Las imágenes
La cabo Clara Ríos tenía varias pantallas abiertas. Datos cruzados, registros, notas. El sargento Javier Salgado permanecía de pie, revisando uno de los informes impresos.
—Todo cuadra —dijo ella sin levantar la vista.
Salgado dejó el documento sobre la mesa.
—Era de esperar.
Clara hizo clic y amplió una ficha.
—Roberto tiene lo justo. Vivienda en el pueblo, sin movimientos relevantes, sin patrimonio destacable.
El sargento asintió.
—Perfil bajo.
—Demasiado —añadió ella.
Clara cambió de registro.
—El hijo mayor —continuó—, titular de un bufete en Ávila. Casualmente, derecho fiscal y mercantil.
El sargento esbozó una media sonrisa, sin humor.
—Conveniente.
—Sí, muy listo Roberto.
Clara siguió leyendo.
—Clientes privados, empresas pequeñas y medianas. Actividad estable, ingresos declarados coherentes.
—¿Y el nivel de vida?
Clara cambió de pestaña.
—Vivienda en una de las urbanizaciones más exclusivas de Ávila. Vehículo de alta gama. Inversiones moderadas.
Salgado cruzó los brazos.
—Todo en orden, en apariencia.
Clara pasó al siguiente perfil.
—El otro hijo. Ingeniero. Empresa propia.
—¿De qué tipo?
—Proyectos industriales y gestión de instalaciones. Contratos con empresas de la zona, alguna licitación pública menor.
Salgado asintió lentamente.
—Ingresos justificables.
—Sí —respondió Clara—. Era de esperar.
El sargento se acercó a la mesa.
—¿Y el conjunto?
Clara cerró la carpeta digital un segundo, como si necesitara tomar distancia.
—Patrimonio elevado, pero defendible.
Salgado la miró.
—No hay nada que salte —dijo ella—. Todo está declarado, encajado, justificado.
Salgado entendió.
—Está demasiado limpio.
Clara asintió.
—Exacto.
El sargento volvió a mirar los informes.
—Roberto dice que no tocó nada.
—No se sostiene —añadió Clara. La declaración estaba diseñada para evitar consecuencias legales.
El sargento apoyó una mano en la mesa.
—El padre oculta. Los hijos sostienen y lo hacen bien. Demasiado bien.
Ella asintió.
—Lo tienen todo estructurado. Cada ingreso, cada propiedad, cada movimiento. Si han tocado ese oro, no ha sido de forma que podamos demostrar.
Salgado apretó la mandíbula.
—O lo hicieron hace tiempo y lo integraron poco a poco —añadió Clara—. Sin sobresaltos.
Clara acababa de cerrar la carpeta cuando el teléfono del despacho sonó. Salgado descolgó.
—Salgado.
—¿Cómo? —se incorporó—. No me jodas… —pausa—. ¿Estás seguro?
Clara levantó la vista, atenta.
—¿De qué estamos hablando? —añadió él—. ¿Cuánto han recuperado?
Escuchó unos segundos más.
—Vale… —murmuró—. Pásamelo ya.
Colgó despacio.
Clara lo miró fijamente.
—¿Qué pasa?
Salgado negó con la cabeza, todavía asimilándolo.
—No te lo vas a creer. Han recuperado algunos fragmentos aislados de las imágenes de la casita.
Clara se incorporó.
—¿Qué?
—Son apenas unos segundos —continuó él—, pero sitúan a Martina el miércoles, tres de junio, a las dos y treinta y cinco de la madrugada dentro de la casita de la dehesa.
Felisa no mintió.
El silencio cayó de golpe. Mientras esperaban el video con las imágenes apenas pestañearon mirando la pantalla.
El correo llegó unos segundos después. Clara abrió el archivo mientras Salgado se acercaba por detrás.
Un vídeo corto. Inestable. Con interferencias. La imagen tardó en estabilizarse. Interior de la casa. Oscuridad. Una figura.
Clara detuvo la reproducción de golpe.
—Aquí.
Retrocedió unos segundos y volvió a darle. La figura cruzaba el encuadre con rapidez, pero no lo suficiente.
Clara pausó otra vez, esta vez en el justo momento. Salgado no dijo nada. La imagen hablaba sola: Martina, dentro de la casa.
Clara tragó saliva.
—No me lo puedo creer.
El sargento no apartaba la vista de la pantalla.
—Esto cambia todo.
Salgado asintió despacio.
—No. Esto lo empieza a aclarar.
Clara lo miró.
—¿La citamos?
El sargento sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario.
—Sí. Y esta vez —añadió— quiero saber por qué ha mentido.
Salgado apoyó las manos sobre la mesa y bajó la vista hacia la carpeta cerrada, como si pudiera encontrar ahí alguna respuesta que no terminaba de encajar. Su intuición le había funcionado demasiadas veces como para ignorarla ahora. Y, sin embargo, algo se resistía.
Martina no le había parecido una persona capaz de estar detrás de aquello.
No había en ella el perfil, ni la sombra, ni el tipo de silencio que solía delatar a los culpables. Pero el fragmento de vídeo estaba ahí.
Diez segundos que no explicaban nada, pero lo cambiaban todo.
Por primera vez en mucho tiempo, Salgado no tenía claro si lo que veía era una verdad incompleta, o si simplemente se le estaba escapando algo demasiado evidente.