Chapter 2
Siguió evocando esos primeros años, hasta que se recordó a sí mismo con los ojos fijos en el portón temiendo que, de un momento a otro, aquellos salvajes forzaran la entrada y los asesinaran. Estaba aterrorizado y anhelando la llegada de su padre, seguro que él sabría lo que debían hacer.
El caso es que, al levantarse, nada le hizo sospechar que aquel día fuera diferente al resto, salvo que en aquella ocasión su padre se había ausentado, y tuvo que ir a regar solo los bancales.
Pero nada de lo que había hecho era anormal pues, aunque había salido con tiempo de sobra, jamás se le hubiera ocurrido abrir la compuerta antes de que empezara su turno.
Recordó que mientras caminaba, el frescor mañanero le iba llenando de aire limpio sus pulmones y de alegría su espíritu.
Se sentía optimista, y se recreó en contemplar el contraste de las copas de los árboles, con el ocre de los secanos en los que ya empezaba a verdear el panizo, pero por lo demás, nada llamó su atención.
Por eso se sorprendió tanto cuando al llegar al ramal de su acequia, comprobó que no llevaba ni una sola gota de agua.
Le pareció raro y pensó en las berenjenas; la necesitaban urgentemente porque en caso contrario se secarían, y su madre no podría preparar la alboronía que tanto le gustaba.
Estuvo rumiándolo, barajó la posibilidad de que algún derrumbe lo hubiera obstruido y para salir de dudas, decidió inspeccionar el recorrido.
Anduvo el trayecto aguas arribas, trepó por un empinado tramo de tierra muerta y llegó al partidor: allí observó que alguien había cortado el curso de las aguas, colocando unas grandes piedras que bloqueaban su paso.
Se quedó desconcertado, pero no tuvo tiempo de retirarlas porque el silbido de algo veloz casi le roza la mejilla, y al girarse vio una flecha clavada en un árbol.
Instintivamente miró hacia el lugar del que procedía, y se horrorizó al ver lo que estaba a punto de echársele encima: cuatro hombres de vestidos de negro corrían hacia él, mientras le insultaban y blandían unas amenazadoras espadas jinetas.
No tuvo dudas, iban a atacarle, y emprendió una desenfrenada carrera hacia su casa.
Mientras le perseguían, a punto estuvo de perder varias veces el equilibrio: tropezó, se resbaló, incluso se le desgarró la ropa al engancharse en unos arbustos, pero consiguió atravesar el umbral manteniéndoles la distancia.
Llegó con el corazón a punto de estallarle, atrancó la puerta y corrió a buscar la guadaña; su alfanje era poco frente a tantos enemigos, y agarrándola con fuerza se apostó detrás de la puerta del zaguán.
Allí esperó solo, tenso, aguantando el miedo mientras su frente se iba perlando de sudor, hasta que pasado un rato en el que nada especial ocurrió ni oyó, consiguió recuperar el aliento y tranquilizarse.
Cuando el sol llegó a su cénit, como seguía sin escuchar ningún ruido extraño, decidió comprobar si el peligro había pasado. Subió a la torre, escudriñó el campo cercano y al no ver ni rastro de sus atacantes, pensó que habrían desistido; mucho más relajado, se fue al huerto a meditar.
Se sentó a la sombra, y recordó que su padre había ido al castillo a presentar una reclamación contra Ghalib el Comerciante, que se había empeñado en desviar las aguas de la acequia de su alquería, para vivificar unas tierras muertas que le interesaban.
Se lo había comentado su padre, y le había dicho que no podía hacerlo porque el derecho a las aguas de la alquería venía de antiguo, y era contrario a la costumbre que les despojaran de él.
Así que, aunque Ghalib gozara de la protección de los todopoderosos Banu Sarraj, era muy improbable que el alfaquí le diera la razón.
Al mediodía no había regresado, y decidió contarle a su madre su terrible experiencia.
La esperó de pie, y en cuanto la vio entrar con la bandeja entre las manos notó que, como solía hacer, se detenía a contemplarlo unos instantes: sin duda para ella era mucho más que alguien importante en su vida, era un hijo extraordinario que solo le había dado satisfacciones.
El chico, al verla parada en el umbral, la sacó de su ensimismamiento tomando la palabra: «Madre, esta mañana me ha ocurrido algo espantoso…
». Mientras le contaba la angustiosa experiencia, el rostro de Raissa iba palideciendo, pero para cuando terminó el relato, lo tenía más blanco que la nieve.
Permaneció callada tratando de disimular, pero Kamal notó que fingía porque ella era muy cariñosa, y en esos instantes estaba extrañamente tensa y abstraída.
Pasado un rato cambió de actitud y tratando parecer animosa, dijo algo sorprendente:
—Hijo, creo que ha llegado el momento. Tu padre te lo explicará, pero creo que es hora de que sepas la verdad sobre tu origen, no sea que los acontecimientos nos arrollen y nos impidan contártelo como es debido —se quedó un rato en silencio—.
Voy a preparar las cosas, porque lo más probable es que mañana al alba nos marchemos.
Pero antes tengo que entregarte algo, y quiero que me prometas que lo llevarás siempre contigo.
Se fue y regresó con un viejo fajín que en su día debió ser de un rojo intenso, aunque ahora tenía el color bastante desvaído. En uno de sus extremos, aún se podía leer en letras bordadas en blanco : El primogénito de los primogénitos es el Elegido, y es el único que será legítimo.
—Madre, ¿qué significa eso?
—Te he dicho que tu padre te lo explicara y por respeto a él, no debo ser yo quien lo haga —dijo mirándole con una mezcla de preocupación y tristeza—.
Ahora quiero que me prometas que lo llevarás siempre contigo, y que cuando llegue el momento se lo entregarás a tu primogénito para que él se lo dé al suyo.
Así debe ser por los siglos de los siglos, hasta que se cumpla la voluntad de Allah.
Kamal asintió mientras lo cogía, pero renunció a seguir preguntando porque la conocía bien, y sabía que no le iba a contar nada más .
Al finalizar el almuerzo, decidió no impacientarse y esperar a su padre leyendo.
Se sentó en un rincón sombreado del patio.
Las horas fueron pasando y se retrasaba, pero le pareció normal porque era muy amigo del alfaquí y cuándo se veían, a los dos les gustaba recordar sus vivencias de juventud en Egipto: ambos eran árabes, y habían estudiado en la madraza de El Cairo con el gran Ibn Jaldún, cuya nieta, Raissa, terminó por casarse con su padre.
Al caer el sol, Fadil apareció contento pero cansado. Kamal esperó a que se lavara, oraron, y cuando se sentaron a comer le contó la terrible experiencia de la mañana. Al terminar le preguntó extrañado:
—Padre, ¿será cosa de Ghalib que no quiere respetar la costumbre?
A lo mejor pretende asustarnos —le vio hacer un gesto dubitativo—.
Ese hombre no es un buen creyente, porque intenta conseguir por la fuerza lo que no le corresponde en Derecho.
No encuentro otra explicación salvo que, al haber descubierto yo la interrupción del curso del agua, no quiere que el alfaquí se entere antes de que dicte la fatwa .
En cualquier caso, me parece absurdo porque antes o después lo sabrá y mantener esas posiciones de fuerza, no creo que le vaya a favorecer frente a nuestra reclamación.
Su padre se quedó pensativo, pero a juzgar por la profunda arruga que se le formó en el entrecejo, intuyó que su hipótesis no le convencía.
—Pudiera ser, pero por si acaso nosotros nos vamos mañana al amanecer.
— ¿ Dónde vamos ?
—A Granada, a casa del cadí Jafar ben Rafik. Él nos dará cobijo, y allí estaremos seguros hasta que podamos comprobar que no corres peligro —hizo una pausa y le miró fijamente—. ¿Te ha entregado algo tu madre?
—Sí padre, un viejo fajín bordado. Me ha hecho prometer que lo llevaría siempre conmigo para entregárselo a mi primogénito —hizo una pausa—. ¿Por qué debo hacerlo? No entiendo nada.
—No lo olvides nunca, y ocurra lo que ocurra tienes que cumplir esa promesa. Mañana te lo explicaré porque ahora es tarde, estoy cansado y todavía tengo de empaquetar mis libros. Tú debes hacerlo también con tus cosas, porque es posible que no regresemos jamás.
Kamal se fue a preparar su equipaje, metió sus cosas en un hatillo, y antes de cerrarlo guardó el fajín y lo anudó con fuerza.
Ya acostado supo que no iba a coger fácilmente el sueño, la agresión y el enigmático comportamiento de sus padres le habían puesto nervioso, y sus párpados se negaban a cerrarse.
Al final le pudo el agotamiento, y se quedó dormido.
Sería más de media noche, cuando se despertó tosiendo. La alcoba estaba llena de humo e intentó salir al patio, pero la puerta estaba atascada. Forcejeó, pero no cedía y el humo seguía entrando a oleadas por la celosía, como si alguien lo estuviera aventando desde fuera.
Gritó pidiendo ayuda, pero no le hicieron caso y como cada vez le costaba más respirar, hizo lo único que se le ocurrió: apoyó la estructura de su catre en la pared, trepó por ella como por una escalera de cuerda y ayudado de su alfanje, rompió dos de las alfajías que se apoyan en las vigas.
Con todas sus fuerzas, izó las lascas de piedra sobrepuestas para desplazarlas, las empujó hacia los lados para abrir un hueco y cuando se iba a meter por él, recordó su promesa y bajó a recoger su hatillo.
Subió de nuevo, y se arrastró sobre el malhecho de ese tramo de sobrado.
El humo le perseguía y el aire era cada vez más caliente, así que a duras penas logró alcanzar el extremo, romper a patadas la endeble celosía que lo separaba del terrao y, al límite de sus fuerzas, caer sobre él boca arriba.
Permaneció tumbado intentando que le entrara el aire en sus pulmones, hasta que le llegaron unas voces procedentes de su patio.
Reptó hasta donde pudo mirar sin ser visto, y vio que los embozados que le habían perseguido por la mañana, aventaban hacia las alcobas el humo de unas hogueras que habían prendido ante las puertas: claramente pretendían asfixiarles.
Su primer impulso fue abalanzarse sobre ellos para ayudar a sus padres, pero se contuvo porque eran cuatro, él no tenía más arma que su alfanje y le pareció un suicidio intentarlo. Estaba dudando sobre lo que debía hacer, cuando oyó como uno de ellos preguntaba:
— ¿ Estáis seguros que el muchacho está dentro? Ya sabéis que todos deben morir, pero especialmente él.
El sicario que aún permanecía aventando el humo frente a su alcoba, contestó rotundo:
—Sí, le visto dormido antes de atrancar la puerta, y después le he oído gritar pidiendo auxilio mientras forcejeaba. Pero hace rato que no se le oye, luego debe estar muerto. Tranquilo, que hemos cumplido el encargo.
—Todavía no, tiene que arder la casa para que parezca un accidente. Sabéis que nadie debe sospechar que han sido asesinados —apostilló el que parecía el jefe.
Se quedó paralizado. ¿Quién quería matarlos?
Ellos nunca habían hecho daño a nadie, y no había razones por las que alguien quisiera hacerles tanto mal salvo porque estaba al tanto del corte de las aguas.
Pero… ¿quemar la casa con ellos dentro para que muriesen?
La reacción le parecía desproporcionada por un hecho que, sin ser baladí, tampoco le suponía tanto quebranto económico al Comerciante.
Después de todo, todavía no había invertido ni una sola moneda en vivificar las tierras muertas, y no hay daño en perder lo que aún no se posee.
No había salido de su estupefacción, cuando vio que prendían unas antorchas, y las lanzaban sobre los tejados y las azoteas.
Una de ellas le cayó justo al lado y retrocedió, pero al instante se vio rodeado de fuego porque con la sequedad ambiental y la hojarasca acumulada por el viento, todo empezó a arder virulentamente.
Sorteó las llamas hasta llegar al pretil que lindaba con el campo y, viéndose sin más salida, saltó encogido de brazos y piernas, para rodar y hacerse el menor daño posible.
Cuando se vio en el exterior, corrió agachado hasta alcanzar el abrigo de los primeros arbustos, y se giró para contemplar cómo su casa se había convertido en una enorme pira de fuego.
Se le saltaron las lágrimas y no lo pudo evitar, se sintió culpable por no haber ayudado a sus padres.
Permaneció inmóvil mientras las llamas devoraban el que había sido su hogar, hasta que vio a los sicarios salir y acercarse corriendo; se horrorizó, no pudo reaccionar y se quedó paralizado.
Pasaron a escasos metros de donde estaba escondido, no le habían visto, simplemente llevaban ese camino.
Estuvo mucho tiempo quieto. El miedo le agarrotaba el cuerpo y cuando al fin consiguió pensar, decidió marcharse porque si los pirómanos andaban por las proximidades y le veían vivo, puede que intentaran de nuevo matarle y esta vez lo consiguieran.
No había empezado a alejarse, cuando oyó las voces de sus vecinos.
Los gritos y los ruegos a Allah se entremezclaban con el ruido del acarreo del agua, pero salvo para apagar el incendio, sus esfuerzos resultaban inútiles porque nadie podía ayudar ya a sus padres.
Firme en su decisión de ponerse a salvo, sin mirar atrás y semi agachado, se alejó de su escondite para dirigirse al castillo.