Leo
La puerta se abrió sin ruido.
Y durante un instante nadie reaccionó.
Algo intacto.
Rosario fue la primera en ponerse en pie. Casi por impulso. Se llevó una mano al pecho, visiblemente emocionada, como si de pronto todos aquellos años desaparecieran de golpe delante de ella.
Lucía tardó apenas un segundo más. No avanzó. No supo si hacerlo. Simplemente se quedó de pie observándola con una expresión difícil de descifrar.
Jepe también se levantó, arrastrando ligeramente la silla hacia atrás; Lita permaneció inmóvil, con los ojos clavados en aquella mujer que durante años había formado parte de sus recuerdos de infancia.
Roberto, en cambio, no se movió. Ni él ni sus hijos.
Y Martina sintió algo extraño. No supo identificarlo exactamente como reconocimiento, cariño, rechazo… Solo una sensación profunda, como si aquella mujer hubiera llegado acompañada de una verdad que llevaba demasiado tiempo esperando dentro de todos ellos.
Leo recorrió lentamente la sala con la mirada, deteniéndose apenas un instante en cada rostro, como si necesitara reconciliar en silencio los años transcurridos con los recuerdos que aún conservaba de todos ellos.
Pero al llegar a Martina se quedó quieta un segundo más, muy poco, casi imperceptible. Y, aun así, suficiente para que algo cambiara en su expresión.
Sus ojos parecieron suavizarse de pronto bajo el peso de una emoción difícil de nombrar. No era únicamente tristeza. Tampoco simple cariño. Había en aquella mirada algo más profundo, más antiguo, como el reflejo involuntario de un vínculo que ni siquiera el tiempo había conseguido borrar del todo.
Entonces sonrió apenas. Una sonrisa cansada. Pequeña. Casi triste. Como quien acaba de encontrar algo que llevaba demasiados años intentando olvidar.
Después avanzó hacia el interior de la sala.
El sonido del bastón golpeando suavemente el suelo fue lo único que pareció escucharse durante aquellos segundos.
Nadie habló. Ni siquiera Roberto, que hasta entonces había permanecido incómodo removiéndose en la silla, encontró manera de romper aquel silencio extraño que la presencia de Leo había impuesto casi sin proponérselo.
Rosario seguía de pie. Emocionada.
Lucía, en cambio, permanecía rígida junto a la mesa, observándola sin saber aún qué sentimiento predominaba dentro de ella.
Martina no podía apartar la mirada.
Había algo desconcertante en aquella mujer. Algo que no lograba entender y que, sin embargo, le producía la sensación absurda de estar frente a alguien extrañamente familiar.
Leo llegó hasta la cabecera de la mesa preparada por Salgado y dejó una mano sobre el respaldo de la silla antes de levantar de nuevo la vista hacia todos ellos.
Y entonces habló al fin.
—Hola.