El legado de tía Leo Encajando
94%

Encajando

El calor de agosto caía sin piedad en la ciudad y el agua de la piscina parecía la única cosa capaz de sostener el tiempo en suspenso.

Martina flotaba boca arriba con los ojos entrecerrados. Paula jugaba distraídamente con el borde de la tumbona.

Habían pasado dos meses desde todo lo ocurrido en Hontanilla y Martina seguía teniendo la sensación de que su vida continuaba recolocándose por dentro, como si piezas que habían permanecido desordenadas durante años empezaran por fin a encajar unas con otras.

Ahora entendía por qué al entrar en la casita de la dehesa había sentido algo tan extraño.

No habían sido recuerdos claros, ni imágenes completas, sino destellos vagos, olores, rincones familiares, sensaciones difíciles de explicar.

Durante días había pensado que quizá todo había sido producto de la sugestión, pero ya no lo creía.

Había vivido allí sus primeros tres años de vida con la tía Leo.

Su memoria quizá no podía reconstruirlo con claridad, pero alguna parte más profunda de ella sí lo recordaba.

Y cuanto más pensaba en ello, más cosas parecían adquirir sentido. También aquel sueño.

El mismo día en que Cristina había entrado en la casita y había ocurrido todo con el hombre que terminó muerto, ella soñó con aquel lugar.

No había sido un sueño cualquiera. Había sentido angustia, asfixia, miedo.

Una voz. Un golpe seco. Sangre en el suelo.

Todo con una intensidad demasiado real para ser casualidad.

Desde entonces había leído sobre gemelos.

Sobre conexiones extrañas entre ellos. Sensaciones compartidas.

Intuiciones imposibles de explicar racionalmente.

Y aunque una parte de ella seguía resistiéndose a creer en ese tipo de cosas, no podía ignorar la coincidencia.

Cristina estaba allí aquella noche. En la casita. A la misma hora.

Después, la sangre hallada en el umbral. El cabello en el sofá. Las pruebas de ADN. Siempre habían conducido hacia ella. Y era lógico. Al fin y al cabo, compartía exactamente la misma carga genética con Cristina.

Luego estaba todo lo relacionado con el accidente de Feliciano.

Durante años todos habían pensado que el cambio brusco de aquella niña se debía al trauma.

A haber presenciado una muerte terrible siendo tan pequeña.

Decían que después del accidente había empezado a llorar constantemente, que rechazaba a su madre, a sus hermanos, a todo el mundo… menos a la abuela Júlia.

Y ahora entendía por qué. Porque aquella niña no era la que ellos creían. Era otra. Una niña de apenas tres años arrancada de golpe de la persona que la cuidaba, de Leo. De la casita. Del pantano. De aquella vida que para ella era la normalidad.

Por eso rechazaba a todos. Porque para ella eran desconocidos, excepto la abuela Júlia, que era a la única persona que conocía.

Y seguramente había echado de menos a Leo con la misma desesperación con la que la otra niña, sin saberlo, debió de extrañar durante años a sus padres y hermanos.

Creció lejos de ellos, lejos de su verdadera familia, sin llegar a saber nunca que existían esas personas a las que pertenecía también de alguna manera.

Martina apretó suavemente los labios.

Y por primera vez comprendió de verdad aquellas veces en que Lucía decía que, cuando ella nació, sintió dentro un vacío todavía más grande que cuando murió su hermano.

A pesar del torbellino que había sacudido sus vidas durante aquellos meses, Lucía y Martina mantenían contacto casi a diario con Cristina.

Las llamadas, que al principio habían estado llenas de silencios incómodos y conversaciones cautelosas, empezaban poco a poco a adquirir una extraña naturalidad, como si las tres intentaran recuperar de golpe un vínculo que la vida les había arrebatado durante demasiado tiempo.

Y Martina tenía claro que quería ir a Lanzarote aprovechando las vacaciones, aunque solo fueran unos pocos días.

Necesitaba estar con Cristina y conocerla sin prisas, sin secretos ni revelaciones constantes de por medio.

Sentía que apenas habían empezado a descubrirse la una a la otra cuando la enfermedad de Leo había vuelto a colocarlo todo bajo una cuenta atrás imposible de ignorar.

Cristina le había contado que los médicos ya no daban apenas margen.

Quince días, quizá menos. La enfermedad había avanzado deprisa y, en las últimas llamadas, Martina había empezado a notar incluso en la voz de su hermana el cansancio de quien intenta sostener emocionalmente algo que sabe que está a punto de terminarse.

Por extraño que resultara admitirlo, después de todo lo ocurrido, Martina también quería despedirse de Leo.

Durante aquellas semanas había intentado convencer a su madre en varias ocasiones.

No para que perdonara a Leo. Ni siquiera para que olvidara.

Solo quería que viajara con ella, que intentara acercarse a aquella mujer antes de que fuera demasiado tarde para cualquier tipo de reconciliación, aunque fuera pequeña e imperfecta.

Pero Lucía siempre terminaba negándose. No lo hacía desde la rabia, sino desde un dolor mucho más profundo y difícil de atravesar. Como si todavía no estuviera preparada para mirar a Leo a los ojos sin sentir el peso de los treinta y tres años que les habían arrebatado.

Martina, en el fondo, podía entenderla. Había heridas demasiado largas para cerrarse en apenas unas semanas.

Lucía también parecía haber entendido algo importante sobre Cristina.

Comprendía perfectamente que quisiera permanecer en Lanzarote hasta el final, acompañando a la mujer que la había criado, la que la había alimentado, la que había cuidado de ella durante toda su vida.

Porque, pese a todo lo demás, Leo había sido su madre.

La única que Cristina había conocido realmente.

Mientras Martina seguía repasando mentalmente la forma en que aquella citación había terminado por sacudirles la vida a todos, el sol comenzaba a caer lentamente sobre la piscina. A su espalda, el sonido suave de la puerta corredera de la cocina rompió la quietud de la tarde.

Lucía apareció descalza en el jardín con una taza de café entre las manos. Hacía rato que las observaba desde dentro sin que ninguna de las dos se hubiera dado cuenta.

Parecía cansada. Mucho más cansada que enfadada.

Martina levantó apenas la mirada hacia ella, esperando otra negativa si volvía a insistir. Pero esta vez su madre no dijo nada durante unos segundos. Se quedó mirando el agua de la piscina, perdida en algún pensamiento lejano. Después dejó lentamente la taza sobre la mesa.

—¿Qué día vamos a Lanzarote?

Martina sintió cómo algo se aflojaba dentro de ella. Y por primera vez en mucho tiempo, sintió cómo algo en su interior empezaba a descansar.