La cabo Clara Ríos
Clara Ríos cerró la puerta con un leve empujón del hombro, dejando las llaves sobre el mueble de la entrada sin apenas mirar.
El silencio la recibió como un alivio inmediato, casi físico. Se quitó la chaqueta mientras avanzaba por el pasillo, sintiendo de golpe el peso de las horas acumuladas.
La noche había sido larga. Intensa. De esas que dejan el cuerpo funcionando por inercia y la cabeza todavía girando.
Entró en el baño y abrió el grifo de la ducha sin pensarlo demasiado. El agua empezó a caer mientras se recogía el pelo con un gesto mecánico.
Habían hecho un buen trabajo.
Se apoyó un momento en el lavabo, mirándose en el espejo. Sí, había salido bien. La detención había sido limpia. Rápida. Sin margen para errores. Sin sustos innecesarios. Tres detenidos. Sin resistencia. Sin incidentes.
Se metió bajo el agua caliente y cerró los ojos.
Después vinieron los interrogatorios. Tres nombres, tres caras, tres silencios. Ninguno había soltado nada útil, ni una grieta, ni un gesto que permitiera tirar del hilo. Lo esperado. Siempre era igual.
Clara dejó que el agua le resbalara por la cara.
Los teléfonos móviles tampoco habían ayudado. Los había revisado el equipo técnico con la esperanza de encontrar alguna conversación, algún contacto, algo que los conectara con alguien más arriba. Pero nada. Limpios, demasiado limpios.
—Se deshicieron de los buenos… —murmuró para sí, casi sin voz.
Sabían cómo funcionaba aquello. Los teléfonos de trabajo nunca aparecían. Los importantes desaparecían antes de que llegaran ellos.
Apoyó la frente un instante contra la pared fría de la ducha.
Al final, como siempre, los de abajo, los que dan la cara, los que se comen el marrón. Y los de arriba… ni rastro.
Respiró hondo.
Los tres hombres habían aguantado bien. Demasiado bien. Se habían limitado a lo básico. A lo imprescindible. A negar, a esquivar, a responder sin decir nada. Profesionales del silencio.
Los tres habían coincidido en lo mismo: el cadáver no tenía nada que ver con ellos, ni con la banda, ni con su actividad en la casa.
No sabían quién era, ni qué hacía allí. Quedaba confirmado, aunque Salgado y ella ya lo sospechaban.
Y lo único que podía darles alguna pista sobre aquello se había esfumado: habían borrado cualquier rastro después de que se dieran cuenta de que las cámaras habían sido incautadas.
Clara abrió los ojos. El agua seguía cayendo y la sensación era la de siempre. Habían hecho un buen trabajo, sí, pero no era suficiente.
Entonces oyó el ruido de la puerta de entrada. Su madre, siempre con ese sonido inconfundible de llaves, bolso apoyándose en el mueble, un suspiro leve al cruzar el umbral.
Cerró el grifo de la ducha y se quedó unos segundos más dentro, inmóvil, dejando que el vapor llenara el pequeño espacio.
Su madre ya lo sabía. En el pueblo, todo corría más rápido que cualquier informe.
Se secó deprisa y salió al pasillo mientras se colocaba la camiseta.
—¿Clara? —se oyó desde la cocina.
—Sí, mamá.
—Así que ya habéis detenido a esos hombres —dijo, sin rodeos.
Clara se apoyó en el marco de la puerta.
—Se ha comentado, ¿no?
Su madre soltó una pequeña risa.
—Hija… —negó con la cabeza—. Antes de que llegues tú a casa ya lo sabe medio pueblo.
Clara asintió, sin sorpresa.
—Bueno… ha sido una operación más.
—¿Una operación más? —repitió su madre, mirándola con escepticismo—. Pues no lo parece por lo que cuentan.
Clara se encogió ligeramente de hombros.
—Ya sabes cómo exagera la gente.
Su madre la observó unos segundos, calibrándola.
—Dicen que llevaban años con lo de la droga… —añadió—. Y que el lugar donde guardaban todo eso es la casa esa… la de la dehesa de los Garay.
Clara cogió un vaso de agua, evitando su mirada.
—Se están investigando muchas cosas.
Respuesta neutra, medida, pero su madre no se dio por satisfecha.
—Y también dicen que el muerto ese no tiene nada que ver con ellos.
Clara se detuvo un segundo antes de beber.
—La investigación sigue abierta, mamá.
Su madre cruzó los brazos.
—Claro que sigue abierta, pero algo sabrás tú que no sabe el resto.
Clara dejó la taza en la encimera.
—Sé lo mismo que puedo decir.
Su madre suspiró, como si ya esperara esa respuesta.
—Siempre igual contigo.
Clara esbozó una leve sonrisa cansada.
—Es mi trabajo.
Pero su madre no había terminado. Se apoyó en la encimera, como si de pronto hubiera decidido tirar de un hilo antiguo.
—Los Garay… —murmuró, casi para sí.
Clara levantó la vista.
—¿Qué pasa con ellos?
Su madre la miró, con esa expresión de quien recuerda algo que otros ya han olvidado.
—Don Félix… —continuó—. Ese hombre era muy querido. No solo en el pueblo, Clara. En toda la provincia. Donde iba, era bien recibido. Y sus hijos eran muy populares.
Se separó un poco de la encimera, como si la memoria la empujara a moverse.
—Mauricio, tan guapo… —negó con la cabeza—. Y Leo, tan moderna, tan… distinta a todas las demás.
Clara esbozó una media sonrisa.
—¿Distinta cómo?
—Como si no fuera de aquí —respondió—. Como si siempre estuviera un poco por delante de todo.
—No solo en Hontanilla eran conocidos. En todos los pueblos de alrededor. En las fiestas mayores siempre aparecían con su grupo. Iban a pasarlo bien y acababan haciendo amigos en todas partes. Yo no los conocía personalmente, pero hay gente de este pueblo que hizo buena amistad con ellos.
Clara apoyó la espalda en la pared, escuchando.
—Y luego pasó lo de Leo… —añadió su madre, bajando ligeramente la voz—. Cuando murió su marido, cerca de la casa esa…Fue muy sonado. Mucho. Y lo que se decía…Que una de las sobrinas había visto cómo el caballo lo mataba de una coz. Después Leo desapareció. Así, sin más. De un día para otro.
Dudó.
—Se fue —corrigió—. Pero nadie supo muy bien a dónde… ni por qué así.
El silencio se instaló un momento.
—Y Mauricio, con su mujer… —negó con la cabeza—. Igual de guapa que él. Daba gusto verlos. Con los niños, siempre juntos, siempre tan… perfectos. La última vez que les vi… —añadió, como si rebuscara en un recuerdo concreto— fue en las fiestas de Hontanilla. Tu padre y yo fuimos con unos amigos.
Sonrió levemente.
—Y allí estaban ellos. Pasándolo bien, como siempre. Y sus hijas, las pequeñas —dijo su madre—, ya no eran niñas. Serían adolescentes.
Negó despacio, con una sonrisa más marcada.
—Monísimas las dos.
Clara sintió un leve cosquilleo de curiosidad y se dijo para sí: Paula y Martina.
—Una rubísima, como el padre —dijo—. Y la otra morena, como la madre. Pero las dos con esos ojos verdes… enormes. Luego… —su tono se apagó un poco— ya no se les veía tanto. Desde que falleció doña Júlia…Dejaron de ir al pueblo con tanta frecuencia.
El silencio se quedó suspendido entre las dos unos segundos.
Clara no respondió. Se limitó a asentir muy ligeramente, como si estuviera guardando cada detalle en algún lugar más profundo que la memoria inmediata.
Su madre recogió las tazas sin decir nada más, dando por terminada la conversación.
Clara se quedó allí, apoyada en la pared, con la mirada perdida en un punto indefinido de la cocina.
Los Garay. Una familia que hasta hacía poco no era más que un apellido desconocido para ella y que ahora empezaba a ocupar demasiado espacio. Demasiadas historias. Demasiadas capas que parecían no encajar, y, sin embargo, estaban todas conectadas de alguna manera que aún no terminaba de ver.
«Familias así —pensó— no desaparecen del todo. Solo se apartan, se diluyen con el tiempo hasta que algo las devuelve al centro. Y entonces…todo vuelve a hablar de ellas».
Clara respiró hondo, despacio. Tenía la sensación de que, sin darse cuenta, acababa de empezar a entender algo. No del todo, no aún, pero lo suficiente como para saber que aquello era más que una historia familiar cualquiera.