El legado de tía Leo Sin fisuras
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Sin fisuras

Martina caminaba hacia el cuartel de la Guardia Civil de Fuenteherrada con la sensación de estar entrando en algo que ya no entendía.

En su cabeza se mezclaban las piezas sin orden posible: el oro encontrado en la casita, la muerte de aquel hombre, los narcotraficantes, las preguntas sin respuesta.

Si su tía Leo sabía lo que había allí, ¿por qué le había dejado precisamente a ella la casa?

Y si no lo sabía, ¿cómo encajaba todo aquello con la imagen que el pueblo tenía de ella, de una mujer inteligente, meticulosa, siempre un paso por delante?

Nada terminaba de encajar. Cada explicación abría una duda nueva, como si todo estuviera diseñado para no resolverse nunca.  Y ahora la volvían a citar otra vez, como si ella tuviera en sus manos una verdad que no alcanzaba ni a ver.

Cuando cruzó la puerta, la sala de interrogatorios ya la estaba esperando.

Salgado y Clara permanecían sentados, en silencio. La sala era fría, demasiado neutra para lo que se estaba jugando allí dentro. Salgado dejó la carpeta sobre la mesa sin abrirla de inmediato. Clara lo observaba desde el otro lado, con la mirada fija en la puerta.

Cuando Martina entró, no había rastro de la seguridad con la que había llegado otras veces. Se sentó sin que se lo indicaran. El silencio se estiró unos segundos más de lo necesario.

—Le hemos hecho una serie de comprobaciones—empezó Salgado.

—Y hay algo que no encaja —añadió Clara, más directa.

El sargento abrió la carpeta solo lo justo.

—¿Por qué fue a la casita aquella noche?

Martina negó lentamente con la cabeza.

—Les he dicho demasiadas veces que yo no estuve allí aquella noche.

Salgado cerró la carpeta de nuevo, sin apartarla demasiado y la observó un instante antes de continuar.

—Lo malo —dijo por fin— es que lo niega con demasiada seguridad.

Clara no apartó la vista de Martina y apretó ligeramente las manos sobre la mesa.

—Porque es la verdad —respondió, sin levantar la voz.

El sargento asintió despacio, como si aceptara la respuesta sin concederle del todo credibilidad.

—Hay un problema con eso —añadió—. No encaja con lo que tenemos.

Martina frunció el ceño.

—¿Y qué es exactamente lo que tenéis?

Clara abrió la carpeta solo unos centímetros.

—Un fragmento de grabación.

Martina se quedó quieta.

—Diez segundos —continuó Salgado—. En la casita de la dehesa. Tres de junio. Dos treinta y cuatro de la madrugada.

Clara la observó con más atención aún, buscando cualquier fisura.

—Pues sigo diciendo que yo no estuve allí esa noche —insistió ella.

Salgado la miró sosteniendo la mirada.

—Entonces alguien ha grabado algo que no debería existir. O alguien está donde dice no haber estado.

Martina le aguantó la mirada unos segundos más, pero su mente ya no estaba del todo en la sala.

Una parte de ella empezó a encajar otra posibilidad: que quizá aquello no era más que una estrategia para hacerla hablar.

Un farol bien construido, una forma de presionarla, de hacerla dudar de su propia seguridad.

Había oído hablar de ese tipo de tácticas.

Decir lo justo, insinuar lo suficiente, dejar que el silencio hiciera el resto.

Tal vez no tenían tanto como decían. Tal vez el vídeo no era tan claro.

O incluso ni siquiera era lo que aseguraban.

Y lo que buscaban, en realidad, no era probar nada, sino que ella acabara rompiéndose y diciendo algo que no había dicho hasta ahora.

Había algo más, algo que llevaba días intentando apartar de su cabeza. Esa noche… el sueño. O lo que había creído que era un sueño. La casita. La oscuridad. La sensación de asfixia. Y luego el golpe, sangre, todo muy real. Demasiado nítido para encajar en una simple pesadilla.

Cuando después supo lo del cadáver, la coincidencia le había parecido absurda. Demasiado exacta. Mismo lugar. Misma hora. Y, sin embargo, seguía sin saber si aquello había ocurrido de verdad o si su mente había construido algo demasiado vívido para ser solo un sueño.

Por una vez sintió miedo y confusión.

Salgado dejó unos segundos de silencio antes de hablar de nuevo.

—Vamos a dejar el vídeo a un lado por un momento.

Martina lo miró, desconfiada.

—Y vamos a centrarnos en algo más simple —continuó él—. ¿Por qué fue a la casita aquella noche?

—Ya lo he dicho —respondió ella, sin dudar—. No fui.

Clara apoyó los codos sobre la mesa.

—Martina —dijo con calma—, vamos a formular la pregunta de otra manera: ¿por qué irías esa noche a la casita de la dehesa?

Martina frunció el ceño.

—No tenía ningún motivo.

Salgado la observó un instante más largo.

—Esa casa era de tu tía, la que no veías desde hacía treinta y tres años —añadió él.

Martina apretó ligeramente la mandíbula.

—Porque vivía fuera. Eso no significa nada.

Clara intercambió una mirada breve con Salgado.

—Entonces explícanos algo —dijo ella—. Si no tenías relación con esa casa, ni contacto reciente con tu tía, ¿por qué te ha transmitido la casa a ti?

Martina parpadeó, un instante más lento de lo normal.

—No lo sé, pero quiero pensar que me ha dejado la casita para recuperar una relación que nunca se dio. Mi tía era… complicada —dijo al fin—. Nadie la entendía del todo.

Salgado sostuvo la mirada de Martina unos segundos más, como si aún pudiera encontrar en su expresión alguna grieta que no hubiera visto antes.

Pero no la había. Ni un gesto, ni una duda evidente, ni el tipo de titubeo que suele delatar una mentira mal sostenida.

Y, sin embargo, el fragmento de vídeo seguía siendo insuficiente para sostener nada más allá de su presencia en aquel lugar. Diez segundos que la situaban allí, sí, pero que no explicaban el cadáver ni por qué ni cómo acabó así. Finalmente, hizo un leve gesto con la cabeza.

—De acuerdo —dijo finalmente—. Por ahora lo dejamos aquí.

Martina lo miró con cierta tensión contenida.

—¿Eso es todo?

Clara cerró la carpeta.

—De momento. Pero vas a seguir siendo citada si necesitamos aclarar algo más.

Martina asintió lentamente, aunque no parecía convencida de que aquello fuera a terminar ahí.

Se levantó sin añadir nada más. Cuando la puerta se cerró tras ella, el silencio volvió a ocupar la sala.

Salgado se quedó mirando el punto donde ella había estado sentada.

—No me cuadra —murmuró.

Clara asintió despacio.

—A mí tampoco, pero no hemos encontrado nada que la sostenga.

Salgado apretó ligeramente la mandíbula.

—No es que mienta como mienten los que intentan zafarse de algo. Es que no reacciona como alguien que está metido en esto.

Clara lo miró.

—¿Y cómo reacciona alguien así?

Salgado tardó en responder.

—Con miedo. Con dudas. Con fisuras. Ella no tiene nada de eso.

Clara frunció el ceño.

—¿Entonces?

Salgado negó despacio.

—Entonces el problema no es lo que dice, es lo que no estamos viendo.

Clara cerró la carpeta con suavidad.

—El vídeo tampoco ayuda.

—No —asintió él—. Diez segundos que no prueban nada, pero que la colocan en el sitio exacto. Y aun así… sigue sin encajar.

Clara lo observó.

—¿La estás descartando?

Salgado negó al instante.

—No. La estoy intentando entender.