquidos de sus compañeros sonando de fondo, alargó la mano y palpó su hatillo.

Contenía lo único que le quedaba de sus padres, y con la mano apoyada sobre él acabó por quedarse dormido.

Soñó con sus padres y la fatídica noche en que murieron.

La imagen de los pirómanos lanzando teas sobre los tejados y las azoteas, se le aparecía constantemente como ráfaga de flases, hasta que todo se oscureció y surgió de la nada la cara del hombre que le había seguido.

Le vio aproximarse con una sonrisa siniestra, y sintió tal horror que chilló hasta el punto de despertarse con su propio grito; respiró varias veces y a la luz de la luna que entraba por la celosía, comprobó que allí no corría peligro: sus compañeros dormían plácidamente en sus jergones, y él debía hacer lo mismo para rendir al día siguiente.

Trató de tranquilizarse, solo era un mal sueño y no había razones para estar angustiado.

Recordó los consejos de su madre cuando era pequeño y le asaltaban los terrores nocturnos: « Recuerda que nuestra vida está en las manos de Allah y que debemos confiar en su infinita misericordia » .

Se abrazó a su hatillo para sentirla muy cerca, y más sereno logró quedarse dormido.

Pasó una n oche intranquila. A pesar de estar muy lejos de su querida alquería, tenía la sensación de oler a humo y, en cuanto caía en un sueño profundo, empezaba a oír los gritos desesperados de sus padres; entonces se despertaba de golpe, se incorporaba con los ojos muy abiertos y miraba a su alrededor.

¡Quién lo iba a decir!, la sinfonía de ronquidos actuaba como un bálsamo, porque inmediatamente se relajaba y volvía a recuperar el sueño.

Por fin consiguió dormir más tiempo sin despertarse, es lo que tiene el cansancio físico, que acaba por rendirte a pesar de lo terribles que sean las angustias que te atormentan.