El legado de tía Leo Van llegando
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Van llegando

El viernes por la noche la casa del pueblo volvió a parecerse un poco a lo que había sido antes.

No por lo que estaba ocurriendo fuera de ella, ni por las preguntas que seguían creciendo alrededor de la casita de la dehesa, ni por aquella reunión extraña que los esperaba en la Guardia Civil apenas dos días después, sino por algo mucho más simple: Jepe y Lita volvían a casa.

Estarían todos juntos, después de muchos años, en casa de los abuelos.

Lucía llevaba toda la tarde cocinando. Martina y Paula terminaban de preparar la mesa en el porche mientras el aire fresco del anochecer empezaba a entrar desde el jardín. Hacía calor todavía, pero un calor suave, más amable, acompañado por el ruido de los grillos y el olor de las higueras.

Por unas horas, casi podían fingir normalidad.

—Pon más platos, que Jepe siempre acaba invitando a alguien —murmuró Paula.

Martina sonrió y Lucía negó con la cabeza desde dentro de la cocina.

—Y paciencia. Sobre todo, paciencia.

Las tres acabaron riéndose. Hacía tiempo que aquella casa no sonaba así.

Jepe había sido el primero en llamar cuando Rosario les contó la petición de la tía Leo. Y, contra todo pronóstico, lejos de escandalizarse o desconfiar, se había alegrado. De verdad. Incluso había dicho que ya era hora de que su tía volviera y explicara qué fue de ella cuando abandonó Hontanilla.

A diferencia de Martina o de su madre, él no había vivido desde dentro el peso real de todo aquello. Sabía lo del cadáver, claro. Lo del oro. Lo de la investigación. Pero desde Valencia todo parecía menos opresivo, casi irreal a veces.

Y, además, Jepe seguía siendo Jepe.

Cuando llamó por teléfono, terminó confesando entre risas que incluso pensaba llevarse el detector de metales a la casita de la dehesa «por si la familia Garay había decidido enterrar el tesoro nacional completo». Lucía casi le colgó. Martina, sin embargo, no había podido evitar reírse.

Jepe tenía esa capacidad. Diez años mayor que ella y primer hijo de Lucía, había heredado como nadie aquel carácter particular de los Garay: una mezcla de magnetismo, entusiasmo y ligero excentricismo que hacía imposible aburrirse a su lado.

Vivía todo con intensidad, demasiada, quizá.

Tenía en Valencia un negocio de decoración y antigüedades traídas de distintos países.

Aunque llamarlo negocio era simplificar demasiado.

Jepe viajaba constantemente: Marruecos, Turquía, India, Senegal, Indonesia…

Cualquier lugar le parecía bueno si encontraba algo original que pudiera llevar después a su tienda.

No sabía quedarse quieto. Necesitaba moverse igual que otros necesitaban respirar.

Nunca se había casado. No porque le hubieran faltado oportunidades, Lucía había perdido la cuenta de las novias que habían pasado por su vida.

Sino porque había algo en él incompatible con la idea de quedarse anclado en un solo sitio o junto a una sola persona demasiado tiempo.

Pero era imposible enfadarse con él. Tenía un sentido del humor tan natural y un don de gentes que acababa convirtiéndose en el centro de cualquier reunión sin apenas proponérselo.

Lita, en cambio, era distinta. Más tranquila.

Más ordenada. Se llevaba dos años con su hermano y siempre había sido la más responsable de los cuatro.

Mientras Jepe heredó el lado más imprevisible de los Garay, ella parecía haberse quedado con la parte más serena de Lucía.

Llevaba años casada y hacía poco había tenido un hijo, casi cuando ya había dejado de pensar en la posibilidad de ser madre.

La reacción de Lita tampoco había sido negativa.

Más bien todo lo contrario. La noticia de que la tía Leo quería volver al pueblo y hablar con todos despertó en ella una curiosidad antigua, casi infantil, que llevaba años dormida en algún rincón de la memoria, porque, a diferencia de Martina, ella sí la recordaba bien.

Y no la recordaba como una mujer extraña ni oscura.

Recordaba los veranos en casa de los abuelos, cuando la dehesa todavía formaba parte de los días normales de la familia y Leo aparecía algunas tardes para llevársela con ella.

Paula, en cambio, era demasiado pequeña para conservar recuerdos reales de la tía Leo. Su imagen de ella estaba construida a partir de fotografías antiguas, comentarios sueltos y silencios familiares que nunca terminaban de explicarlo todo.

Y Martina… Martina, por descontado, jamás había tenido relación alguna con ella.

Para ella no existía una voz, ni un gesto, ni una escena concreta a la que agarrarse.

Leo siempre había sido poco más que un nombre repetido de vez en cuando en conversaciones de adultos, una mujer ausente que pertenecía a un tiempo anterior al suyo.

Y, aun así, de una manera extraña, las dos habían crecido sintiendo curiosidad por ella.

Porque en aquella familia Leo nunca desapareció del todo.

Aunque no estuviera, aunque nadie supiera dónde vivía; aunque durante décadas no hubiera dado señales de vida, siempre acababa volviendo a las conversaciones.

En una anécdota de verano. En una fotografía vieja encontrada en un cajón.

En una historia sobre Mauricio y ella recorriendo el pueblo de jóvenes como si fueran los dueños del mundo.

O simplemente en alguno de esos silencios incómodos que aparecían cuando los mayores creían que los niños no estaban escuchando.

Leo era eso, una ausencia constante. Alguien que llevaba más de treinta años fuera de la vida de la familia y que, sin embargo, nunca había terminado de marcharse del todo.

Cuando Jepe llegó, la casa terminó de llenarse de ruido. Entró hablando antes incluso de cruzar la puerta, abrazando a Lucía con exageración teatral y levantando a Paula y a Martina del suelo como si siguieran teniendo diez años.

—Madre mía, qué novela tenéis montada —dijo mientras dejaba una mochila y el detector de metales apoyado en la pared—. He venido a resolverlo todo.

—Tú lo que has venido es a buscar oro —respondió Lucía.

—También.

Las risas relajaron definitivamente el ambiente.

Incluso Martina notó cómo algo dentro de ella aflojaba un poco por primera vez en muchos días.

Después llegó Lita, más tranquila, cargando con bolsas, con regalos para todos y hablando ya de su hijo antes siquiera de sentarse.

Y poco a poco la noche acabó pareciéndose a aquellas otras noches antiguas de verano en las que la familia se reunía en el porche hasta tarde, hablando de cualquier cosa mientras el calor iba desapareciendo despacio sobre el jardín.

Hablaron de la gente del pueblo, de viajes, del niño de Lita y también de las hijas de Paula, que aquel fin de semana se habían quedado con su padre. Aunque ya llevaba un tiempo separada, todavía había momentos en los que la ausencia de las niñas le resultaba extraña.

Siguieron bromeando con el detector de metales que Jepe había llevado. Las risas fueron apagando poco a poco la tensión acumulada de los últimos días, y Jepe, como hacía siempre, terminó empujando un poco más allá el límite.

Y durante unos segundos, allí en el porche, entre el ruido de las copas y el aire tibio de la noche, consiguieron sentirse otra vez una familia normal.

El espíritu de los Garay permanecía intacto y el nombre de Leo seguía allí, flotando de fondo entre todos ellos como una puerta que estaba a punto de abrirse después de demasiados años cerrada.