Remordimientos
Rosario había dejado la luz del patio encendida antes incluso de empezar a preparar la cena.
Le gustaba pensar que así la casa parecía más acogedora, más viva, como si una luz cálida bastara para dar sensación de orden cuando por dentro todo empezaba a removerse demasiado.
A esas alturas de su vida, Rosario se había acostumbrado a valorar precisamente eso: el orden pequeño de las cosas sencillas.
Nunca se había casado. No porque hubiera tomado una decisión concreta, sino porque la vida simplemente había pasado así.
Cuidó de su madre hasta hacía bien poco, hasta el final de su vida y vivió siempre con ella en aquella misma casa tranquila del pueblo, donde los días parecían repetirse con una calma casi idéntica.
Ahora, ya con casi setenta años, su vida transcurría despacio. Paseos cortos por las calles de Hontanilla. Conversaciones eternas con otras mujeres sentadas al fresco cuando caía la tarde. La compra. La misa de los domingos. El café de media mañana.
Nunca había salido realmente del pueblo. Y tampoco había sentido necesidad de hacerlo. Por eso, cuando Leo volvió a aparecer en su vida después de más de treinta años de silencio, Rosario sintió que alguien removía algo antiguo que ella creía completamente quieto.
Cuando escuchó los pasos en el camino, se secó las manos en el delantal sin necesidad. Ya lo tenía todo preparado, aunque no sabía muy bien si era una cena o una forma de pedir perdón.
La puerta se abrió primero para Lucía, después Martina y por último Paula.
La mesa estaba puesta. El olor a comida recién hecha llenaba la casa, pero no conseguía tapar la tensión que se notaba en el ambiente.
Las miró una por una. Y sintió, con claridad, que lo que iba a decir iba a cambiar la forma en la que la miraban para siempre.
Esperó a que se sentaran del todo. Esta vez no había urgencia en sus movimientos, pero sí una incomodidad difícil de disimular, como si la casa fuera más pequeña de lo habitual.
—Os agradezco que hayáis venido —dijo por fin, intentando sonar natural.
Lucía sonrió ligeramente.
—Nos has invitado tú.
Paula miró la mesa.
—Y has dicho que era importante.
Martina no dijo nada. Se limitó a apoyar las manos sobre la mesa, cansada. Intuía que lo que le iba a escuchar estaba relacionado con todo lo que estaba ocurriendo.
—Sí…, es importante. Hace días que quería hablar con vosotras.
Lucía la observó con calma.
—¿Qué pasa, Rosario? No nos asustes, que no estamos para más sobresaltos.
Rosario tragó saliva.
—Hace unos días… recibí una llamada.
Martina levantó la vista.
—¿De quién?
Rosario dudó apenas un segundo.
—De Leo.
Silencio, pero sin tensión todavía. Solo sorpresa.
Paula frunció el ceño.
—¿Leo… la tía Leo?
Rosario asintió.
—Sí.
Lucía soltó una pequeña exhalación, como si la idea le costara encajarla.
—Eso no tiene sentido.
Rosario no discutió.
—Ya lo sé. Llevaba muchos años sin saber nada de ella. Desde que se fue del pueblo.
Martina se inclinó ligeramente hacia delante con expresión de no estar entendiendo nada.
—¿Y para qué? ¿Qué quería?
Rosario bajó la mirada un instante, como si esa fuera la parte que más le pesaba.
—No sé cómo, pero se había enterado de lo del cadáver en la casita de la dehesa y quería saber cómo estabais. Me llamó el día siguiente de que estallara todo.
Silencio.
—Y —continuó Rosario— me pidió que la mantuviera informada.
Paula parpadeó.
—¿De qué?
Rosario bajó la mirada un instante.
—De todo lo que estaba pasando con Martina con el tema de la casita.
Martina no reaccionó de inmediato. Solo parpadeó, como si la frase necesitara asentarse.
—¿Conmigo? —preguntó al fin.
Rosario asintió.
—Decía que estaba preocupada.
Lucía soltó una risa breve, sin humor.
—¿Preocupada ahora?
Rosario no respondió a eso, porque no tenía forma de defenderlo.
—Me dijo que era importante que no dijera nada a nadie —continuó—. Que me iría llamado para que la mantuviera al corriente. Que si algo se complicaba…, ella intervendría. Que se sentía responsable de que Martina estuviera en apuros.
Paula la miró con desconfianza.
—¿Y tú te lo creíste?
Rosario apretó las manos.
—No al principio, pero tampoco me pareció una locura.
Lucía dio un paso hacia la mesa.
—Rosario…
—Escúchame —dijo ella, por primera vez con un tono más firme—. No me pidió nada raro, no me pidió favores. Solo información. Me dijo que estaba enferma, en fase terminal y que le quedaban meses de vida.
Martina la observaba en silencio.
Rosario bajó un poco la voz.
—Le preocupaba que todo lo que estaba pasando pudiera perjudicar a Martina, que cuando decidió dejarle la casita de la dehesa fue con buenas intenciones. Que quería ayudarla si las cosas se complicaban. Que sabía cómo hacerlo.
Lucía negó lentamente.
—¿Cómo va a ayudarla? Eso no tiene sentido.
Rosario la miró directamente.
—Lo sé, no tiene sentido, no explicó nada más, pero la creí. Y sigo creyendo en ella.
Un silencio largo, demasiado largo.
Martina habló entonces, muy despacio:
—¿Y por qué nos lo cuentas ahora?
Rosario tragó saliva.
Esa era la parte más difícil.
—Porque cuando le dije que estabas siendo investigada, que te habían interrogado en varias ocasiones y que el sargento te había dicho que tenían un video que te situaba en la casa el día y la hora del fallecimiento de ese hombre, dijo que había llegado el momento, que vendría y lo explicaría todo.
El aire cambió en la habitación. Paula se incorporó un poco.
—¿Venir? ¿Aquí?
Rosario sostuvo la mirada de Lucía.
—Sí. Quiere hablar con la Guardia Civil y con todos vosotros.
Lucía se llevó una mano a la boca.
Martina no se movió.
—¿Con todos? —preguntó ella, casi en un susurro.
Rosario asintió.
—Con toda la familia. Dice que lo que tiene que contar os afecta a todos y abrirá una luz a todo lo que está sucediendo entorno a la casita.
El silencio se alargó demasiado y la noticia quedó suspendida en la mesa, como si nadie supiera muy bien qué hacer con ella. Pero poco a poco, casi sin darse cuenta, la conversación fue perdiendo filo.
Lucía fue la primera en moverse, en servir más comida, en preguntar algo trivial sobre el guiso.
Martina respondió con un gesto leve; Paula empezó a hablar de cualquier cosa sin importancia.
Rosario observaba en silencio, todavía con la sensación de haber soltado algo demasiado grande en un espacio demasiado pequeño.
El ambiente no volvió a ser el de antes, pero tampoco siguió siendo el mismo.
Cuando ya llevaban un rato comiendo, Lucía dejó el tenedor sobre el plato y miró a Rosario con cierta calma inesperada.
—No te preocupes —dijo al fin.
Rosario la miró, sin entender del todo.
—Has hecho lo que te ha pedido, y lo has hecho como has podido. Sé que ha sido con buena intención.
Rosario bajó la mirada, como si esa frase le quitara un peso que no sabía que estaba cargando.
—Yo solo… —empezó.
—Ya —la interrumpió Lucía, suavemente—. Ya lo sé.
Martina levantó la vista, observando el gesto de su madre. Paula soltó una pequeña exhalación, más relajada. Y entonces, casi sin querer, el tono volvió a cambiar otra vez.
—Aunque te digo una cosa —añadió Lucía, medio en broma—, si Leo quiere que estemos todos, al final vamos a necesitar una mesa bastante más grande.
Rosario parpadeó.
—Yo ya les he dicho que en mi comedor cabemos justos.
Paula ladeó la cabeza.
—Pues peor para ella.
Martina sonrió por primera vez en toda la cena.
—Siempre puede sentarse en la cocina.
Lucía soltó una risa breve.
—O en la puerta, como castigo.
Rosario, pese a todo, acabó riéndose también.
—No sé si eso le haría mucha gracia.
—Bueno —dijo Lucía, recogiendo su copa—, después de tantos años sin aparecer, tampoco es que pueda quejarse mucho.
El comentario quedó flotando un segundo, sin tensión, casi ligero.
Y por primera vez desde que Rosario había empezado a hablar, la palabra «Leo» dejó de pesar, y todas lo agradecieron.
Cuando la cena terminó, Lucía fue la primera en despedirse con naturalidad, como si la noche hubiera sido simplemente eso: una cena más.
—Gracias por todo —dijo, tocándole el brazo a Rosario con un gesto breve—. De verdad.
Rosario asintió, sin encontrar palabras mejores. Martina se acercó después, más despacio.
—Nos veremos pronto —dijo, guiñándole un ojo.
Rosario asintió, esta vez con una sonrisa.
Paula fue la última en salir, despidiéndose con un gesto más distraído, ya casi en la puerta.
Y la casa quedó en silencio.
Rosario se quedó unos segundos de pie, sin moverse.
Luego empezó a recoger la mesa. Plato a plato. Copa a copa. Como si el orden de las cosas pudiera devolverle el equilibrio a lo que acababa de desordenar. Pero no lo hacía.
Cuando apagó la luz del comedor, la casa pareció más grande. Y más vacía.
Se quedó un momento en la cocina, apoyando las manos en la encimera.
No estaba segura de haber actuado correctamente. Solo sabía que ya no podía deshacerlo. Y en algún lugar de su cabeza, la voz de Leo seguía ahí. Esperando.