Los que faltaban
El huerto estaba en silencio a esas horas. Únicamente el roce leve de las hojas y el sonido seco de la tierra.
Roberto apoyaba el peso del cuerpo para arrancar alguna hierba que se había colado entre los surcos. Le gustaba ese trabajo. Le ordenaba la cabeza.
Aquella mañana, sin embargo, no estaba del todo en lo que hacía. El pensamiento volvía una y otra vez al mismo sitio. El oro. Durante días había sentido una mezcla difícil de explicar: alivio y vacío al mismo tiempo.
Alivio porque el secreto, al fin, había salido a la luz.
Porque ya no era solo suyo, ni de su hermano, ni de aquella historia vieja que pesaba como una losa desde hacía casi cincuenta años.
Pero vacío también. Porque con todo aquello enterrado en la casita de la dehesa se iba algo más que un secreto.
Se iba una garantía. Una seguridad silenciosa para sus hijos, para los hijos de sus hijos.
Gerardo y Fernando habían crecido sin apuros, con oportunidades, con una vida que él nunca tuvo gracias a todo aquello. Y ahora ya no estaba.
A veces se sorprendía a sí mismo pensando en ello con rabia. No por necesidad, porque al final ¿qué más le daba a él? Y, aun así, no podía evitar volver siempre al mismo nombre: Leo. Su cuñada. La mujer que nunca encajó en su mundo.
Roberto se detuvo un momento, apoyándose en la azada.
Nunca la había entendido. Eran de mundos distintos desde el principio: ella, siempre demasiado sofisticada, demasiado distante, como si el pueblo fuera un lugar provisional en su vida; él, enraizado en la tierra, acostumbrado a lo concreto, a lo que se toca y se trabaja.
Y su hermano… Su hermano había sido otra historia.
Roberto aún se preguntaba cómo había acabado casándose con ella. Encima, sin hijos. Como si aquella familia hubiera estado siempre incompleta por diseño.
Sacudió la cabeza, como si quisiera apartar esos pensamientos.
Fue entonces cuando el móvil vibró en el bolsillo. Se limpió las manos en el pantalón antes de contestar.
—Dime.
La voz de Gerardo sonó algo tensa.
—Papá… han llamado de la Guardia Civil.
Roberto se quedó quieto. El huerto, el aire, el suelo… todo pareció detenerse un segundo.
—¿Qué quieren?
—Que vayamos.
Pausa.
—Tú, Fernando y yo. Los tres.
Roberto frunció el ceño.
—¿Para qué?
—No lo han explicado bien. Solo han dicho que es importante. Y que tiene que ver con la casita de la dehesa.
El nombre le golpeó con precisión. La casita. El lugar que llevaba semanas ocupando demasiados pensamientos. Roberto cerró los ojos un instante.
—¿Cuándo?
—El lunes, a las diez de la mañana.
—Vale —dijo al fin, con voz grave.
Y colgó.
Se quedó unos segundos mirando el móvil en la mano. Luego levantó la vista hacia el huerto. Todo seguía en su sitio.
Pero él ya no estaba del todo allí.