La cena
Martina dudó unos segundos antes de marcar.
Había pasado toda la mañana dando vueltas por casa, sin encontrar un sitio en el que quedarse más de cinco minutos.
El jardín, el porche, la cocina, su habitación…
Después de comer había salido a pasear por los alrededores del pueblo, norte, sur, este, oeste...
todo le resultaba demasiado pequeño. Como si el pueblo entero se hubiera encogido de golpe.
Al final, sin pensarlo más, cogió el teléfono y llamó a David.
Él tardó un par de tonos en responder.
—Hola.
—¿Tienes la tarde libre?
—Depende —respondió—. ¿Qué necesitas?
Martina se apoyó en la barandilla del porche, mirando hacia la dehesa.
—¿Tienes que trabajar hoy con las vacas?
David dejó escapar una pequeña risa.
—Siempre hay algo que hacer, ya lo sabes. Pero puedo arreglarlo. ¿Por qué?
—Porque necesito salir. Salir del pueblo —añadió—. Aunque sea unas horas.
David no respondió de inmediato.
—¿Ha pasado algo?
Martina cerró los ojos un segundo.
—No. Bueno…, sí. Pero nada que tu no sepas ya. Necesito ciudad. Gente que no me mire con recelo. Ruido. Lo que sea.
David entendió.
—Vale.
Martina dejó escapar el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—Cenamos en Ávila.
—¿Hoy?
—Sí. Y sin hablar de nada de lo que está pasando.
David sonrió al otro lado.
—Eso va a ser complicado.
—Pues lo intentamos —respondió ella—. Solo una noche normal. ¿Te apetece?
—Claro que sí —contestó él—. Paso a buscarte en una hora.
Martina asintió, aunque él no pudiera verla.
—Perfecto.
El trayecto hasta Ávila fue tranquilo. El sol empezaba a caer cuando dejaron atrás Hontanilla, y por primera vez en días Martina sintió que el aire cambiaba. Bajó la ventanilla y dejó que el viento le despejara la cabeza.
No hablaron demasiado. Y, curiosamente, no hizo falta.
El restaurante lo eligió ella. Un sitio pequeño, en una calle cercana al centro, de esos que no llaman la atención desde fuera, pero que siempre están llenos.
—Buen sitio —comentó David al entrar, echando un vistazo alrededor.
—Lo sé —respondió ella—. Por eso he querido venir.
El camarero los acompañó hasta una mesa junto a la pared. Martina se sentó y, por primera vez en mucho tiempo, sintió algo parecido a la normalidad. O al menos, lo suficientemente cerca como para intentar creer en ella.
Martina se había arreglado para la ocasión.
Hacía días —quizá semanas— que no se miraba al espejo con esa intención.
Se había recogido el pelo con cuidado, había elegido un vestido sencillo pero favorecedor y, por primera vez desde que llegó al pueblo, se había maquillado.
Nada exagerado, solo lo suficiente para reconocerse de nuevo.
Cuando David la vio salir de casa, se quedó un segundo en silencio. No dijo nada. Pero, con la luz suave del atardecer, le pareció la mujer más bonita que había visto nunca. Durante el trayecto no comentó nada al respecto, pero no dejó de mirarla de reojo. Martina lo notó.
Fuera del contexto del pueblo, lejos de la rutina de las vacas, el polvo y los horarios marcados por el campo, David parecía otro. O quizá era el mismo, pero visto desde otro lugar. Más tranquilo. Más seguro. Más cercano a algo que ella sí entendía.
El camarero les tomó nota y, cuando se quedaron solos, Martina apoyó los codos sobre la mesa.
—Echo de menos esto —dijo, mirando alrededor.
David asintió.
—Se nota.
Martina esbozó una pequeña sonrisa.
—Necesito volver a la ciudad, a mi trabajo, a mi vida, mi rutina. El pueblo… se me está viniendo encima.
David la observó con calma. No parecía sorprendido.
—Lo sé —dijo.
Martina alzó la vista.
—¿El qué?
—Que echas de menos tu vida.
Ella frunció ligeramente el ceño.
—¿Tan evidente es?
David se encogió de hombros.
—Un poco. Y ahora… —añadió él— aún más.
La frase quedó suspendida entre los dos.
—¿Más? —repitió ella.
David apoyó la espalda en la silla.
—Sí, lo acabas de decir tú, aunque no hacía falta. No te veo yo viviendo en un pueblo.
Martina apartó la mirada un segundo.
—En la Guardia Civil me preguntaron por ti.
Martina levantó la vista de golpe.
—¿Cómo?
—En el interrogatorio.
—¿Qué te preguntaron?
David dudó un segundo.
—Si tenía alguna intención contigo.
El silencio fue inmediato.
Martina parpadeó, sorprendida.
—¿En serio?
—Sí.
Ella dejó escapar una pequeña risa.
—¿Y eso no pensaste en contármelo antes?
David sonrió.
—No me pareció importante.
Martina negó con la cabeza, divertida.
—¿Y qué les dijiste?
Él la miró un instante.
—La verdad.
—¿Y cuál es la verdad?
David no respondió de inmediato. La miró un segundo más de lo necesario.
—Pues... precisamente les contesté lo que te acabo de decir, que no te veía adaptándote a la vida del pueblo, sin tu trabajo. Ni yo a la tuya de la ciudad. Y que por ese motivo ni me planteaba esa opción.
Martina apartó la mirada, pero no sonrió esta vez. Y el ruido del restaurante volvió a colarse entre ellos
David debió de notar que el ambiente empezaba a tensarse demasiado, porque levantó la carta de vinos y la agitó ligeramente delante de ella.
—Vale —dijo—. Cambio de tema obligatorio. Lo has pedido tú.
Martina sonrió por primera vez con naturalidad.
—Además, te advierto que después del interrogatorio con la Guardia Civil ya no sé ni cómo hablar normal.
Ella soltó una pequeña carcajada.
—¿Te pusiste nervioso?
David la miró con fingida dignidad.
—Por favor. Soy un hombre de campo curtido por la vida.
Martina arqueó una ceja.
—Ajá.
—Bueno, —admitió él— quizá cuando el sargento empezó a preguntarme si tenía interés sentimental en ti me atraganté un poco.
Ella volvió a reír.
—No me lo puedo creer.
—Y lo peor no fue eso.
Martina lo miró divertida.
—¿Qué fue entonces?
David dejó la carta sobre la mesa.
—Que la cabo Ríos me miraba como si ya supiera la respuesta antes de preguntar.
Martina negó con la cabeza, riéndose ya sin poder evitarlo.
—Pobrecito.
—Exacto. Salí de allí sintiéndome sospechoso de enamoramiento agravado.
Ella se llevó la copa de vino a los labios intentando contener la risa.
—Eso no existe.
—Debería existir. En este pueblo sería delito seguro.
Martina apoyó la cabeza sobre una mano, relajándose poco a poco.
Hacía días que no se sentía así. Sin tensión en los hombros. Sin preguntas. Sin miradas.
David la observó un instante en silencio antes de hablar otra vez.
—Ahora en serio —dijo—. Me alegro de que me llamaras.
Martina sostuvo su mirada unos segundos, y esta vez sí sonrió de verdad.
—Yo también.
El camarero llegó con la cena y durante unos minutos hablaron de cosas pequeñas, casi absurdas.
Gente del pueblo. Veranos antiguos. Anécdotas del instituto.
Paula perdiéndose en Valencia el primer año de carrera.
David cayéndose al pilón de la plaza después de una fiesta. Historias simples. Normales.
Y quizá por eso, precisamente, Martina notó un pequeño nudo en la garganta. Porque empezaba a darse cuenta de cuánto echaba de menos sentirse así.