El legado del alarife Chapter 3
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Chapter 3

Anduvo campo a través; iba descalzo, tiritando y con el relente calándole hasta los huesos.

Las piedrecillas del suelo se le clavaban en los pies y trató de fijarse donde pisaba, pero no quiso ir por el camino, por miedo a que le reconocieran los asesinos.

Dio un pequeño rodeo para evitarlos; iba mirando constantemente hacia los lados, sobresaltándose con cualquier pequeño ruido de la noche y, por fin, al alba pudo divisar la silueta del castillo.

Al acercarse, el bullicio de los días de mercado consiguió relajarle al comprobar que todo estaba igual que siempre: los labriegos y los artesanos, con sus tenderetes apoyados en la muralla, gesticulaban al tiempo que pregonaban sus productos; mientras, la chiquillería revolvía entre el gentío con sus risas y carreras, añadiendo movimiento y color a unas escenas muchas veces vistas.

Aquello acabó por convencerle de que no corría peligro.

Se concentró en la puerta: los soldados charlaban entre ellos, y no parecían atentos al deambular de las gentes. Ese le pareció un buen momento para entrar, así que se cubrió con la capucha de su yallabiyya y con la cabeza gacha, avanzó con paso lento y aparentemente despreocupado.

Estaría a unos treinta pasos, cuando un ruido de cascos de caballos a la carrera le incitó a girarse, y vio que los criminales que los habían asaltado la noche anterior, se aproximaban a galope tendido.

Instintivamente se echó al lado y se paró ante un puesto para disimular, mientras los jinetes pasaban sin que los soldados hicieran ademán de detenerlos.

Se preocupó, aquello no era normal, claramente allí los conocían.

Es más, tuvo la impresión de que actuaban como si fuera su casa y la sola idea de estar metiéndose en la guarida del lobo, hizo que se le erizara hasta el último pelo de su cuerpo.

Anduvo de puesto en puesto sin saber qué hacer, hasta que consiguió reunir valor suficiente para traspasar el umbral porque bien mirado, tampoco tenía otro sitio al que poder ir: era un hecho que salvo al alfaquí, allí no conocía a nadie.

Se hizo un poco más el remolón preocupado con la idea de tropezarse con los criminales, y cuando al fin había enfilado la dirección de la puerta, los malditos jinetes salieron al galope de la fortaleza y casi le atropellan.

Se apartó encogido y vio cómo se alejaban, hasta que finalmente se enderezó, atravesó la puerta y fue directo a las dependencias del alfaquí.

Nada más entrar, Abdul al Jatib alzo la vista, y dijo en un tono entre sorprendido y efusivo:

— ¡ Kamal ! ¡ Qué alegría ! Ayer vino tu padre y le pregunté por ti. Pero … ¿ qué te ha pasado ? —dijo al reparar en sus heridas y en el lamentable estado que presentaba.

—Algo horrible que todavía no me explico, anoche nos asaltaron y han matado a mis padres.

Por la mañana y sin mediar provocación, unos desconocidos me atacaron en el partidor de la acequia que riega nuestros bancales y me persiguieron, pero conseguí refugiarme en la alquería antes de que me alcanzaran.

No volví a verlos y pensé que habrían desistido, pero regresaron cuando estábamos todos dormidos y quemaron nuestra casa, aunque antes de hacerlo, atrancaron las puertas de las alcobas para que no pudiéramos salir —dijo con los ojos llenos de lágrimas—.

¡No lo entiendo, lo que nos ha pasado es una locura!

Debe tratarse de un error, porque nosotros no tenemos conflictos con nadie salvo con Ghalib, y no es tan grave como para ordenar que nos asesinen.

Se quedó callado mientras reflexionaba, pero seguía sin encontrar una explicación convincente hasta que, pasado un buen rato, añadió :

—Además, el problema no era solo con nosotros, la reclamación por el agua la hizo mi padre en nombre de la alquería y solo han incendiado nuestro hogar —negó con expresión de desconcierto—.

De verdad que no me explico. ¿Qué perjuicio puede alegar el Comerciante si le deniegas el derecho al agua, si todavía no ha gastado ni una sola moneda en vivificar las tierras que tanto le interesan?

Yo creo que no hay quebranto en perder lo que no se posee —le miró con ansiedad—, porque supongo que nos habrás dado la razón en el contencioso.

—Así es. Pero dime, ¿cómo lograste escapar?

—Por el techo. Utilicé el soporte de mi jergón para alcanzarlo, me arrastré hasta el terrado y salté al campo.

Al final decidí venir porque salvo a vos, no conozco a nadie que pueda ayudarme —le dirigió una mirada triste y se excusó—.

De verdad que no pude hacer nada por auxiliarles, eran cuatro y estaban bien armados —tragó saliva porque la congoja le ahogara la voz—.

Por más vueltas que le doy, no logro entenderlo.

Resulta que querían matarnos a todos incluido a mí, y yo os juro que no he tenido conflicto con nadie.

¿No habréis oído algún rumor en el castillo sobre nosotros?

Porque al llegar he visto que entraban y salían de esta fortaleza, sin que nadie osara detenerlos.

El alfaquí le miró asombrado. Estaba tan extrañado como preocupado, tampoco acertaba a explicarse la presencia de los maleantes en el castillo.

—No sé nada, pero procuraré hacer averiguaciones —le observo durante unos instantes, y le vio tan desolado que añadió—: De todos modos, no deberías sentirte culpable por haber procedido con prudencia porque, lo creas o no, has hecho lo correcto.

No tenía sentido que te dejaras matar y dado el número de asaltantes, no tenías ninguna posibilidad de salvar a tus padres, así que estoy seguro que tu proceder habría gozado de su aprobación —se fijó en las heridas de sus pies—.

Ahora, pasa y descansa. Voy a llamar al médico para que te cure, y ordenaré que te traiga comida porque estarás hambriento.

—La verdad es que no.

Kamal notó que se le aflojaban los nervios.

Pensó en sus padres y no lo pudo evitar, le pudo la pena y se le saltaron las lágrimas.

El alfaquí guardó un respetuoso silencio y cuando vio que había conseguido controlarse, llamó a su esclavo para que avisara al cirujano, le trajera alimentos y fuera a un puesto de la muralla a comprarle unas botas.

Pasado un rato, cuando le encontró más repuesto por el efecto de los ungüentos y la ingesta de comida, comentó apesadumbrado:

— ¡ Kamal, no sabes cuánto lamento lo sucedido!

Sabes que desde que éramos jóvenes, tu padre y yo manteníamos una fraternal amistad, y ni te imaginas lo mucho que me ha apenado su muerte.

Pero desgraciadamente no se me ocurre ninguna explicación, porque ni yo mismo lo entiendo —suspiró—.

En cualquier caso, lo sucedido no tiene remedio y voy a aconsejarte lo mismo que te hubiera dicho él: huye a Granada.

Encontrarás refugio en casa del cadí Jafar ben Rafik, que te recibirá con los brazos abiertos porque no tiene hijos, y era un gran amigo de tu padre.

Le miró dubitativo, casi no le conocía, y no le pareció buena idea presentarse en casa de quien para él era un completo extraño.

—Muchacho, créeme, no te abandonará porque además de buen creyente, siempre quiso ser padre y ninguno de sus vástagos consiguió sobrevivir.

A mí me gustaría acogerte, pero no me parece prudente después de lo que me has contado, al menos, hasta que no sepamos quién te persiguen y podamos ponerle remedio.

Nunca me perdonaría que te ocurriera algo irreparable por retenerte, contra lo que aconseja el más elemental sentido de la prudencia.

—No sé qué hacer, apenas conozco al cadí. Solo le vi una vez siendo niño y no creo que me recuerde, aparte de que no deseo ser una carga para nadie.

El alfaquí le puso la mano en el hombro y casi susurrando, intentó infundirle confianza:

—No debes pensar así, la hospitalidad es algo natural entre los musulmanes.

No olvides que todos somos huéspedes de Allah, porque Él es quien ha creado este mundo y solo a Él pertenece.

Ser hospitalario es la mejor manera de agradecerle que nos deje morar la tierra, y solo siéndolo con los demás conseguiremos que Él lo sea con nosotros.

Por eso estoy seguro de que el cadí te abrirá las puertas de su casa y de su corazón.

¿No recuerdas lo que repites cinco veces al día al orar?

Allah es grande. Solo quién entiende su grandeza comprende que no puede ser codicioso ni egoísta, y aceptará de buen grado que debe ser anfitrión o huésped, según lo exijan las circunstancias —hizo una pausa—.

Hazme caso, Kamal, ve a Granada y refúgiate en casa del cadí, no creo que tu padre te hubiera aconsejado otra cosa.

No te preocupes, le escribiré una carta contándole lo sucedido, y le informaré que eres el hijo de Fadil y de Raissa.

Pero antes de partir tienes que reponerte y descansar, así que permanecerás en mi casa hasta que tus heridas mejoren.

Kamal estuvo tres días recluido en casa del alfaquí.

Durante ese tiempo no se relacionó con nadie salvo con él, simplemente descansó para que sanaran sus heridas del cuerpo y del alma.

A ello contribuyó en buena medida su anfitrión que, además de asegurarse que le aplicaban correctamente los ungüentos, dedicó mucho tiempo a escuchar sus lamentos y a procurarle consuelo, para que pudiera hallar el camino hacia su paz interior.

Le recordó que la principal preocupación de su padre era su seguridad, y que para salvaguardarla lo había sacrificado todo en su vida.

—Reflexiona, hijo mío. Si te hubieras enfrentado a los asesinos, tú también estarías muerto y no habrías conseguido salvarles.

Tus padres lo habrían considerado el gran fracaso de sus vidas pues, como bien sabes, no había nada más preciado para ellos que tu seguridad.

Y no lo digo para consolarte, sino porque es cierto.

No Kamal, has hecho bien en ponerte a salvo, y tus padres no hubieran querido que tuvieras otro proceder.

Esta idea intercalada con anécdotas de su juventud, la repitió tantas veces, que acabó por calar en su ánimo y empezó a perdonarse a sí mismo.

Al amanecer del cuarto día, Abdul le despertó para hacerle entrega de una carta para el cadí y unas alforjas con provisiones.

—Levanta Kamal, ya puedes andar y lo he pensado, estarás más seguro en Granada y debes marcharte. Ese era el criterio de tu padre, y tendría buenas razones para pensar que era lo mejor —dicho esto, salió de la estancia.

El chico se levantó, cogió su hatillo y las alforjas, y se reunió con su protector en el zaguán.

Salieron de la casa antes de despuntar el alba, esperaron a que el guardia les abriera el portillo, y anduvieron un buen trecho.

Kamal iba pensando en su desgracia y el alfaquí, comprendiendo lo duro que se le hacía abandonar la tierra en la que sus padres se quedaban para siempre, guardaba silencio.

Según se alejaban, el muchacho empezó a ser consciente de algo obvio en lo que nunca había pensado: en lo sucesivo no tendría a nadie en quien confiar, así que más le valía comportarse como un adulto.

Al despedirse, el alfaquí le dio un abrazo y le recomendó:

—Cuídate Kamal y sé prudente. Te prometo que, si llego a enterarme del motivo por el que tu familia ha sido asesinada, encontraré la manera de hacértelo saber.

Confía en el cadí, es una gran persona y era muy amigo de tu padre, sé que no te traicionará.

Recuerda lo que tantas veces te he dicho y acepta su hospitalidad, no solo porque la necesitas, también para darle la oportunidad de seguir siendo útil a Fadil después de su muerte, lo que le ayudará a mitigar su pena.

El chico asintió, agradeció sus bondades y su generosidad, y emprendió el camino sin echar la vista atrás.