Dudas
Rosario caminaba hacia el cuartel de la Guardia Civil de Fuenteherrada con una sensación extraña, como si cada paso la acercara no solo a una conversación incómoda, sino a algo que llevaba demasiado tiempo guardado.
Todo había empezado unas semanas atrás.
Aún recordaba el sonido del teléfono aquella tarde. No esperaba ninguna llamada. Y, sin embargo, cuando descolgó y escuchó su voz, el tiempo pareció detenerse.
Leo.
Más de treinta años sin saber nada de ella.
Sin una carta, sin una noticia, sin una señal que indicara dónde estaba o qué había sido de su vida.
En el pueblo, con los años, su nombre había dejado de pronunciarse con normalidad.
Se había convertido en una historia a medias, en un recuerdo incómodo que nadie terminaba de explicar del todo.
Y de pronto aquella llamada.
Rosario no se lo podía creer. Primero pensó que era un error. Luego, que no debía responder. Pero la voz al otro lado era inconfundible.
Le pidió que no dijera nada, que guardara el secreto y que la mantuviera informada de todo lo que estaba ocurriendo en el pueblo. No le explicó nada más. Ni dónde estaba, ni por qué había decidido desaparecer.
Solo le dijo que quería ayudar a Martina. Que aquella transmisión de patrimonio, la casita de la dehesa, no había sido un gesto sin sentido. Que, si las cosas se complicaban más, acudiría ella misma a explicarlo todo.
Rosario dudó. Había un cadáver en aquella casa. La cosa era seria. Demasiado como para andar con medias verdades. Pero Leo… No era capaz de desconfiar del todo de ella, ni de lo que había sido, ni de lo que había significado para su familia.
Aceptó. No del todo convencida, pero aceptó.
Desde entonces, hablaban cada dos o tres días, siempre a la misma hora. Era Leo quien llamaba. Rosario esperaba. Y en cada conversación, sin darse cuenta, había empezado a mirar todo lo que ocurría desde otro lugar.
Mientras caminaba, los recuerdos se le agolpaban sin orden.
Concha, su madre, ya trabajaba con los Garay antes de que ella naciera.
Aunque el matrimonio vivía en Ávila, el pueblo seguía siendo el punto de encuentro.
Los fines de semana, los veranos: siempre volvían.
Concha, aun siendo una adolescente, cuidaba de los niños y ayudaba a doña Júlia en todo lo que hiciera falta y llevaba la casa adelante con esa discreción silenciosa de quien aprende a no ocupar más espacio del necesario.
Los Garay le permitían llevar consigo a su hija, una niña apenas más pequeña que los suyos, porque Concha había quedado viuda poco después de convertirse en madre y no tenía con quién dejarla mientras trabajaba.
Era más pequeña, sí, pero eso nunca importó demasiado.
Leo y Mauricio la incluían en sus juegos como si fuera una más.
Aquella casa siempre estaba llena de risas, de carreras por el jardín, de niños del pueblo que entraban y salían sin llamar.
En verano, la manguera se convertía en el mejor de los juegos, y terminaban empapados, gritando, sin que nadie se preocupara demasiado por nada.
A Rosario le gustaba estar allí. Era una familia muy alegre y divertida.
Recordó a Mauricio, ya de adolescente. Siempre llevaba una guitarra colgada al hombro, y Leo…
Leo tenía algo que llenaba cualquier espacio.
Juntos eran el alma de todo. De las tardes, de las noches, de las fiestas improvisadas.
Cuando se marchaban al terminar el verano, el pueblo se quedaba más vacío de lo habitual.
Y cuando regresaban, todo volvía a encajar.
Tenían eso, carisma, una forma de estar que arrastraba a los demás.
Eran inteligentes, modernos y había en ellos un punto difícil de explicar, algo entre lo brillante y lo excéntrico. Mauricio, tan rubio que parecía casi irreal. Y aquellos ojos verdes… Rosario aún recordaba cómo las chicas del pueblo lo miraban cuando pasaba.
Lucía fue una de ellas, pero no una más. Morena, guapa, con carácter. Desde adolescentes empezaron a salir y nadie se sorprendió cuando, años después, se casaron. Eran, sencillamente, la pareja perfecta.
Se fueron a vivir a Valencia. Mauricio había estudiado arquitectura y en aquella época esa ciudad ofrecía más oportunidades que Ávila. Durante un tiempo, las visitas al pueblo se hicieron más espaciadas.
Pero volvían, siempre volvían.
Y cuando empezaron a tener hijos, Lucía recuperó la costumbre de instalarse en el pueblo en cuanto terminaba el curso escolar. Junio marcaba el regreso de la vida a la casa. Los niños llenaban cada rincón, y todo volvía a parecerse a aquellos veranos de antes.
Para entonces, la madre de Rosario se veía mayor para seguir con ese trabajo y fue ella quien ocupó su lugar.
Cuidar de los hijos de Mauricio y Lucía nunca lo sintió como una obligación.
Era casi una forma de seguir perteneciendo a algo que había empezado mucho antes de que ella pudiera decidir nada.
Pero no todo fue igual para todos. Leo…
Rosario bajó la mirada mientras caminaba.
A Leo la vio cambiar. Primero despacio, así sin que nadie lo notara.
Se casó con Feliciano y decidió quedarse en el pueblo, dejando atrás la vida de la ciudad. Al principio parecía feliz. O al menos tranquila. Pero luego vinieron los embarazos. Y las pérdidas.
Uno, otro, y otro más.
Mientras su hermano llenaba la casa de sus padres de niños, Leo veía como lo suyo no salía adelante. Rosario había visto cómo, poco a poco, algo se iba apagando en ella. No de golpe. No de forma evidente. Pero sí constante.
Hasta aquel último embarazo. El que parecía que, por fin, iba a llegar a término. Recordaba la ilusión, el cuidado, la esperanza contenida de todos.
Y después… el silencio.
A los ocho meses, Leo dejó de sentir a la niña en su vientre. Cuando lo contó, ya era tarde.
Aquello no solo la rompió; la cambió para siempre
Rosario tragó saliva al recordar y, sin querer, los recuerdos se desvanecieron para dar paso al presente.
Todo aquello, todo lo que había sido aquella familia…Y ahora, después de tantos años, volvía a estar en el centro de algo que nadie parecía entender. La herencia de la casita. El cadáver. Los narcotraficantes. El oro ocultado por Roberto. Nada tenía sentido.
—Ha llegado el momento —le había dicho.
Iba a volver, iba a explicar cosas, pero no de cualquier manera. Leo solo acudiría con una condición: que estuvieran todos presentes. Lucía, sus hijos. Roberto y los suyos. Todos.
Rosario apretó los labios al recordarlo. Porque lo que tenía que decir, le había recalcado, no era solo para la Guardia Civil. Les afectaba a todos.
Dudó un segundo antes de entrar. Por primera vez desde que aceptó ayudarla, sintió el peso real de lo que estaba haciendo.
No sabía si estaba protegiendo a Martina, o empujándola hacia algo de lo que ya no podría salir. Aun así, cruzó la puerta y lo dijo todo.
Cuando salió el despacho quedó con un ambiente raro. Salgado no dijo nada al principio. Se quedó mirando la mesa, con los dedos apoyados sobre la carpeta, como si estuviera ordenando las piezas antes de mover ninguna.
Clara fue la primera en romper el silencio.
—¿Qué opinas?
Salgado no levantó la vista.
—No lo sé. Pero no entiendo nada.
Clara asintió despacio.
—Treinta años desaparecida… y ahora aparece. Cuando el caso se le viene encima a la sobrina —añadió él.
—Y dice que está enferma —continuó Clara—. En fase terminal.
Salgado apretó ligeramente la mandíbula.
—Eso cambia las cosas.
Clara lo miró con atención.
—¿En qué sentido?
Él levantó por fin la vista.
—En qué si es verdad, no va a tener muchas oportunidades más de hablar. Y nosotros tampoco de escucharla.
Clara cruzó los brazos.
—Pero lo que pide no es normal.
—No.
—Quiere a toda la familia delante.
—Sí.
—Eso no es una declaración.
Salgado se recostó en la silla.
—No. Es otra cosa.
El silencio volvió a instalarse entre ellos.
—Puede ser una maniobra —añadió Clara—. Para controlar lo que se diga. O para proteger a alguien.
—O para decir algo que no ha podido decir hasta ahora —replicó él.
Salgado miró hacia la ventana un instante. Clara dejó escapar el aire despacio.
—Si no aceptamos, no viene —terminó él.
Salgado volvió a mirar la carpeta.
—Tenemos un homicidio sin resolver, un vídeo que no prueba nada y una testigo que no encaja.
Clara asintió lentamente.
—Y ahora esto. ¿Qué hacemos?
Salgado no dudó esta vez.
—Escucharla.
Clara frunció ligeramente el ceño.
—¿Así, sin más?
—No.
Se inclinó hacia delante.
—A nuestra manera. Si quiere a todos, los tendrá. Pero nosotros decidiremos cuándo, dónde y cómo.
Clara lo miró, evaluando la decisión.
—Eso puede saltar por los aires.
—Ya lo está —respondió él con calma—, pero esta vez —añadió— vamos a estar delante cuando ocurra.
Clara sostuvo su mirada unos segundos.
Y asintió.