El legado de tía Leo Cristina
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Cristina

—Uno de los detenidos ha confesado —dijo Salgado nada más verla entrar—. Antes de eliminar las imágenes del ordenador hizo una copia y nos la entregó ayer por la noche.

—En el vídeo se ve claramente que actuaste en defensa propia —continuó él mientras cerraba despacio la carpeta—. Y el informe médico que nos aportaste confirma la agresión.

Clara asintió suavemente.

—Así que puedes estar tranquila. El caso queda cerrado.

Cristina soltó el aire despacio, aunque no pareció especialmente aliviada. Más bien cansada.

Salgado la observó unos segundos en silencio.

Resultaba inquietante verla allí sentada.

Si no hubiera sido por el leve acento canario al hablar y por una expresión mucho más serena que la de Martina, habría jurado que tenía delante a la misma persona.

Eran idénticas. Dos gotas de agua separadas durante toda una vida.

Clara también parecía mirarla todavía con cierta incredulidad. No todos los días una investigación por homicidio terminaba destapando una historia imposible.

Salgado se recostó ligeramente en la silla.

—La citación de hoy era simplemente para comunicarte esto oficialmente y cerrar el expediente.

El tono era tranquilo. Casi cercano. Después de todo lo que habían escuchado en aquella sala días atrás, el cadáver de la casita parecía haberse convertido en apenas una pieza secundaria dentro de algo mucho más grande.

Hubo unos segundos de silencio cómodo. Luego Clara sonrió apenas.

—Aunque reconozco que hay una cosa que todavía nos da vueltas en la cabeza.

Cristina levantó la mirada. Salgado dejó escapar una pequeña sonrisa cansada.

—Ya no como investigadores —aclaró—. Más bien como personas que intentan ordenar todo esto.

Clara añadió entonces, con genuina curiosidad:

—¿Qué hacías aquella noche en la casita?

Cristina guardó silencio durante unos segundos antes de responder. No había incomodidad en ella, sino un cansancio antiguo, el de quien se ha visto obligada a ordenar demasiado deprisa una verdad que todavía no terminaba de comprender.

—Hace apenas unos meses que supe la verdad —dijo al fin—. Mi madre me la contó cuando le diagnosticaron la enfermedad. Los médicos le dieron menos de un año de vida… y supongo que entendió que ya no podía seguir escondiéndolo.

Seguía llamándola mamá. Incluso entonces.

—Me enfadé muchísimo con ella. Necesité tiempo para asimilar algo así. De repente descubres que toda tu vida no es exactamente la que creías. Todo cambia de sitio. Todo pierde sentido por un momento. Pero también la veía tan vulnerable… tan derrotada ya… que al final terminé cediendo.

Bajó la mirada hacia sus propias manos antes de continuar, como si aún pudiera ver allí el peso de aquellos días.

—La obligué a arreglar el daño que había causado. Le dije que no podía morirse dejando aquello enterrado para siempre. Y fue entonces cuando se le ocurrió lo de la herencia en vida de la casita. Sabía que una citación así acabaría provocando un encuentro con su familia.

Tomó aire lentamente.

—Yo sabía que Martina viajaría a Ávila aquel día de junio para ir a la notaría, y sentí la necesidad de verla.

Cogí un vuelo hasta Madrid la víspera y desde allí alquilé un coche para ir hasta aquella ciudad.

Me alojé en un hotel cerca de la notaría y, el día de la cita, me quedé sentada en la cafetería de enfrente mirando la entrada.

Una sonrisa incrédula, breve y casi triste, cruzó fugazmente sus labios.

—Guardaba la esperanza de que Lucía, mi madre biológica, la acompañara. Pero no fue así.

Calló un instante.

—Cuando vi llegar a Martina, no podía creerlo.

Éramos idénticas. Fue una sensación extrañísima…

como mirarme a mí misma desde fuera. Como si estuviera viendo una película en la que yo era las dos personas al mismo tiempo.

Tuve ganas de salir de la cafetería y plantarme delante de ella.

Decirle quién era. Pero entendí que aquello no me correspondía hacerlo a mí.

Era mi madre quien debía contar la verdad.

Después siguió hablando con la mirada perdida en algún rincón invisible del despacho.

—Mi vuelo de vuelta a Lanzarote salía temprano a la mañana siguiente, así que decidí conducir de noche hasta Madrid. Y entonces vi el cartel de Hontanilla.

El nombre quedó suspendido unos segundos en el aire, cargado de algo oscuro y remoto.

—Mi madre me había hablado de la casita. Del pantano. De las dehesas. Y sentí curiosidad por verlo con mis propios ojos.

Su voz descendió apenas hasta convertirse en un murmullo.

—Entré en el pueblo, lo crucé despacio y seguí el camino hasta las dehesas. Encontré el pantano enseguida. Aparqué el coche algo escondido y me acerqué andando. Había luna llena y apenas necesitaba luz para orientarme. Entonces vi la casa. Era exactamente igual a como ella me la había descrito.

Tragó saliva lentamente.

—La puerta estaba abierta. Entré. Encendí la linterna del móvil y empecé a mirar alrededor. Había un salón pequeño, una lumbre antigua, muebles cubiertos de polvo… Todo parecía detenido en el tiempo. Como si la vida hubiera pasado de largo hacía muchos años.

Su expresión cambió apenas, pero lo suficiente.

—Y entonces oí un coche.

La tensión regresó poco a poco a su voz.

—Apagué la linterna enseguida para que no se viera la luz desde fuera. El coche se detuvo justo delante de la casa y empecé a asustarme. No entendía qué hacía alguien allí a esas horas si la casa estaba abandonada.

Entrelazó las manos con lentitud.

—Me escondí. Después oí la puerta. Entró un hombre con una linterna. Alto. Fuerte. Empezó a recorrer la casa como si estuviera buscando algo.

Hizo una pausa breve.

—Yo estaba paralizada en un rincón cuando la luz me encontró.

La voz se le tensó apenas.

—El hombre tardó unos segundos en reaccionar y yo aproveché para intentar salir de allí. Pero me interceptó. Le pedí que me soltara… y entonces me golpeó en el vientre. Caí sobre el sofá sin aire y él se lanzó encima de mí.

Cristina tragó saliva antes de continuar.

—Intentó asfixiarme. Apretaba tan fuerte mi cuello que no podía respirar. Intenté apartarlo, pero era mucho más fuerte que yo.

El silencio se volvió denso.

—Y entonces, no sé cómo, conseguí levantar la pierna y empujarlo hacia atrás.

Después oí el golpe. Seco. Breve. —Cerró los ojos apenas un instante—.

Cuando logré incorporarme lo vi tirado en el suelo con la sangre extendiéndose.

Tenía los ojos abiertos y comprendí enseguida que estaba muerto.

Me asusté, no entendía nada. Todo pasó de forma tan inesperada…

estaba desorientada, sin capacidad de reacción.

Respiró hondo por última vez.

—Después pensé en ir directamente a la Guardia Civil. De verdad lo pensé. Pero entendí que aquello acabaría desencadenando una historia que no me correspondía revelar a mí. Así que volví a Madrid y cogí el vuelo a Lanzarote tal como tenía previsto.

—Mi madre reaccionó enseguida cuando le expliqué lo que había ocurrido y decidió llevarme al hospital. Quería que quedara constancia de la agresión en un informe antes de que todo terminara estallando.

Salgado y Ríos permanecieron en silencio cuando Cristina terminó de hablar. Ninguno de los dos hizo ademán de interrumpirla. Durante unos segundos, en el despacho solo se escuchó el leve zumbido del aire acondicionado y el murmullo apagado de la lluvia golpeando los cristales.

Fue Salgado quien habló primero, con una voz mucho más suave de lo habitual.

—Gracias por contarlo todo, Cristina. Esto nos ayudará a completar los informes.

Ella levantó la mirada despacio.

—Sabemos que no habrá sido fácil —añadió Ríos—. Pero era importante entender lo que ocurrió aquella noche.

Cristina asintió apenas, agotada.

Salgado se incorporó ligeramente en la silla y cruzó una breve mirada con su compañera antes de continuar.

—Ojalá todo lo relacionado con tu familia pueda resolverse de la mejor manera posible. Después de algo así…, supongo que no existen soluciones perfectas, pero sí formas menos dolorosas de afrontar la verdad.

Por primera vez desde que había comenzado la declaración, el gesto de Cristina se suavizó un poco.

—Gracias —murmuró—. Por escucharme… y por cómo habéis llevado todo esto. Nos habéis ayudado mucho.

Ríos le dedicó una pequeña inclinación de cabeza.

—A veces nuestro trabajo consiste simplemente en llegar a la verdad —dijo—. Aunque sea una verdad difícil para todos.

Cuando Cristina abandonó el despacho y la puerta se cerró suavemente tras ella, el silencio volvió a instalarse en la estancia.

Salgado permaneció unos segundos, inmóvil, antes de hacer aquel gesto que Clara ya conocía demasiado bien.

Metió la mano en el bolsillo de la chaqueta, sacó lentamente la cartera y abrió el compartimento donde guardaba la fotografía. Pero esa vez fue diferente. Porque, al mirarla, sonrió.

Clara se dio cuenta.

Se apoyó contra el borde de la mesa y lo observó guardar de nuevo la cartera.

—Eso hay que celebrarlo, sargento.

Salgado alzó la vista hacia ella, todavía con aquella expresión tranquila que tan pocas veces se permitía.

—Sí —respondió con cierta satisfacción—. Otro caso cerrado.

Clara negó despacio con una media sonrisa.

—No me refería al caso.

Y dirigió deliberadamente la mirada hacia el bolsillo donde la cartera acababa de desaparecer.

Salgado tardó apenas un segundo en comprenderlo y después soltó una pequeña risa por lo bajo.

—Buena observadora.

Y añadió en tono relajado y casi divertido.

—Tú mandas, cabo Ríos. Vamos a celebrarlo, pero esta vez invito yo.

De alguna manera silenciosa e inesperada, aquel caso también había ayudado al sargento a cerrar una herida que llevaba demasiado tiempo abierta.

La niña de la fotografía seguiría formando parte de él, pero por primera vez en muchos años, el recuerdo de su ausencia dejó de pesarle como una condena.