El legado del alarife Chapter 5
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Chapter 5

En cuanto se vio solo, se dedicó a observar la estancia.

Un friso de azulejos vidriados reflejaba la luz y sobre él, en medio de una gran franja de atauriques, se podía leer la siguiente leyenda : Sed justos, porque de esa forma llegaréis a ser piadosos.

Se quedó absorto, nunca había visto nada tan bello, y ni siquiera se atrevió a sentarse hasta que apareció el cadí.

—La paz sea contigo, me han dicho que me buscabas.

¿En qué puedo servirte? —le entregó la carta y en cuanto finalizó su lectura, el cadí le miró con los ojos llenos de lágrimas—.

¡No sabes cuánto siento la muerte de tus padres!

Fadil era más que un amigo, era un hermano para mí —le puso la mano en el hombro—.

No te preocupes. En el futuro esta será tu casa, y mi familia será la tuya.

—Os lo agradezco. Pero sabed que, si estoy aquí, es porque mi padre así lo dispuso.

Insistió en que viniéramos a buscar refugio con vos, aunque no sabría deciros el motivo y, desgraciadamente, nunca lo sabré.

En cualquier caso, no pretendo ser una carga para vos ni para nadie, porque ya soy adulto y a pesar de mi delgadez, soy fuerte y hábil con las manos.

Mi padre me enseñó a preservar mi dignidad con el trabajo, porque ya lo dijo el Profeta: Quién mendiga sin necesidad, es como una persona que sujeta una brasa ardiente en la mano —alzó la vista para mirarle a los ojos— .

Solo preciso que me alojéis hasta que pueda valerme por mí mismo y, si está en vuestra mano, que me ayudéis a encontrar una ocupación con la que poder mantenerme.

—Fadil era un hombre sabio y te enseñó bien.

Me honra que hubiera pensado en mí, y no dudo que tendría poderosas razones para pensar que necesitabais mi protección.

No te preocupes, permanecerás aquí y te ayudaré a buscar empleo.

Solo tienes que decirme tus habilidades, y trataré de encontrarte un trabajo acorde con tu formación.

—Además de estar versado en el Corán y la Sharía, sé cuidar los frutos de la tierra y recolectarlos, reparar acequias y construir.

Siempre me han gustado las tareas de construcción, y las he practicado bastante pues como sin duda sabéis, a mi padre le apasionaban y tenía grandes conocimientos sobre la materia.

Allah me hizo hábil, y mi padre me enseñó las reglas básicas y a pensar rectamente, así que bajo su dirección edifiqué las cuadras de mi alquería , me ocupé de las reparaciones, e incluso construí un pequeño oratorio.

En fin, todo lo necesario para nuestra comodidad, y para que todos los vecinos pudiéramos orar con decoro al Todopoderoso.

—Aquí son muy apreciados los albañiles. La ciudad está en expansión porque los creyentes que expulsan de sus tierras los cristianos, vienen a establecerse entre nosotros.

De hecho, aparte de los palacios, las calles y las casas de la Alhambra, se está edificando mucho en los barrios del Mauror y la Antequeruela —se detuvo a reflexionar—.

No te preocupes, el primer día que me lo permitan mis ocupaciones, hablaré con Munir ben Cedid, que es un hombre piadoso y el alarife preferido del sultán.

Estoy seguro que, si se lo pido, te dará un empleo.

Ahora come y descansa, que se aproxima el momento de la oración y necesitas reponer fuerzas.

Kamal agradeció sus bondades, y el cadí ordenó que les sirvieran un refrigerio.

Mientras picaban unos frutos secos, el muchacho le fue contando detalles de su rutinaria vida en la alquería y, sobre todo, del conflicto con Ghalib.

En esas estaban, cuando oyeron la voz del muecín llamando a la oración.

Se fueron juntos, y por el camino muchas personas les paraban para saludar al cadí, hasta que les detuvo un hombre de mediana edad.

—Cadí , disculpad que os aborde de manera tan poco apropiada, pero preciso haceros una consulta con urgencia.

Mi nombre es Abu ibn Said ben Soraichí. Imagino que mi estirpe os es conocida, pues pertenezco a la más importante familia de fabricantes de seda de Granada.

Pero no deseo consultaros sobre las reglas que rigen nuestro oficio, sino sobre otro asunto que para nosotros es de vital importancia.

Resulta que antes de su matrimonio, yo era el tutor de mi sobrina Nasile, que ahora quiere divorciarse porque su marido se ha vuelto a casar en contra de lo pactado en el contrato matrimonial.

Como supondrá, teme que la nueva esposa traiga al mundo otros vástagos que acaben perjudicando los derechos hereditarios de sus hijos; por eso nos ha pedido el consentimiento para solicitarlo.

Se lo hemos dado porque el compromiso de no tomar nueva esposa, lo impusimos en el contrato para proteger su dote y la herencia de los hijos de Nasile, y no nos parece bien que sin mediar acuerdo...

Kamal permaneció en silencio mientras el anciano daba todo tipo de explicaciones, y al alargarse la conversación sobre un asunto tan privado, empezó a sentirse realmente incómodo.

Así que en cuanto el cadi tomó la palabra para indicarle los trámites que debían seguir, se separó unos pasos para no resultar importuno.

Se quedó abstraído ante el movimiento de la muchedumbre, hasta que se sintió de nuevo observado, se giró, y alcanzó a ver como el hombre que le había estado siguiendo desde su llegada a la ciudad, daba un rápido quiebro y se ocultaba entre el gentío.

Muy nervioso se acercó al cadí y permaneció a su lado tratando de localizarle, pero no lo consiguió y en cuanto su interlocutor se despidió, siguieron andando y aunque volvió repetidamente la cabeza, el individuo había desaparecido.

Los días siguientes trató de familiarizarse con la ciudad, que le pareció tan bella como asombrosa. Acostumbrado a la sencillez del campo, se quedaba fascinado ante tanta casa grandiosa, las numerosas mezquitas, los baños, las fuentes, las puertas… todo le parecía hermoso a la par que útil.

Más rápido de que cabía esperar, se habituó a los fuertes olores, al ruido, a las voces de los mercaderes y al bullicio, y puso tanto empeño en conocer bien su entorno que, al poco tiempo de llegar, consiguió moverse con soltura por aquel laberinto macizado de personas.

Comenzó entonces a hacer incursiones en barrios más alejados, como Almurabidin y Badis, que tenían más actividad que la propia alcazaba Cadima.

Cruzó una muralla y se internó en Gelilis, Abulac y Aitunjar.

Incluso se atrevió a pasar la segunda muralla y entrar en Birrambla que, para su asombro, contaba ya con varias mezquitas y una alhóndiga.

En relativo poco tiempo se sintió seguro y se aventuró a cruzar el Darro.

Observó, estupefacto, la existencia de una gran judería dentro de los muros de Granada.

Y no fue el único descubrimiento que le pareció sorprendente, también la cantidad de barrios que se estaban edificando para asentar a los cientos de musulmanes que llegaban casi a diario.

Al comentarlo con el cadi, éste le fue explicando cómo se había producido el crecimiento y cómo al formarse nuevos barrios, se construían sucesivas murallas para protegerlos.

Las viejas defensas las mantenían por considerarlo así más seguro, y su conservación corría a cargo de los réditos de las donaciones que los creyentes hacían a las mezquitas .

—Entiéndelo, Kamal. No sería juicioso ignorar el peligro que supone el ansia expansionista de los cristianos.

Hace años que nos invaden, y poco a poco nos van arrinconando.

Desde que conquistaron por última vez Algeciras, Granada es el único reducto seguro que nos queda, por eso debemos mantener las murallas en buen estado.

Kamal observó a su interlocutor, se parecía mucho a su padre, ahora entendía la sintonía y el sincero afecto que se profesaron.

Precisamente por la confianza que le inspiraba, se decidió a preguntarle por la cantidad de extranjeros: judíos, castellanos y genoveses que, a pesar de las circunstancias, vivían dentro de los muros de la ciudad.

—Decidme. Si los cristianos son tan peligrosos, ¿por qué permitimos que se establezcan entre nosotros?

—Sé que te parecerá extraño porque en tu alquería solo convivías con creyentes.

Pero debes abrir tu mente y entender que entre los signos de Allah, no solo está la creación de los cielos y la tierra, también la diversidad de lenguas y los diferentes colores de la piel.

Saber apreciar la diversidad, es una innegable muestra de sabiduría —hizo una pausa—.

No olvides que, según nuestra fe, las diferencias no tienen que ser motivo de odio, al contrario, son excelentes razones para tratar de conocernos, encontrarnos, y trabajar juntos para conseguir los bienes que a todos nos benefician.

Recuerda las palabras que Allah reveló al Profeta: ¡ Oh, humanos!

Os he creado varón y hembra, y os he constituido en clanes y tribus para que os conozcáis mutuamente.

Por esa razón el islam es una religión es de paz, y en nuestra ortodoxia no caben las coacciones hacia los que son diferentes.

—Pero acabáis de decirme que los cristianos nos atacan porque quieren expulsarnos de nuestra tierra… —dijo, sin llegar a entender la lógica del razonamiento.

Pero el cadí le interrumpió para aclararle:

—Y me ratifico. No sería juicioso ignorar el peligro que suponen sus reyes para la supervivencia de nuestro pueblo, y que es nuestra responsabilidad procurar que Granada siga siendo un lugar seguro.

Pero con esas palabras solo he querido decir que es importante que mantengamos nuestras defensas en buen estado, no que debamos ser crueles ni odiar a todos los cristianos, y mucho menos que debamos expulsar a los que conviven en paz entre nosotros —le miró con benevolencia—.

Allah no prohíbe que seamos buenos y equitativos con quienes nos combaten por causa de la religión, ni siquiera con los que nos expulsan de nuestros hogares, cuanto menos debemos serlo con los que se comportan como pacíficos vecinos.

Kamal observó al cadí: su mirada franca y su porte eran los propios del quien habla convencido de sus palabras, y entendió hasta qué punto para él y para todo buen creyente, el islam es una religión de paz. Asintió, y le miró con una gran admiración y respeto.