Avances
Martina Garay entró en el edificio con la misma sensación incómoda de la vez anterior. Nada había cambiado, salvo ella.
El guardia de la entrada le indicó el pasillo sin necesidad de preguntar. Ya sabían quién era.
Caminó despacio, con una mezcla de inquietud y cansancio que no terminaba de desaparecer.
La puerta estaba entreabierta.
—Pase —dijo una voz desde dentro.
El sargento Javier Salgado estaba de pie junto a la mesa. La cabo Clara Ríos revisaba unos documentos.
Ambos levantaron la vista al verla entrar.
—Siéntese, por favor —indicó Clara.
Martina obedeció, sin apartar la mirada de ellos. Había aprendido que el silencio, allí dentro, nunca era casual.
Salgado fue directo.
—La hemos citado para informarle de avances en la investigación.
Martina no dijo nada. Esperó.
—Como ya sabe, la vivienda de la dehesa —continuó— estaba siendo utilizada por terceros.
Un leve gesto cruzó el rostro de Martina.
—Personas ajenas a usted. Vinculadas a actividades ilícitas.
Martina parpadeó.
—¿Y…?
Salgado no alargó más.
—Han sido detenidas e interrogadas por separado y coinciden en sus declaraciones.
Le explicaron que la banda llevaba actuando desde hacía varios años, moviéndose con discreción por la zona y abasteciendo a distintos puntos sin levantar sospechas.
Habían elegido la casita de la dehesa por una razón muy concreta: su fama.
Aquella historia de lugar maldito, de sombras y sucesos extraños que corría de boca en boca por el pueblo jugaba a su favor.
Según le detalló el sargento Salgado, no fue casualidad.
Al enterarse de esos rumores, decidieron aprovecharlos.
Sabían que nadie se acercaría por allí si podían evitarlo.
Con el tiempo, convirtieron la casa en un punto estable de almacenamiento y distribución de estupefacientes.
Operaban con cautela, entrando y saliendo en momentos muy concretos, siempre bajo control
El silencio cayó de golpe. Durante un instante, Martina no supo cómo reaccionar.
Luego soltó el aire.
—Entonces… —dijo, casi sin darse cuenta—, ¿ya está todo resuelto?
Salgado negó despacio.
—No.
La respuesta fue seca. Sin matices.
Martina frunció el ceño.
—Pero si eran ellos…
Clara intervino, con tono más contenido.
—Por el momento, no hay indicios de que esas personas estén relacionadas con el fallecimiento.
La palabra quedó suspendida en el aire.
Fallecimiento. No «muerto». No «cadáver».
Martina los miró, desconcertada.
—Entonces no entiendo…
Salgado dio un paso al frente.
—Que la vivienda estuviera siendo utilizada por terceros explica parte de lo ocurrido allí. Pero no todo.
Martina tragó saliva.
—¿Y yo?
La pregunta salió más baja de lo que esperaba.
Clara sostuvo su mirada.
—Usted sigue formando parte de la investigación.
Martina no respondió, pero algo en su expresión se tensó.
—Estamos intentando recuperar imágenes del sistema de videovigilancia de la vivienda —añadió Clara—. Si podemos recuperarlas, podrían ayudarnos a esclarecer lo que ocurrió esa noche.
Martina los miraba en silencio.
—La persona que controlaba ese sistema ha declarado que eliminó las grabaciones.
Martina alzó la vista, sorprendida.
—¿Eliminó todo?
Clara asintió levemente.
—Eso afirma. Estamos verificando hasta qué punto es cierto y si es posible recuperar algo.
—No grababan de forma convencional —continuó Salgado—. Era un sistema de transmisión en tiempo real. Desde un equipo externo controlaban los accesos y vigilaban cualquier movimiento.
Hizo una breve pausa antes de añadir:
—Cuando intervenimos las cámaras, perdieron esa señal. Y ahí fue cuando empezaron a ponerse nerviosos.
Clara Ríos asintió.
—Ese fue el hilo del que hemos tirado. Y nos ha llevado hasta ellos.
Martina no respondió de inmediato. Bajó la mirada un segundo.
—Ya me hablaron de esas cámaras —dijo finalmente—. Pero yo no sabía que estaban allí.
Salgado la observó con atención.
—Eso es lo que estamos tratando de aclarar.
Clara cerró la carpeta con suavidad.
—Porque si esas imágenes existen, podrían situar a cualquiera que estuviera en la casa.
Martina levantó la vista.
—Yo, ya les dije, no estuve allí esa noche.
Nadie respondió, el silencio volvió a imponerse.
Martina se levantó despacio cuando le indicaron que podía marcharse.
Esta vez no hizo preguntas, no había respuestas claras. Al salir al pasillo, la sensación era distinta a la de la primera vez.
Clara volvió a su carpeta, revisó una y otra vez el informe.
—No hay manera de sacar nada en claro de esto.
El sargento giró la cabeza.
—¿De qué?
—Las llamadas al móvil del fallecido.
Salgado frunció el ceño.
—¿Las prepago?
—Sí —confirmó ella—. Sin titular identificable, pero con un patrón claro.
Se hizo una pausa breve.
—Las conexiones se repiten siempre en el mismo perímetro —añadió Clara—. Zona del pueblo. Hontanilla y alrededores.
Salgado entrecerró los ojos.
—No es alguien externo.
—No —asintió ella—. Es alguien de allí. O que se mueve allí.
El sargento se apoyó ligeramente en la pared.
—¿Alguna triangulación más precisa?
Clara negó.
—Limitada. Pero hay algo curioso.
—¿Qué?
—Una de las antenas que más registra las conexiones está cerca del acceso norte del pueblo.
Salgado la miró.
—Eso reduce bastante el círculo.
Clara asintió.
—Pero seguimos hablando de un prepago.
El sargento cruzó los brazos, pensativo.
—Si es alguien del entorno, puede que no haya usado siempre el mismo dispositivo.
—Podría estar alternando tarjetas —añadió Clara.
—O teléfonos —dijo él.
Clara lo miró.
—Primero vamos a cruzar datos del pueblo.
—¿Vecindario?
—Trabajos, horarios, movimientos repetidos cerca del acceso norte.
Asintió.
—Alguien tiene que encajar ahí.
Clara guardó el móvil.
—Hontanilla se nos está quedando pequeño.
Salgado miró hacia el final del pasillo, donde Martina ya había desaparecido.
—O alguien dentro lo está haciendo grande.
Y el caso, otra vez, volvía a abrirse en otra dirección.