La antesala
La mañana de la reunión amaneció cubierta por una ligera bruma que todavía se mantenía pegada a los campos cuando salieron de Hontanilla.
Lucía conducía. A su lado iba Rosario, más callada de lo habitual, con las manos entrelazadas sobre el bolso y la mirada fija en la carretera.
En otro coche viajaban Martina, Paula, Jepe y Lita.
El trayecto hasta Fuenteherrada apenas duraba quince minutos, pero aquella mañana pareció mucho más largo.
Nadie habló demasiado. Jepe había intentado bromear un par de veces al principio, pero ni siquiera él parecía encontrar del todo el tono adecuado. La tensión flotaba dentro del coche de una forma difícil de ignorar.
Martina observaba distraídamente el paisaje por la ventanilla. Encinas, campos secos, alguna nave agrícola aislada.
Intentaba convencerse de que todo aquello terminaría por aclararse de una vez, aunque en realidad lo que más sentía era una especie de ansiedad confusa que llevaba días creciendo dentro de ella.
Ni siquiera sabía exactamente qué esperaba de la tía Leo.
Apenas conocía su rostro por fotografías antiguas y recuerdos ajenos.
Y, aun así, desde que Rosario confesó las llamadas y anunció aquella reunión, tenía la sensación extraña de que toda su vida llevaba avanzando hacia ese momento sin saberlo.
Llegaron a Fuenteherrada poco antes de las diez.
Las dependencias de la Guardia Civil estaban tranquilas a esa hora, con apenas movimiento en la entrada.
Rosario fue la primera en romper la quietud.
—Bueno… —murmuró casi para sí misma.
Al bajar, el aire fresco de la mañana pareció despejar un poco el ambiente.
Fue entonces cuando Martina vio los otros coches.
Uno de ellos pertenecía claramente a Roberto.
Lo reconoció por las veces que lo había visto pasar por el pueblo, aunque no había cruzado más de dos frases con él.
Cerca estaban también Gerardo y Fernando, algo mayores que ella, a quienes apenas recordaba de vista de los veranos antiguos en el pueblo.
Nunca habían formado parte del mismo grupo ni habían tenido realmente relación.
Los tres parecían desconcertados, especialmente Roberto. Su expresión cambió ligeramente al ver a Lucía y a sus hijos. No esperaba encontrarlos allí. Mucho menos a todos juntos.
Durante unos segundos nadie supo muy bien cómo reaccionar.
Los saludos fueron correctos, contenidos, marcados más por la extrañeza que por la cercanía.
Hacía demasiados años que aquellas dos ramas relacionadas únicamente por el antiguo matrimonio entre Leo y Feliciano apenas coincidían en algo más que un saludo ocasional en el pueblo.
Y ahora estaban allí todos reunidos sin saber exactamente para qué.
Martina notó enseguida la mirada curiosa de Gerardo y Fernando. Era inevitable. En el pueblo todo el mundo hablaba de ella desde hacía semanas: la sobrina de Leo, la nueva propietaria de la finca, la mujer relacionada con el cadáver de la dehesa.
Javier Salgado apareció poco después junto a Clara Ríos. Ambos los saludaron con profesionalidad tranquila, intentando rebajar la incomodidad evidente que empezaba a instalarse en la entrada. Salgado observó rápidamente el grupo mientras les indicaba que podían pasar.
La sala preparada para la reunión era amplia, más parecida a una sala de juntas sencilla que a un despacho de interrogatorios.
Habían colocado varias mesas formando un rectángulo abierto y suficientes sillas para todos.
La intención era precisamente evitar la sensación de declaración policial formal.
Aun así, el ambiente seguía siendo extraño. Demasiado contenido. Demasiado pendiente de una sola ausencia.
Poco a poco fueron sentándose sin saber muy bien dónde colocarse.
Lucía permaneció cerca de sus hijos y de Rosario. Roberto prefirió situarse algo más apartado junto a Gerardo y Fernando. Martina percibió enseguida cómo las miradas se cruzaban constantemente entre unos y otros, llenas de preguntas que nadie terminaba de formular.
Salgado y Ríos permanecían discretamente al fondo de la sala observando, esperando.
Las diez llegaron con puntualidad exacta.
Pero Leo no apareció. Y conforme los minutos empezaron a avanzar lentamente sobre el reloj de la pared, el silencio dentro de aquella sala comenzó a adquirir un peso distinto.
Más incómodo, más frágil. Como si todos empezaran a sospechar al mismo tiempo que aquella mujer, incluso antes de entrar, ya había conseguido colocarlos exactamente donde quería.