El legado del alarife Chapter 4
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Chapter 4

En cuanto se vio solo, abandonó el camino y siguió campo a través, sabía que era peligroso, pero más lo sería si llegaban a encontrarle sus asaltantes.

Anduvo procurando no ser visto en la distancia, miraba constantemente a su alrededor por si le seguían, y al llegar la noche se refugió al abrigo de dos grandes piedras; sacó su mahsuw para protegerse del frío, y se mantuvo en un duermevela intentando descansar.

Apenas había empezado a clarear, cuando se levantó y siguió andando.

Le urgía alejarse de su casa, y lo hizo a paso ligero hasta que de nuevo le sorprendió la noche, y buscó otro lugar en el que guarecerse para dormir.

Continuó al mismo ritmo hasta que mediada la cuarta jornada, cuando ya le pesaban las piernas de andar y de salvar barrancos, divisó el Cerro del Sol.

Hacia allá se dirigió al recordar que, por su cara norte, transcurría la acequia que surtía de aguas a la Alhambra.

Pensó que, si seguía el sendero del margen, el viaje sería más corto y menos peligroso.

Al llegar a un alto, se sentó para recuperar el aliento, y al mirar hacia abajo vio una extraña construcción.

Se entretuvo unos instantes en escudriñar las inmediaciones por si le seguían, pero como no vio a nadie y ya estaba lejos de su alquería, se aproximó para satisfacer su curiosidad: resultó ser un aljibe que se alimentaba de agua de lluvia y escorrentías.

Se acercó un poco más para verlo con detalle, y al hacerlo vio que sus aguas eran conducidas hacia una hermosa finca llamada La Casa de la Desposada .

Hacia allá se dirigió y al llegar, la vista de tantos árboles frondosos le tentó y como estaba agotado, llamó para solicitar permiso para descansar a la sombra.

Le atendió un esclavo que, al verle a punto de desfallecer, se compadeció de él, le trajo agua fresca y le dejó reposar bajo una higuera. Pasado un rato le sacudió el hombro, y dijo con amabilidad:

— ¡ Eh! Siento despertarte, pero te tienes que ir. No quiero te descubran durmiendo en el huerto, porque mi amo no lo ha autorizado y es un hombre muy riguroso.

—Que Allah premie tu generosidad. Ante de irme querría pedirte un favor, ¿podías indicarme una senda segura para llegar a Granada?

Se apiadó de él y pensando que tal vez tuviera buenas razones para evitar el camino, y le señaló con el dedo una vereda.

—Síguela, te llevará hasta una acequia y si continuas por su margen, verás que acaba por unirse con otra que llega hasta la misma Alhambra. El paseo es agradable, tiene partes umbrías por lo que no hace demasiado calor y, si andas a buen paso, conseguirás llegar antes de la puesta de sol.

Siguió la vereda, y enseguida encontró la acequia.

Le llamó la atención el cuidado con el que había sido construida: tenía el lecho empedrado y muretes de tapial; incluso más adelante sus aguas atravesaban una colina que interrumpía su natural discurrir, mediante una mina excavada.

Sin duda se trataba de una obra importante, porque estaba hecha a conciencia.

Llegó a un frondoso bosque de quejigos, fresnos y encinares.

El canto de los pinzones y los mirlos le iban animando, y no obstante empezó a acusar el cansancio y la falta de sueño.

No quiso pernoctar otra noche en el campo, así que aceleró el paso y mantuvo la velocidad, hasta que por fin divisó la ciudad.

El paisaje era de auténtico ensueño, las huertas parecían jardines de tan cuidadas que estaban; no había duda de que allí la naturaleza era generosa, y pensó en que algo así debía ser el Paraíso.

Al llegar a la colina del Generalife, la bajó para bordear la Sabika y cruzar el puente sobre el Darro, atravesó los barrios de Haxaris y Cauracha, y entró en la alcazaba vieja que a esas horas bullía de vida.

Deambuló desorientado por sus callejuelas.

Acostumbrado a la tranquilidad del campo, se aturdió al verse rodeado de gentes que caminaba deprisa o voceaba sus productos.

El ruido y los fuertes olores le mareaban, así que se paró en una esquina sin saber qué hacer, hasta que reparó en un hombre peculiar que, parado a unos veinte pasos de él, le miraba con ojos asombrado.

Sintió un miedo atroz y continuó sin rumbo, tenía prisa por alejarse cuanto antes del desconocido.

Anduvo rápido sorteando viandantes, hasta que tuvo una sensación extraña y miró hacia atrás: alcanzó a ver que el mismo hombre que le había estado observando, le seguía a corta distancia y en cuanto él se giró, trató de ocultase entre la muchedumbre.

Un repentino ataque de pánico le impulsó correr, y con los nervios tropezó con un anciano al que casi derriba.

Se disculpó con la máxima cortesía que pudo:

—Perdonad mi torpeza, señor, no pretendía arrollaros.

¿Estáis bien? —dijo mientras le tendía la mano por si necesitaba ayuda—.

Lo siento, no soy de aquí y desconozco la ciudad.

Ando buscando la casa de cadí Jafar ben Rafik, pero me he perdido —se puso serio para hacerse perdonar—.

De verdad que lamentaría haberos hecho daño, porque os aseguro que no era mi intención.

— ¿ Se puede saber por qué buscas con tanta prisa al cadi, muchacho? —respondió el anciano con gesto adusto.

—Era un gran amigo de mi padre, y he venido a informarle de su muerte.

—Tu padre era amigo del cadí?

—Sí. Le asistió durante años en los juicios, hasta que decidió marcharse a una alquería. Soy el hijo de Fadil ibn Zayd.

— ¿ Eres hijo de Fadil ibn Zayd? Me acuerdo de tu padre, era un hombre respetado que se sentaba a la derecha del cadí como su musawir.

Pero si no recuerdo mal, de aquello hará casi veinte años.

Yo, por aquel entonces ejercía de procurador, y he de reconocer que siempre se comportó como un hombre ecuánime que procuraba que las resoluciones fueran justas y acordes con la costumbre —le miró compungido—.

Siento enterarme de su pérdida y no te preocupes, yo te acompañaré hasta su casa.

Anduvieron por las callejuelas, y enseguida el anciano empezó a interrogarle:

—Dime, muchacho. ¿Qué edad tienes? Porque no recuerdo que Fadil tuviera hijos.

Le extrañó que le hiciera una pregunta tan personal, pero la atribuyó a que quizás en el pasado, mantuvo cierto grado de amistad con su padre.

—Diecisiete años.

—Y dime, ¿dónde naciste?

Tanta insistencia empezó a resultarle molesta y algo peor, sus preguntas eran cada vez más inapropiadas, lo que le indujo a desconfiar de sus intenciones. Se puso alerta, y empezó a contestarle con vaguedades.

—Lejos. Pero la mayor parte de mi vida, hemos vivido en una alquería.

— Y… ¿dónde dices que queda esa alquería?

Se sintió acosado y empezó a asustarse. Se calló y aprovechando que tenían delante unos hombres descargando maderos de un carro, preguntó para cambiar de conversación:

— ¿ Qué hacen esos hombres ?

— ¿ No lo ves? Meten troncos en la leñera del horno . ¿ Tú no has venido mucho por Granada ?

—Ya os dije que no —contestó sin ser más explícito.

Afortunadamente, cuatro casas más arriba se pararon ante una preciosa puerta profusamente labrada.

Kamal la observó, tenía una bellísima talla en la que destacaba en lugar bien visible, la fecha en la que el propietario había peregrinado a la Meca.

Su acompañante llamó, y en seguida les abrió un sirviente.

—La paz sea con los habitantes de esta casa. ¿Está el cadí? Este joven precisa hablar con él.

El esclavo asintió, pero antes de dejarles el paso franco, preguntó por el motivo de la visita. El anciano insistió en que no era él quien quería verle, se excusó y se fue con prisas, aunque antes de hacerlo comentó con una expresión enigmática:

—Me voy, muchacho. Tengo una importante obligación que cumplir y no puedo demorarme. Siento tu pérdida, espero que Allah te de fuerzas para sobrellevarla, y deseo que tus infortunios terminen pronto y para siempre.

Le dejó perplejo el comentario, pero no tuvo tiempo de preguntar por el sentido de sus palabras, porque el viejo salió materialmente corriendo.

Se encogió de hombros y como ya no quedaba nadie a quién pudiera pedir explicaciones, decidió que no tenía sentido preocuparse por algo que ya no obtendría respuesta.

Se volvió hacia el sirviente, y le dijo que venía a informar al cadí de la muerte de un buen amigo suyo.

Le dejó pasar, y se quedó maravillado al contemplar lo que ocultaba aquella puerta acodada: un bellísimo palacio donde solo se respiraba paz y confort.

Le condujo hasta un patio donde una fuente lanzaba hacia el cielo un chorro de agua que, al caer, el tintineo de las gotas sobre la taza sonaba como si fuera música.

En cada esquina, grupos de floridas macetas daban color al espacio y, hacia la mitad de los pórticos, unos arcones tapizados de cordobán, hermoseaban aún más el lugar.

Kamal se paró embelesado: lo que tenía ante sus ojos, no se parecía a nada que él hubiera visto antes. Al percatarse el esclavo de que se había quedado atrás, se volvió para urgirle:

—Seguidme señor y no os detengáis, que este no es lugar para que esperen las visitas.

Le condujo a una estancia y le pidió que esperara allí, mientras iba a avisar a su amo.