La carta de doña Júlia
Queridos Mauricio y Lucía:
Si estáis leyendo esta carta es porque Leo os lo ha contado todo y yo ya no estoy para miraros a los ojos y pediros perdón como debería haber hecho hace tiempo.
No sé si existe manera de reparar algo así. Tampoco sé si encontraréis dentro de vosotros espacio para comprenderme algún día. La verdad es que yo misma he vivido todos estos años debatiéndome entre la culpa y el miedo, sin conseguir descansar del todo en ninguno de los dos.
Cuando descubrí lo que Leo había hecho no pensé en encubrirla. Jamás. Mi intención nunca fue ocultaros la verdad.
Creí, sinceramente, que todo aquello duraría unos días. Pensé que Leo terminaría reaccionando, que el dolor inmenso en el que estaba atrapada empezaría a aflojar y que acabaría devolviéndoos a vuestra niña.
Me hizo jurarle que no diría nada a nadie. Y aunque acepté aquel juramento, nunca le prometí que dejaría de intentar convencerla.
Cada día iba a verla con esa intención. Cada día.
Iba pensando que quizá aquella tarde recapacitaría. Que por fin entendería la magnitud de lo que había hecho. Que me entregaría a la niña y podríamos intentar reparar, aunque fuera mínimamente, tanto daño.
Pero ocurrió algo que yo no esperaba. Leo empezó a volver poco a poco a la vida.
Durante mucho tiempo había visto cómo mi hija se apagaba. Vi cómo los abortos, la pérdida de su bebé y la tristeza terminaron arrastrándola a un lugar oscuro del que pensé que jamás saldría. Había días en los que ni siquiera parecía encontrar razones para levantarse de la cama.
Y, sin embargo, aquella niña… empezó a devolverle algo que yo creía perdido para siempre.
La veía abrazarla y comprendía que se había aferrado a ella como quien se aferra a la vida misma.
Y fui débil. Porque además de madre de Mauricio, también fui madre de Leo. Y los padres, aunque a veces nos equivoquemos miserablemente, vivimos con la necesidad de ver a nuestros hijos a salvo.
Yo veía a mi hija recuperar la cordura y las ganas de vivir gracias a aquella criatura, y empecé a tener miedo de que, si se la arrebataban, volviera a precipitarse al mismo abismo del que apenas estaba consiguiendo salir.
Eso no justifica nada de lo que hice.
Nada.
Y si hoy no me he perdonado haberos fallado de la manera en que os fallé, tampoco sé si me habría perdonado ver morir lentamente a mi hija delante de mí pudiendo haberlo evitado.
Siempre vuestra.
Con amor.
Mamá