El legado del alarife
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Chapter 1
El Profeta Muhammad, que la paz y la misericordia de Allah sean con él, dijo: esfuérzate en aquello que te beneficie, busca la ayuda de Allah y no desesperes.
Si te aflige una desdicha o una desgracia, no digas, si solamente hubiera hecho algo diferente, sino di, eso es lo que decretó Allah. Él hace lo que quiere…
Cerró el libro y lo guardó en sus alforjas.
El imán Bujari siempre fue su inspiración, y se quedó pensando en la transcendencia de aquellas palabras.
Ahora que conocía la voluntad de Allah, ¿qué sentido tendría ignorarla ?
, sin duda sería un grave pecado. Suspiró y ante la inmediatez de la marcha, notó que la nostalgia le invadía, así que se concentró en identificar sus emociones para que esos recuerdos le ayudaran a no olvidar lo importante.
Entrecerró los ojos, y paseó la mirada por la playa de Adra para acabar centrado en el trajín de los cargadores: el embarque iba lento, todavía quedaban muchos bultos en la arena y nadie parecía tener prisa.
Miró el cielo, estaba tranquilo y blancuzco por la calima: « c alma y calor » , pensó al observar el suave vaivén del mar que parecía lamer la orilla.
Inspiró con ansia el aire reseco, y se concentró en el olor de las algas, el relieve de la costa, los graznidos de las gaviotas…
Uno tras otro fue captando sonidos, imágenes y sensaciones, hasta que un repentino guirigay le sacó de su ensimismamiento, y miró al lugar del que procedía.
Los estibadores discutían en torno a un gran arcón y ninguno escuchaba al resto, con semejante griterío no se iban a entender y si no llegaban a un acuerdo, no conseguirían subirlo a la barcaza.
Pensó en su futuro y en los riesgos que iba a correr, tendría que controlar cada detalle para alcanzar el triunfo y, mientras daba vueltas a las medidas que tendría adoptar, tomó una decisión: por lo que pudiera ocurrir, lo mejor sería escribir la profecía para que cualquiera que fuera el desenlace de la lucha, su heredero conociera la verdad por su mano.
Y n o era fácil que lo entendiera porque habían sido muchos los acontecimientos: unos dolorosos, otros extraños y complejos, pero de todo lo vivido, lo realmente difícil de explicar sería la forma en que llegó a conocer la verdad.
Tendría que ser muy claro, porque de sus palabras dependía que su hijo asumiera que ese era su destino, y que se debía a él porque así lo había querido Allah.
Se volvió hacia su esposa y allí estaba, a su lado de manera incondicional y sin quejas, a pesar de lo molesta que debía estar con el embarazo.
Se recreó en contemplarla. Tan suave de movimientos y tan serena que a pesar del tiempo que llevaban juntos, seguía inspirándole la misma pasión que cuando la vio por primera vez. Sonrió y le dijo con cariño:
—Fátima, vigila nuestras cosas porque voy a estar ocupado.
He decidido escribir mi legado porque si la muerte me sorprende, quiero que nuestro hijo conozca la verdad de mis propias palabras, como si en ese momento estuviera a su lado; pero antes tengo que poner orden en mis recuerdos, no sea que, por no saber expresarme con la suficiente claridad, él no entienda la importancia de nuestro destino.
Y debo hacerlo antes de que las circunstancias me lo impidan, o que pasado el tiempo la memoria me falle.
—Todavía eres joven y Allah nos protege. Pero si lo consideras conveniente, despreocúpate porque no las perderé de vista.
Al oírla, Kamal se acordó de su madre y del desgraciado momento en que su vida cambió. La tristeza nubló su expresión y mientras miraba el fardo que contenía su escribanía, sus recuerdos volaron al tiempo en que aún vivía en su alquería.
Hasta entonces ellos habían disfrutado de una existencia feliz.
Su madre, cariñosa y atenta, siempre estuvo pendiente de todo con la habilidad de quien sabe crear hogar: la comida en su punto, la sonrisa en los labios, los buenos consejos, el fuego crepitando en la chimenea mientras tejía…
¡Cómo echó de menos todo aquello en cuanto le faltó!
¡ Y qué le diría del hombre que le hizo de padre!
Cómo explicarle a su hijo que jamás olvidaría al orgulloso descendiente de Zayd ibn Thabit, el leal discípulo del Profeta que desde el mismo instante en que su madre se lo entregó, le hizo pasar por su hijo y le dedicó su vida entera.
Sí , Fadil había sido su padre y su maestro, y fueron sus enseñanzas las transformaron al niño inquieto al que tanto le gustaba correr y trepar, en el hombre sensato, analítico y curioso que ahora era.
Sabía, porque jamás se lo habían ocultado, que él no era sangre de su sangre; pero el inmenso cariño con el que siempre le habían tratado, impidió que alguna vez se sintiera un extraño en la familia.
Le habían contado que sus verdaderos padres habían muerto, y que ellos lo recogieron de los brazos de su madre en cuanto ella expiró, porque esa fue su voluntad.
Desde entonces le habían dado todo el amor que se le puede dar a un hijo, y le habían cuidado sin escatimar esfuerzos.
Sumido en aquellos dulces recuerdos, giró la cabeza para tratar de adivinar dónde quedaba su querida alquería.
Cerró los ojos, y trajo a su memoria retazos de los momentos que su padre pasó instruyéndole.
Las tardes que había dedicado a que aprendiera el Corán y la Sharía, y no solo los grandes libros, también las ciencias anteriores al Profeta como agronomía, aritmética, geometría, astronomía, astrología…
Incluso le enseñó otras lenguas y poesía, pero de todos los conocimientos que le transmitió, recordaba con especial cariño lo mucho que disfrutaba hablándole de su gran pasión: las técnicas de construcción.
Muy de mañana, solían ir juntos a regar los bancales o hacían pequeñas reparaciones domésticas.
Incluso encontraba tiempo para adiestrarle en habilidades tan variadas como el uso del alfanje, la ballesta cervera, y otras cosas importantes como ponerse el turbante, el cuidado de la higiene corporal, distinguir los vientos, orientarse en los campos, adivinar el peligro por los olores o los ruidos…
Le recordaba diciendo que la vida está plagada de dificultades, pero al estar todo relacionado, cuanto más aprendiera, más preparado estaría para afrontarlas.
Y de lo que no supiera, que no se preocupara en exceso porque la solución la hallaría en los libros, aunque de nada le servirían si no aprendía a pensar rectamente.
R ealmente era un sabio a pesar de que, por aquel entonces, él no alcanzara entender por qué decidió abandonar Granada. Allí podía haber hecho fortuna, y sin embargo se fue en cuanto lo tuvo consigo y jamás quiso regresar.
De hecho, llevaban viviendo en aquella pequeña alquería desde que tenía memoria, a pesar de que ellos no tenían vínculos con el lugar ni habían nacido allí.
Ni siquiera eran bereberes, pero habían fijado su residencia entre ellos porque como decía su padre, la prioridad de sus vidas era velar por su seguridad.
No se cansaba de repetir que para ellos no existía un regalo mejor que el que les hizo su verdadera madre al entregárselo en Jubiles, y que tenían que cumplir la promesa que le hicieron de educarle y protegerle de cualquier peligro.
De aquello haría veintiocho años y ahora que estaba a punto de abandonar la tierra que le vio nacer, no podía por menos que reconocer que habían cumplido con creces .
Mientras vivieron, su tiempo estuvo dedicado a procurarle el mayor bienestar posible y jamás dieron muestras de que alguna renuncia les pesase, al contrario, le consideraban una bendición, y no se cansaban de dar gracias a Allah por haberles permitido criarle.
Eran tantos los recuerdos, que todavía le parecía estar viéndole mientras le aconsejaba con voz paternal: «Kamal, hijo mío, no olvides que un comportamiento piadoso no es una opción, sino una obligación.
Recuerda que estamos aquí gracias a la magnanimidad de Allah, porque es Él quien nos permite morar en esta tierra para que, haciendo uso de nuestro libre albedrío, cumplamos su voluntad y nos ganemos el derecho a vivir en el Paraíso.
Graba esta verdad en tu corazón y ten presente que, de la misma manera que yo te muestro el camino, pero te permito que elijas, Allah nos envió al Profeta para que revelarnos la senda, pero deja que seamos nosotros los que decidamos nuestro proceder».
Su padre, aquel pozo de conocimientos y rectitud que siempre tuvo tiempo para él y le transmitió su pasión por los libros.
¡Qué lejos quedaba todo aquello, y sin embargo seguía recordando cada una de sus palabras!
No es fácil olvidar a quién te ha dedicado su amor y su vida, y jamás te ha pedido nada a cambio.