Chapter 6
En cuanto sus ocupaciones lo permitieron, Jafar le llevó a conocer a Munir ben Cecid .
Salieron de la alcazaba vieja y al atravesar los barrios en dirección al Darro, miró al frente y observó impresionado la coracha; comentó su admiración por tan magna obra, y el cadí sonrió al constatar la cantidad de aficiones que compartía con su padre. Le aclaró:
— ¿ La ves? Pues durante años fue la más importante posibilidad de abastecer de agua a la Alhambra.
Pero no creas que es la única obra que existe para ese cometido, ya que ahora es la acequia real la que surte en mayor medida a la ciudad palatina.
Cuando Muhammad I decidió que el emplazamiento más seguro para su ciudad era la Sabika, comprendió que necesitaría más agua de la que se podía acarrear a través de una simple coracha.
Entonces ordenó la construcción de un azud en el curso alto del río y de una acequia que condujera hasta la misma cima del Generalife, pues solo así contaría con un flujo de agua suficiente para cultivar los huertos, mantener los palacios, las mezquitas, los baños, las viviendas…
En fin, todo lo necesario para el funcionamiento de la ciudad que pretendía construir.
Desde entonces, asegurar el abastecimiento de agua constituye una prioridad, y por esa razón la red se va ampliando.
Ten en cuenta que la demanda crece pareja a la construcción y con la población actual, la red primitiva resultaría totalmente insuficiente.
— ¿ Por qué lo decís , señor ?
— ¿ No te acuerdas? Si ya lo hablamos. Son muchos los hermanos que buscan refugio dentro de nuestras murallas y aunque la ciudad es rica, no es fácil integrar al aluvión de personas que constantemente llega.
Kamal asintió. Le asombraba que hubiera alarifes capaces de idear tan magníficas obras y de coordinar los esfuerzos para armonizar la integración de tanta población, sin que por ello la ciudad perdiera ni un ápice de su comodidad y belleza.
Empezaba a descubrirlo, y se iba quedando admirado por el derroche de ingenio que demostraban.
Nada, ni la lejanía de los azudes, ni los barrancos, ni el rápido crecimiento de población era obstáculos insalvables, y la ciudad permanecía hermosa y bien surtida de productos frescos y de agua.
Todo estaba previsto. Incluso en los periodos de carestía había múltiples formas de abastecerse, y siempre se contaba con una gran reserva almacenada en los aljibes y los albercones del Generalife.
Por doquier se veían fuentes, construcciones y ampliación de las instalaciones, todo estaba en movimiento para adaptarse a unas exigencias que variaban día a día.
El cadí tenía razón, los albañiles eran muy necesarios.
Ascendieron hacia la Alhambra y nada más cruzar la puerta, Kamal se paró admirando sus imponentes muros, pero Jafar no permitió que se detuviera y le conminó para que siguiera su paso.
Caminaron por una calle que discurría encajonada entre altas y sólidas murallas, hasta que encontraron a dos soldados que hacían la ronda y les preguntaron por Munir; entonces ellos les informaron que lo habían visto dirigirse a la puerta de la medina de la Alhambra.
Hacia allá fueron y nada más atravesarla, encontraron al alarife gritando a un grupo de trabajadores.
Se pararon en seco, y permanecieron callados a su espalda hasta que el cadí, viendo que Munir no se percataba de su presencia, decidió interrumpirle colocándose justo delante.
Le saludó con una profunda inclinación de cabeza, y se dirigió a él en un tono muy mesurado:
—La paz sea contigo, Munir. Venía a presentarte a Kamal, el hijo de un amigo fallecido que está bajo mi protección. Necesita trabajo y créeme, si decides probarle, te resultará muy útil porque es extraordinariamente hábil. Si le das la oportunidad de demostrártelo, no te arrepentirás jamás.
El alarife le observo y no le pareció mal, tenía el cuerpo fibroso y parecía ágil, cualidades que le hacían idóneo para ese tipo de trabajo, pero sobre todo decidió darle la oportunidad por consideración al cadí.
—Bien muchacho, de momento puedes quedarte.
Durante algunos días estaré cerca para observar tus habilidades, y ya veremos para que sirves en realidad.
Pero quiero advertírtelo, solo en el caso de que me vayas a resultar verdaderamente útil te contrataré, porque no puedo permitirme el lujo de mantener a vagos como estos.
De momento, acompáñame y observa, te iré dando instrucciones durante toda la jornada.
El cadí le agradeció la oportunidad que brindaba a su protegido y, tras recomendar al chico que mantuviera los ojos bien abiertos y fuera diligente, se despidió de él hasta la noche.
Munir retomó la perorata que le estaba dirigiendo a los obreros, seguía muy irritado, y la finalizó en un tono tan áspero como enérgico:
— ¡ Volved a repasar la acequia de la calle alta, no quiero ver ni rastro de las inmundicias que ahora tiene!
Sabéis de sobra que sus aguas son para el consumo de las gentes, así que cuando terminéis, cubrirla y procurad que no queden resquicios por donde puedan colarse desperdicios.
No quiero volver a destaparlas y encontrarme tantísima suciedad, y menos aún animales muertos . ¿ Está claro ?
Los obreros asintieron, y el alarife se volvió hacia Kamal para ordenarle:
—Ven conmigo, vamos a revisar las reparaciones de la sala de la Baraka .
He puesto a unos albañiles nuevos, y no estoy seguro de que estén capacitados para hacer un trabajo tan delicado.
El emir desea aumentar la magnificencia del palacio, pero previamente a la ampliación tenemos que restaurar lo existente, sustituyendo los azulejos más deteriorados por otros nuevos.
Si algún día te ordeno trabajar en palacio recuerda que, al entrar en cada estancia, los visitantes deben percibir el poder de Allah.
Ese es el deseo del sultán y la principal razón por la que me nombró su alarife.
Se dirigieron al Mexuar y, de allí pasaron al palacio de Comares.
Al entrar en el patio, Kamal se quedó extasiado.
La torre se reflejaba en la alberca y parecían existir dos edificios idénticos: uno que se elevaba hacia el cielo, y otro que flotaba en el agua como en un mundo de ensueño.
Nunca había visto algo parecido, y por un instante se quedó embobado contemplando la magia de aquella poderosa imagen; hasta que le sacó de ese estado la voz de Munir que, girando la cara hacia él, exclamó rotundo:
— ¡ Vamos, muchacho, que no tenemos todo el día ! El emir regresará pronto, y para entonces las obras deben estar concluidas .
Kamal reaccionó, pidió disculpas y siguió al maestro.
Se dirigieron a la galería norte y, a través de un arco apuntado de mocárabes, accedieron a la sala de la Baraka: entonces entendió la razón de su nombre.
En los muros revestidos de preciosas yeserías, se repetían una y otra vez el escudo del sultán, y en su interior podía leerse la palabra Bendición y el lema de los nazaríes: « Solo Dios es vencedor » .
El alarife fue directo hacia el grupo de jóvenes que se afanaban ante un zócalo, y se quedó observando el resultado de su trabajo. Dijo muy disgustado:
— ¿ Qué pretendéis? Esos azulejos están torcidos. Tal y como los estáis poniendo, no encajarán con los que no van a ser sustituidos —miró a Kamal—. A ver qué tal se te da a ti, quita la última fila que han puesto estos patanes y colócalos de nuevo.
Kamal puso toda su atención y cuidado, y ejecutó la sustitución a la perfección. El alarife asintió satisfecho.
—Buen trabajo. Veo que eres tan habilidoso como dijo el cadí, y que puedo encargarte los alicatados que exijan una mayor precisión.
Cuando termines, pica y retira los demás azulejos deteriorados para sustituirlos —se dirigió a los albañiles con gesto airado—.
Vosotros venid conmigo, porque os vais a integrar en las cuadrillas que limpian las pozas y acequias, no creo que vayáis a servir para otra cosa.
Salieron y Kamal continuó solo. Pasó la hora de comer sin que nadie apareciera y cuando el sol estaba bajo y las sombras se alargaban, el hambre le roía las entrañas, pero había concluido. Apareció el alarife que tras examinar con detenimiento el trabajo, comentó complacido:
— ¡ Muy bien, muchacho, estás contratado ! ¿ Te alojas en casa del cadí ? Si lo deseas, puedo asignarte un sitio en el barracón de los albañiles jóvenes. El trabajo empieza al alba y si duermes allí, no tendrás que esperar a que abran las puertas de la Alhambra.
Kamal aceptó encantado. No quería ser una carga para el cadí, a pesar de las múltiples veces que le había dicho que no lo consideraba como tal.
Pero era contrario a su educación vivir a costa de nadie y, aunque su benefactor había sido un gran amigo de su padre, no le pareció que esa razón fuera suficiente para cambiar de criterio.