El legado de tía Leo Preparativos
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Preparativos

El sargento Javier Salgado y la cabo Clara Ríos dedicaron buena parte de aquella mañana a organizar la reunión.

Ninguno de los dos terminaba de encontrar una forma exacta de definir aquello. No era un interrogatorio convencional, ni una comparecencia formal como las que acostumbraban a gestionar en las dependencias de la Guardia Civil. Tampoco una reconstrucción de hechos ni una declaración judicial al uso.

Era algo distinto, algo mucho más difícil de controlar.

La iniciativa no había partido de ellos, sino de una mujer desaparecida durante más de treinta años que, de repente, había decidido regresar para hablar delante de toda su familia. Y precisamente eso era lo que más incertidumbre generaba.

No sabían qué pretendía contar, ni hasta qué punto aquello afectaría realmente a la investigación.

Ni siquiera tenían claro si el motivo de la reunión guardaba relación directa con el cadáver hallado en la casita de la dehesa, con el oro oculto o simplemente con secretos familiares que nada tenían que ver con el procedimiento policial.

Pero intuían que todo estaba unido de alguna manera. Y, sobre todo, intuían que aquella mujer no había escogido aquel momento por casualidad.

La principal preocupación de Salgado no era tanto lo que Leo pudiera decir, sino lo que pudiera provocar en los demás.

Había demasiados años acumulados detrás de aquella familia; demasiados silencios, resentimientos y recuerdos cruzados.

Bastaba una sola frase mal colocada para convertir aquella reunión en algo imposible de manejar.

Por eso acordaron que la prioridad sería mantener la situación bajo control sin dar sensación de presión.

La reunión se celebraría en una sala amplia de las dependencias, lejos de los despachos pequeños utilizados habitualmente para interrogatorios.

Querían evitar precisamente eso: que alguien sintiera que estaba siendo acusado o acorralado.

La intención era que Leo hablara con libertad, observando al mismo tiempo las reacciones de todos los presentes. Porque si algo tenían claro ambos agentes era que, en ocasiones, las respuestas más importantes no estaban en quien hablaba, sino en quienes escuchaban.

También decidieron permanecer dentro durante toda la declaración. No intervenir demasiado, ni dirigir la conversación salvo que fuera necesario.

Solo observar.

Salgado insistió especialmente en ese punto. Había aprendido hacía años que existen momentos en los que una investigación avanza más escuchando que preguntando.

Aun así, las dudas seguían ahí.

La presencia de Roberto y sus hijos era una de ellas.

A diferencia de Lucía y sus hijas, que ya sabían gracias a Rosario quién estaba detrás de aquella convocatoria, ellos acudirían prácticamente a ciegas.

Y ninguno de los dos agentes sabía cómo reaccionaría Roberto al volver a encontrarse con su cuñada después de tantos años, especialmente después de todo lo relacionado con el oro oculto en la casita.

Otra cuestión delicada era la grabación.

Finalmente acordaron documentar la reunión en vídeo, algo legal dentro de una diligencia oficial realizada en sede policial, siempre informando previamente a todos los asistentes.

No buscaban utilizar aquellas imágenes como medida de presión, sino conservar un registro completo que les permitiera revisar después gestos, silencios o reacciones que quizá pasarían desapercibidos en el momento.

Ambos sospechaban que aquella reunión iba a estar llena precisamente de eso: de detalles mínimos, de miradas, de silencios demasiado largos.

Y mientras ultimaban la organización, Salgado no podía quitarse de encima una sensación extraña que llevaba acompañándolo desde que Rosario apareció en el cuartel.

La impresión de que la investigación estaba a punto de cambiar de dirección. Como si hasta entonces todos hubieran estado observando únicamente la superficie de la historia.

Y alguien, por fin, estuviera dispuesto a remover lo que llevaba décadas enterrado debajo.