El legado de tía Leo Llegó el momento
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Llegó el momento

—No está siendo fácil —dijo al fin, bajando la voz.

Al otro lado, Leo no dijo nada.

—Se ha complicado más de lo que parecía. Primero una banda de narcotraficantes que utilizaba la casita para almacenar la mercancía, después la declaración de Roberto sobre esos lingotes de oro que les dio su padre y que tenía escondidos…

Leo solo escuchaba, procesando todo lo que le contaba Rosario.

—Lo peor es que corre el rumor —continuó— de que hay un vídeo.

Otra pausa, más larga esta vez.

—Un fragmento —añadió rápido, como si quisiera matizarlo—. No es una grabación completa. Apenas unos segundos.

Leo seguí sin decir nada.

Rosario apretó el teléfono un poco más fuerte contra la oreja.

—Dicen que sitúa a Martina en la casita la noche en que murió el hombre.

Silencio otra vez.

—Ella sigue negándolo —añadió—. Dice que no estuvo allí.

—¿Y tú qué crees? —preguntó Leo finalmente.

Rosario miró hacia la ventana, incómoda.

—No lo sé, pero en el pueblo… —dudó— la gente empieza a mirarla de otra manera porque no entienden por qué miente. Sigue diciendo que no estuvo allí.

Rosario bajó aún más la voz.

—Esto ya no son solo cotilleos —añadió—. Empiezan a hablar de ella como si… como si estuviera implicada.

Rosario guardó silencio unos segundos después de hablar, como si esperara una reacción que no llegaba del otro lado de la línea.

Al otro lado, Leo respondió finalmente.

—Ha llegado el momento.

Rosario se quedó quieta.

—¿Qué momento?

La voz al otro lado sonó serena pero firme.

—Voy a ir al pueblo.

Rosario frunció el ceño.

—Leo, eso no es una buena idea ahora mismo…No estás bien…

—No voy a esperar más —la interrumpió ella—. Quiero declarar ante la Guardia Civil.

El silencio de Rosario se hizo más denso.

—Pero ¿qué vas a decir exactamente?

Leo no contestó de inmediato.

—Todo —respondió —. Desde principio a fin. Hay muchas cosas que no sabéis y que lo explican todo.

Rosario se tensó.

—Pero ¿qué sabes tú? —preguntó Rosario confundida.

Leo obvió la pregunta y añadió:

—Dile al sargento y a la cabo que quiero hablar, pero que, únicamente, lo haré con una condición.

Su tono no cambió.

—Quiero que estén todos presentes.

—¿Todos quiénes?

—El entorno de Martina.

Rosario tardó un segundo en comprender.

—Martina, su madre, sus hermanos. Roberto y sus hijos. Y tú también, Rosario, mereces saberlo todo.

Silencio.

—No voy a hablar a medias —añadió Leo—. Lo que tengo que decirles incumbe a todos. Solo así se entenderá.

La llamada se mantuvo unos segundos en silencio antes de cortarse.

Rosario bajó lentamente el teléfono. Y por primera vez, sintió que lo que venía no era solo una declaración, sino un punto de no retorno.